Paulo Albisua, desechos cotidianos para hacer lenguaje de una vida
Comienzas hablando de que si la Real sube o no y terminas en un diálogo que no esperabas.
Así, sin más, aparece el rasgón. El roto que está en la base de una vida. Y por el largo desgarrón aparece la carne cruda y dolorida.
Amargura. Nostalgias. Soledades. Terapias doloridas. Una separación de la compañera que fue, de los sueños que se acunaron juntos y se rompieron. Se dibuja la presencia de una hija que ocupa mucho sitio en el alma y en la vida.
Y aparece todo lo que es tan difícil de decir y más difícil de vivir: soledad, amargura, desilusión, vacío. Y un profundo sin sentido y desvalorización de la propia vida.
Siente que, en este momento de su vida, nada hay de valor. No valgo nada. No soy nada.
Sentimientos hechos carne, hechos tiempo, hechos vida.
Se pueden buscar muchas palabras como títulos al momento. Pero todas se reducen al sin sentido de la vida del hoy. Se sigue yendo a trabajar, pero todo se queda en meros actos materiales y superficiales. Se está con la gente pero la distancia y la soledad está en el alma. Se habla pero como en un eco en una habitación vacía. Lo único presente es una especie de suicidio en la propia desvalorización.
Esto era. En ese estado de ánimo tuvo que ir al water. Y hasta se terminó el papel.
Así, en ese momento, se encontró con un pequeño tubo de cartón inservible entre las manos. Que no le servía ni para poder limpiarse.
Y fue como un verse a sí mismo. Era él en forma de canutillo de cartón.: “nos comprendimos y decidimos salir del agujero juntos”.
Algo tan caricaturesco y surrealista es el arranque de lo que puede terminar siendo la terapia de su vida. Es el inicio de una redefinición de mi mismo.
El cilindro de cartón se convierte en el símbolo del Espíritu del Hombre, de su Alma, del Yo más íntimo.
En la historia del arte muchas veces se han planteado estas bases existenciales (Van Gogh, por ejemplo) como base de un hacer estético. Añadiéndose la filosofía de la recuperación de la chatarra como metáfora de una sociedad productora de residuos y de materiales inservibles, rechazados, abandonados y destruidos después de haber sido usados. El concepto ya estaba acuñado. Pero en ese momento, en Paulo, se hace carne y vida. Se convierte en visión y energía. Va a ser el inicio de una serie de obras con canutillos de cartón, con materiales efímeros y caducos, chatarra encontrada casualmente, objetos de PVC, trabajo que va a ir ampliándose hasta llegar a convertirse en una primera exposición.
Como notas sobre el arte quiero presentar este hecho existencial, vivo y real, como fondo de un proceso formal. Que, desde luego, en otras muchas personas también se ha dado. Pero quiero valorarlo en cuanto postura viva de trabajo y, desde ahí, acercarme a mirar y opinar, también un poco, sobre los resultados formales que son fruto de un hondo vacío que empieza a ser superado en un water sin papel.
Quedamos otro día para seguir hablando en torno a alguna de sus obras.
Casi no admitía esa manía que tenemos por clasificar y poner títulos a las cosas.
Sobre todo quería sentirse y hablar de libertad. El resto, los posibles títulos, definiciones o encasillamientos era algo intranscendente e inservible.
Pero quizá sí pueda servirnos para orientar al posible lector. Personalmente lo situaría en un trabajo - ¿arte? - de autoexpresión que cumpliría, casi milimétricamente, con las definiciones que se hacen del arte conceptual. Si antes he escrito arte entre interrogaciones no es porque sus trabajos no puedan entrar en esa categoría, sino porque pienso que está en un periodo de intuición, inicio, experimentación, en definitiva en una fuerte necesidad de verse “explotar”, crear ebullición y así poder verse y sentirse vivo al “gritar” tantas cosas como se tienen dentro y se desean decir. Yo mismo, recordando mis tiempos jóvenes, cuando también comenzaba a decir cosas por medio del lenguaje plástico, reconocía, y así se lo dije, esa necesidad de ver la efervescencia de nuestro propio espíritu. Y, desde muchos más años y tiempos que han ido recorriéndose, le animaba a que supiera tener paciencia en el tiempo, que aprendiera a vivirlo de la forma más tranquila posible. De forma que toda la turbulencia interior pueda ir decantándose, haciéndose un poso en la persona, y sus obras pudieran adquirir la “pátina” del “saber” que da el paso del tiempo. Aunque, igualmente, estoy convencido de que lograr este alargamiento de tranquilidad y aquietamiento de los oleajes vitales, naturalmente, no son programables; y quizá ni necesarios. Pero que pondría hondura en su hacer plástico.
Antes de continuar tengo que indicar que me estoy refiriendo a esculturas - objetos - ideológicos (ideas que tienen que poder verse, claramente, después de una somera explicación), que yo situaría dentro de una corriente conceptual.
Son obras relativamente pequeñas, intuitivas, sin grandes acabados, muy espontáneas y con toda la frescura que aporta la visión liberadora y catártica. Pero muy pensadas. Formuladas desde ideas muy concretas, para que puedan llegar a decir las vivencias más fuertes de la manera más clara. Vivencias que para entonces, están ya muy verbalizadas. Por eso las incluiría en la clasificación de obras conceptuales.
