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Arte y religión

Xabier Egaña | Apirila, 2009 | Inprimatu Inprimatu

Espíritu, inspiración, creencias, ritos, fe, agnosticismo, ateísmo…Dios, dioses…Misterio. Son los parámetros desde donde  se establece la discusión sobre una posible Trascendencia a nuestro ser cotidiano, finito y terrenal. Ese posible Más Allá. Ese posible Ser, que se acepta, rechaza o, simplemente, se ignora indiferentemente. Es la religión.

 Este Ente ha sido expresado de mil formas diferentes desde las distintas culturas de referencia: El Único, el Misericordioso, el Padre, el Omnipotente, el Innombrable…Todas estas figuras han pasado de una comunicación oral a otra escrita hasta confluir en los Libros Sagrados. Al mismo tiempo,  para relacionarme con Él, se me pedirá que use una serie de rituales, signos y pautas de comportamiento.  

  Con estas breves pinceladas simplemente he querido situar uno de los lados de la ecuación: Dios o la Religión, sobre la que voy a intentar  pensar o decir algo en alta voz. Creo que son unas referencias fácilmente aceptables para poder establecer las relaciones con el otro lado  de la ecuación en que se encuentran  la Belleza y el Arte.

 He intentado hacer una somera referencia a una especie de ecuación base: Dios o religión igual a Belleza y Arte, necesaria por la propia definición del título de este escrito, para manifestar  que sólo me interesa que quede claro que voy a referirme  a un mundo sutil, discutible, etéreo, misterioso e intangible.

  Belleza. Lo Sublime. Lo que Emociona hasta las raíces de mi ser, sin que yo haga, apenas nada, más que ponerme frente a ello: será una puesta de sol, la niebla de un atardecer que desdibuja el paisaje, una calle deformada por la tragedia del vivir, la mirada de un niño en el fragor de  una guerra. Es la NATURALEZA donde el hombre ha aprendido las grandes leyes que luego ha usado para CREAR sus obras con categoría de ARTE.

Desde los griegos este concepto de belleza,  es concebido, como armonía, ritmo, equilibrio, tensión, expresividad, la exactitud matemática y geométrica, la  maravilla de la originalidad. Por otro lado, hablar de ARTE siempre va a presuponer que esa Presencia es fruto del trabajo y la dedicación de una persona. Será la belleza creada por alguien. A la belleza cósmica, natural, no podemos denominarla arte. Existe porque sí. Mientras que el arte es un acto de voluntad expresa para lograr dicho estatus de belleza, con todo lo que puede significar. ¿Estas vivencias son caminos hacia la espiritualidad y la religión? Basta que nos quedemos con la pregunta.

 La  obra de Arte, igual que la contemplación de la Belleza, nos arrastra, en un instante, a un punto donde la sensibilidad se acalla, se aquieta en un silencio gozosamente doloroso o estalla en un simple fulgor, en una especie de éxtasis que grita, calladamente, lo que nunca hasta entonces se había vislumbrado. Es una especie de apoteosis visionaria, una teofanía…Una especie de enamoramiento fulgurante y apasionado donde la razón se acalla y arrincona.

 Estas cosas están contadas. Es el amor no correspondido, de Camille Claudel  hacia Rodin, que la arrastra hasta la locura, y a la destrucción  de gran parte de su preciosa obra, hasta que muere en un manicomio. Es San Francisco que recibe las Llagas de un Crucificado místico, o Pablo que cae del caballo cegado ante una luz ensordecedora, como nos lo describe, en su “terribilitá” el maravilloso y controvertido Caravaggio, o cuando Neruda necesita escribir, frenéticamente, sus versos de amor…¿Desde el dato religioso, son apologías de esa  fe que puede mover montañas? No creo que Gaudí, persona  creyente  donde los hubiera, construyera su prodigiosa visión de la Sagrada Familia con mucha fe, pero  sin albañiles.    

 Bien, si ha quedado esbozada la locura de la fe, el instante de la revelación del amor, ahora deberemos hablar de su relación con el Arte, y hacia el Arte.

 Cuando nos enfrentamos, emocionados, a una auténtica obra de Arte que nos conmueve, es como si nos “trascendiéramos”, invitándonos a asomarnos a profundos pozos de oscuridades y luminosidades nuevas. Que estaban ahí, junto a  nuestras vidas, pero sin que sospecháramos de su presencia. Es el milagro de la Belleza y del Arte.

 Creación artística

Crear. Hacer que algo surja de la nada. Es uno de los grandes símbolos aplicados a la magnificencia, al poder e incluso al amor de Dios para con el hombre. La teología lee que existimos no por casualidad, sino por un acto expreso de Dios hacia la existencia del hombre. Sé que esta lectura  muy primaria de la Creación, es matizable, cuestionable y discutible desde otras dimensiones de la razón, pero sólo quiero recoger el dato como símbolo de semejanza y aproximación al hecho del artista frente a su hacer arte. El artista, al enfrentarse al lienzo vacío, a la piedra informe,   a los mil materiales que puede tener delante para trabajar su expresión, parte de un vacío, de una nada que necesita ordenar,  estructurar, organizar  en base a esas eternas leyes de orden, armonía, tensión, ruptura y reorganización, que vislumbramos en la belleza cósmica y natural, de manera que logre que llegue a ser “algo”, Arte, misterio, expresión de una cierta forma de ser de la misma vida. El artista, en esa tesitura creadora, vive una experiencia sicológica  muy cercana al primer acto que la Biblia pone en el hacer de Dios. Es el trabajo de iniciar una búsqueda formal,  de sufrir porque tengo que encaminar el esfuerzo en función de lo que quiero lograr: intuir, abocetar, seleccionar, ordenar, manipular. Porque el proceso exige un tiempo y paciencia, porque la creatividad se adormece…hasta que vuelve a saltar  la chispa de la inspiración, porque se ve “algo”, pero no se sabe qué es lo que “chirría”…Y hay que seguir buscando hasta que el espíritu se sienta satisfecho con lo logrado. Porque tengo que  luchar  con la resistencia neutra y opaca de los espacios, de los materiales que se desean usar. Con mis propias intuiciones y deseos vitales.

