El traje nuevo de Jean Claude Trichet
Debo advertirles que las que siguen no son las palabras de un economista. Mucho menos aún las de uno de los expertos en ese campo llamados “económetras”. Sin embargo, y antes de que echen estas hojas virtuales a esa papelera, también virtual, en la que echamos mucho de lo que, a toda velocidad, entra en nuestras vidas, a diario, a través de internet, también debo advertirles que sí son las observaciones de un especialista en una materia afín a la Economía. Concretamente en Historia.
Y ahora ustedes se preguntaran, ¿y por dónde empezará un historiador a hablar de Economía?. Yo también me lo pregunto. No porque no tenga una idea clara de por dónde empezar sino, precisamente, por todo lo contrario. En efecto, el historiador -en este caso yo- tiene muchos cabos por los que empezar a tensar la vela del tema, de la materia, que será el eje de este artículo que, espera, enriquecer, aunque sólo sea un poco, estos “Papeles de Gustav“. Es decir, la -desastrosa- política económica que la Unión Europea está experimentando en este momento -septiembre de 2008- en el que estas líneas se preparan a ser publicadas.
El primer cabo del cual el historiador puede tirar para empezar a hablar de esa cuestión, es uno de sus campos favoritos desde hace unas dos o tres décadas: el de los cuentos y el folklore utilizados, no como meras curiosidades populares, sino como una fuente de estudio para aprender más sobre las sociedades del pasado, que son, por si no lo saben, el principal objeto de interés de nuestra profesión.
En efecto, los historiadores hemos descubierto, desde hace unos cuantos años, gracias a eminentes colegas como los profesores J. C. Schmitt, Carlo Ginzburg, Edward Palmer Thompson o, sobre todo, Peter Burke, que los cuentos que hoy llamamos, injustamente, infantiles, encierran complejos códigos de aprendizaje destinados a preparar a los oyentes para tomar precauciones ante determinados peligros que acechan fuera del cálido círculo en el que se narraban estas historias. Mucho más terribles y crudas en su origen que esas versiones dulcificadas, a las que la industria de las ediciones para niños las ha ido reduciendo desde el siglo XVII -el de Perrault- hasta hoy día.
A pesar de ese proceso de transformación algunas de ellas conservan, en efecto, gran parte de su sentido primordial, el de advertirnos, insisto, de los peligros, reales o simbólicos, que nos acechan más allá de las puertas de la cocina familiar.
Ese sería el caso del que da título a este artículo, “El traje nuevo del emperador”. Sin duda no hará falta extenderse mucho para hacer un resumen de ese relato. La mayoría de los que leen estas páginas lo conocen bien: un par de astutos timadores -generalmente se trata de dos avispados sastres, según muchas versiones-, se valen de la vanidad de cierto emperador, riquísimo -como suele ocurrir en estos casos- y algo bobalicón -como también suele ser habitual en estos casos- para engañarle, asegurándole que son capaces de fabricarle un traje fabuloso, sin igual, de una riqueza extraordinaria que hará palidecer a toda la nobleza local y, mejor aún, a los rivales del emperador…
La moraleja, es de imaginar, es también sobradamente conocida: no hay que dejarse llevar por la vanidad. El precio que se paga por ser incapaces de reconocer nuestros propios errores, por no ceder ante nuestro orgullo, es el de quedar en un ridículo aún mayor que aquel que tratábamos de evitar.
Sería bastante razonable suponer que un relato tan leído nos habría prevenido, a la mayoría de los europeos de hoy día, de caer en un error semejante al que cometió el emperador del cuento. No es así, sin embargo. Estos son buenos días para los partidarios del Pesimismo Antropológico y de la consigna “El hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra”.
Esa piedra, a fecha de hoy, se llama “Banco Central Europeo” o, para ser más exactos, tiene el mismo nombre, o eso parece, que el presidente de ésta, para muchos, ominosa institución: Jean Claude Trichet. En efecto, si reflexionamos sobre los últimos dos o tres años económicos y lo que ha ocurrido a lo largo de ellos, ¿no resulta verdaderamente difícil sustraerse a la impresión de que el avezado ingeniero francés nos está jugando una mala pasada, muy similar a la que los dos astutos sastres le gastan al emperador del cuento?.