La definición que podemos usar para referirnos a lo conceptual es aquélla en la que la idea que la provoca tiene tal fuerza que es lo principal de la obra. Luego vendrá la plasmación formal, plástica, pero ésta pasaría a un segundo lugar. De ahí que formalmente estén menos matizadas y elaboradas.
El material usado por Paulo es totalmente cotidiano: procedente del mundo del trabajo, objetos de deshecho, lo tirado, el que es fruto de la casualidad , el que forma parte del mundo industrial y electrónico que acompaña nuestras vidas. Lo que desde el principio fue el descubrimiento de una vinculación entre el yo y el rollo de cartón vacío, sigue siendo el apoyo material y constante en sus obras. Todavía todos los trabajos tiene esa base de los cartones aplastados, deformados, sometidos a estar “abajo”, siendo el soporte, la raíz o los cimientos de todas las experiencias. El símbolo se desdobla: por una lado se refiere a lo inútil, a esa nada con la que su persona se confundía y era la expresión del centro de su alma. Y, por otro es símbolo por el lugar que ocupa en la obra: está “debajo”: es lo inconsciente, lo intuitivo, lo anímico, la Conciencia, el Alma…
Con el tiempo se amplía el abanico del uso de los materiales. Aparecen los productos de PVC. Con sus formas atractivas, estilizadas y a las que se añade las etiquetas y los colores que siguen empujándonos a consumir (aparece una cierta carga de denuncia social).
Aunque los materiales sean diferentes, todos tienen la misma función: llevar a la sensación de un desequilibrio inestable, dinámico, y que para equilibrarlo, necesitamos colocarnos en algún lugar, “hacer algo”, apoyarnos para poder seguir sobreviviendo, Mantener un cierta apariencia de estabilidad…
En las esculturas - objeto - se advierte, claramente, una división en dos ámbitos. La parte inferior se refiere a la zona espiritual, interna, íntima de la persona. Mientras que la parte superior es “lo que se ve”: lo atrayente, lo formal, donde cada frasco o recipiente, además de ser lo que es también es una lectura socio-política del bombardeo de formas y eslóganes con las que los productos se dirigen a nuestras vidas para amarrarlas y hacerse imprescindible a ellas. Nuestra sociedad de consumo nos desborda y abruma con la magia de los nuevos milagros, tanto para el cuerpo como para el espíritu.
Su visión es una invitación a fijarnos y resituarnos en una u otra zona del objeto escultura. O por lo menos, a tomar conciencia de la existencia de ambas. Aunque el planteamiento nos quiere llevar a una lectura que no admita términos intermedios, es verdad que, en muchas ocasiones, a pesar de los camuflajes en que nos envolvamos, siempre estamos más en un lado que en otro.
Las composiciones se desarrollan de forma muy simple: los canutillos de cartón, aplastados, son la base sobre la que se construye hacia arriba. A esa zona visible y manifiesta. De forma curiosa, en algunos de los tubos de cartón, allí abajo, se asoman unas figuraciones de ojos. Es la mirada interior, el subconsciente: esa presencia que siempre está ocupando su lugar y que resulta tan difícil acallar o eliminar.
Estas bases de cartón aplastadas hacen que todo lo que se coloque encima “baile”, se tambalee, esté en desequilibrio…Sobre ello se hace presente una base: otros cartones, materiales de cerámica con su explicación particular (las estrías de una cerámica son las huellas de la vida…), cristal…Y se remata con pequeños botellines, frasquitos, recipientes de yogur, jugando a hablar de personas y de las situaciones creadas entre ellas. Distanciamiento, soledades, entronques en mundos electrónicos…
Normalmente la escultura aparece escorada, cayéndose. Y, para equilibrarlo, hay que colocar un “cuerpo” (ya hemos indicado que cada botellín, cada frasco de yogur, es una representación expresa: soy yo, es la otra persona, es el hijo. Siempre es un Alguien). El botellín aparecerá erecto (macho, falo), otras veces será ligero y estilizado (femenino), doblado (ninguneamiento de la persona que prefigura), apoyado en un muro, separado por un muro…Es la vida. Y se “tiene” que convertir en la “fuerza” que equilibre el vaivén provocado por la base medio oculta debajo.
Todo es simbólico. Hasta la cola, el loctite que sujeta algunas de las figuras, es de colorines, atrayente (sobre todo sujeta figuras de referencia infantil. Las cosas nos amarran con insinuaciones atrayentes…). Pero la libertad de construcción, sin ninguna pretensión de “belleza”, sin más urgencia que la de decir lo que se quiere decir, aparece manifiesta.
Es verdad que sin una corta explicitación de los símbolos que recogen las ideas de cada obra, serían ininteligibles. Pero por encima de su entendimiento, su propia presencia nos deja un aire de frescura y de expresión buscada.
Aunque sea simplemente con un poco de curiosidad, merece la pena acercarnos a leer una vida desde un uso tan libre y espontáneo de los elementos cotidianos que nos rodean. Este pequeño escrito está acompañado de algunas fotos que quieren hacer presente el lenguaje formal de las ideas y sus motivaciones.
Luego, más tarde, o antes, está el encuentro con la persona que ha tenido que vivir y sufrir el desequilibrio que ha motivado su obra plástica. Se llama Paulo Albisua.
Y es difícil que te deje indiferente.
Estas líneas, como intento de aproximación a su hacer estético, son mi cercanía, respeto y un esbozo de amistad.