Retrocedamos en el tiempo hasta, por ejemplo, el año 2004. En ese momento los tipos de interés bancarios, la cantidad que cobra un banco por prestar dinero a otros bancos o a particulares, están en un punto verdaderamente bajo. En mínimos históricos se dice. La consecuencia de todo esto es que el dinero, la sangre de nuestro sistema económico, circula con rapidez e intensidad. Como corresponde a un organismo sano y vigoroso. Sin embargo… no faltan voces que se elevan en medio de ese cuadro risueño -¡al fin las cosas marchan después de la última crisis, la del 96 (y van, desde 1973, ¿cuántas?)!-. Algo lógico, pues como nos recordaba John Keneth Galbraith, la Economía es una ciencia lúgubre. Desde los tiempos de los que llaman economistas clásicos. Malthus, por ejemplo, y sin ir más lejos. Bien, ¿y qué dicen esas voces lúgubres?. Cosas tan inteligentes como éstas: todo lo que baja vuelve a subir. Traducción en “sermo vulgaris” de observaciones tan peculiares como “los tipos de interés están tan bajos que sólo pueden volver a subir”. No se da ninguna razón de por qué debe ser así. Con el tiempo, sin duda, aparecerá alguna que lo justifique. O varias. Depende.
En efecto, pronto aparece una muy buena razón. Proviene del BCE y de sus aledaños que, bien mirados, llegan bastante lejos. Por lo menos hasta muchas cátedras de Economía y hasta la mayoría de los periodistas dedicados a esa materia que llena un buen número de hojas en un buen montón de periódicos de todo el Viejo Continente.
¿Qué se nos dice desde estas tribunas?. En pocas palabras: “los bajos intereses han ocasionado un incremento de la actividad económica, esto, a su vez, ha aumentado el volumen del Mercado y de las transacciones que se realizan en él”. Más sencillo aún: “como hay más gente que tiene dinero, se gasta más, eso hace que los que venden bienes y servicios, que no son tontos -avariciosos tal vez, pero no tontos- hayan subido los precios de esos bienes y servicios para hacerse con más dinero. Eso da lugar a un feo proceso llamado inflación. La única manera de acabar con ese problema de subida de precios, que, a su vez, devalúa la moneda -es decir, hace que nuestro dinero valga cada vez menos-, es elevando el tipo de interés. De ese modo, al restringirse el crédito -la cantidad de dinero en circulación- los precios bajarán al reducirse el número de compradores de bienes y servicios”.
Bien, hasta ahí, todo perfecto. Una perfecta y ortodoxa -dicen los expertos- receta para dirigir la Economía por el camino recto y correcto. Pero descendamos del Mundo de la Teoría al de la Realidad. Al de esa Realidad básica en el que los trajes existen o no existen en absoluto. ¿Qué nos encontramos allí?. Espero que los lectores sabrán perdonarme la obviedad: después de tres años de aplicación de esa receta de subida de tipos de interés, contando, generosamente, desde el año 2005, los precios no sólo no han bajado en la zona Euro sino que, muy al contrario, ¡no han dejado de aumentar!…
La situación se ha hecho especialmente grave desde el verano de 2007, cuando la Economía de Estados Unidos ha dado síntomas de colapso después de haber sufrido una política monetaria muy similar a la que desde 2005 ha estado aplicando en Europa el señor Trichet.
¿Cuál ha sido la reacción del aludido ante el problema?. En un apretado resumen todas sus intervenciones desde el año pasado hasta éste, han sido, más o menos, de un tenor parecido: “todo va bien, no me he equivocado. Créanme, los precios bajaran si continúo manteniendo tipos de interés altos. Como lo he hecho desde el año 2005…”.
El resultado es de todos conocido: los precios no han bajado de manera apreciable. De hecho en el momento en el que escribo estas líneas, agosto del 2008, muchos de ellos están llegando a niveles peligrosos. Y, así las cosas, discúlpenme, otra vez, la obviedad, parece evidente que alguien nos ha vendido un traje que no existe, que nos paseamos desnudos por ahí mientras nuestro sastre, el señor Trichet, nos asegura que no es así, que vamos vestidos con un terno excelente…
En efecto la política monetaria de nuestro “sastre” ha producido justo el efecto contrario al que, según dice, pretende dar lugar. ¿Cómo es eso posible?. Vayamos con otra obviedad. El señor Trichet no controla, en absoluto, las principales fuentes de materias primas. Es decir, fundamentalmente el petróleo que, de momento, es el que lo mueve todo: fábricas (de trajes, por ejemplo), transportes e incluso los tractores con los que se producen los alimentos que tanto necesitamos. Así pues, sigamos con las obviedades, o el señor Trichet nos reserva una -para variar- grata sorpresa, (es decir, que bajo los sótanos del BCE se oculta una nueva fuente de energía limpia e inagotable que puede sustituir mañana mismo al petróleo) o, evidentemente, su política monetaria tendrá tanto efecto sobre la escalada de precios como la ha tenido hasta hoy día. Es decir, será prácticamente nula, no dará ningún resultado positivo.
Los que ya están más que asegurados son los resultados negativos de esa política: con ella el señor Trichet ha conseguido meter a una buena cantidad de europeos en una ratonera económica de la que, a fecha de hoy, parece muy difícil encontrar la salida. Los precios no bajan, los salarios no suben, sin embargo la mayor parte de la población de la Unión -endeudada durante los años de permisividad en el precio del dinero- ve como por culpa de la política monetaria del señor Trichet pierde dinero -lo ve devaluarse a ojos vistas- a causa de que los intereses a pagar por sus créditos suben y suben sin parar…
El señor Trichet, en una entrevista publicada en “El País” el domingo 1 de junio de 2008, alababa que el BCE fuera una institución independiente de los gobiernos de la Unión. Sin duda puede congratularse de ese estado de cosas tan favorecedor para él: en una empresa “normal”, en la que los jefes no considerarán independiente al Departamento de Contabilidad, como parece ser el caso en “Unión Europea S. A.”, el señor Trichet habría sido despedido hace tiempo. Probablemente hacia mediados del año 2006, cuando la dirección hubiera empezado a darse cuenta de que las cuentas no cuadraban, de que, en fin, se les había vendido un traje que no existía en absoluto.
¿Por qué no ha ocurrido eso, incluso cuando, una semana después de la publicación de esa entrevista, las cosas han empeorado sensiblemente y, encima, el señor Trichet aseguró que era posible una subida de tipos de interés?. Resulta difícil responder a una pregunta como esa.
¿Deberemos pensar que algunos iluminados que ven en el señor Trichet a un malvado conspirador, dedicado devotamente a hundir la Economía Mundial, no andan tan desencaminados como parecía hasta ahora?. ¿O, quizás, que el señor Trichet es mucho menos de lo que parece -o de lo que algunos han creído ver en él-, tan sólo un pobre ser impotente, que se está limitando a gestionar la crisis final del sistema capitalista en Europa, esa en la que las dos únicas opciones son provocar Inflación o Estancamiento, o una mezcla de ambas, como la que ahora padecemos?.
En cualquier caso, es verdaderamente difícil comprender cómo, el que parece ser el principal inductor del marasmo que estamos empezando a vivir, sigue aún al frente de las cuentas de la Unión Europea después de haber demostrado, nada menos que durante dos años, que sus políticas no sólo no funcionan sino que además provocan el efecto contrario. Ciertamente, es muy difícil comprender que ocurran cosas así en Europa, uno de los pocos sitios del Planeta donde la gente, al menos de momento, había conseguido dejar de morirse de hambre, hace ahora unos setenta años -después de que acabase una guerra que empezó tras una crisis económica muy similar a la que empezamos a padecer- y donde, por fallos más leves a los que lleva cometiendo el señor Trichet desde hace años, se despide de sus empleos a centenares de personas. Cada día.
¿Nadie se atreve a decir que el traje nuevo del señor Trichet no existe en absoluto?. Deberíamos meditar a este respecto. Nos jugamos mucho en ese envite. Demasiado.