  ”Y al séptimo día descansó”. Eso también nos lo dice la Biblia. Porque crear supone un  inmenso esfuerzo físico y espiritual. Supone un  largo trabajo: por lo visto, también fue así para Dios. El famoso “Big-Bang” del  inicio del tiempo y de la historia del existir humano parece que no fue fácil. Al final de este largo proceso de trabajo, cuando el artista lo da por finalizado, siente  el gozo, muy breve ( porque el artista, nada más finalizar su obra  y sentir que  ha logrado   lo que su alma intuía, ya  necesita enfrentarse a otro reto). La obra terminada empieza a quedarse atrás. El artista no puede vivir  sin el acicate de nuevos retos, de nuevas búsquedas que le lleven a exprimir el fondo de su alma hasta vaciarse totalmente. La urgencia de expresarse es infinita.

 Así, el arte es un símil que nos sirve para hacer  una comparación aproximativa, con el  misterio del hecho creativo, dotándolo de un cierto carácter “divino”. Y es valorado y admirado por ello.

 Forma artística

Hemos hablado de tener que ordenar, organizar, reordenar los diversos materiales y elementos plásticos, hasta  llegar a darles una FORMA que se aproxime a la Belleza. Son unas leyes que el hombre intuye y busca controlar.  

Es otra de las dimensiones de las religiones. Necesitan ordenarse, estructurarse y manifestarse  en ritos, gestos, símbolos que, según las diversidades culturales, nos acercan a la divinidad. Es el colorido de las vestimentas, el tipo de objetos litúrgicos, o la inmensa presencia de materiales pobres y sencillos, cósmicos, siempre antropológicos, como pueden ser un poco de comida, o el agua, o el fuego, o los cantos y melodías que distribuyen los tiempos  en una armonía que, en su sencillez, parece que nos hablan del orden cósmico del universo, es decir, de un Dios que equilibra lo desordenado, que armoniza las materias, que da sentido a lo inconexo. Donde la historia se detiene para que, a través de distintos ritos, hacer que lo dramático del existir   se armonice invitando a una  paz más honda (los maravillosos jardines orientales, budistas, que dibujan, rastrilleando, esas grandes líneas que unen tierra y rocas, agua y vegetación…)

Esto también es  Arte. Creado para aquietar el alma dolorida del hombre. Logrando unos ritmos y unas relaciones de una belleza sorprendente. Aunque aquí el motivo no sea hacer arte, sino una manifestación simbólica de tipo espiritual y religioso.

Dentro de estas referencias a posibles vivencias religiosas en el arte y desde la belleza, siempre me ha creado admiración y una enorme curiosidad el mundo de los Iconos orientales, ortodoxos. Pienso en los  tiempos donde se crearon las más grandes obras iconográficas. Dejando de lado, como puro  folclore artístico para turistas, los actuales iconos realizados con un buen nivel artesanal, pero excesivamente masivos y orientados a la venta como souvenir.

Esas grande obras de la fisonomía de Cristo, o de María, o diferentes escenas bíblicas (recordar la precios tabla de los tres ángeles que se denomina  la “Trinidad”). Se tiene, por un lado,  un lenguaje  plástico  desarrollado desde  formulas  fijadas  a través de los siglos, lo que aporta una especie de “fijación” estilística que evita florituras o intentos de originalidad o ruptura. Es hacer tiempo de la eternidad. (La mirada de Cristo, Juez y Salvador, se orientaba, se plasmaba, en dos direcciones: un ojo miraba de frente al espectador: es el Juicio de la Verdad. Y el otro miraba de lado, significación de la Misericordia: “no me voy a fijar”. ¡Qué preciosa teología del Hombre que hablo tanto de perdón y amor, a la vez de que se tomara en serio la Verdad de Dios como última justicia, sobre todo para los despreciados y débiles). Por otro lado intuimos un cierto tono de inmediatez  casi “infantil”, sin grandes recovecos mentales. Que hablan de la aceptación “sencilla” del misterio. Son preciosas obras que hacen cercana una Presencia bella y conmovedora en la fuerza y ternura que conjugan. En las cosas que lees sobre este mundo icónico, te indican que la realización de estas maravillas del arte, eran verdaderos ejercicios espirituales, de intimidad orante y contemplativa. Que se daba en la medida en que los monjes, en la soledad de los grandes monasterios, en las  largas horas que suponía la realización de una obra, (importancia del tiempo, de la paciencia, del saber estar en un silencio apacible y orientado a la búsqueda de lo  que, espiritualmente, querían encontrar y del esfuerzo estilístico, plástico, de las imágenes que manipulaban para lograr expresarlo). Para ir encontrándose con las vivencias espirituales de las propias  escenas que estaban desarrollando. Sencillo y precioso ejercicio de interiorización.

 Arte figurativo y arte abstracto

En este momento distinguiría dos grandes estilos artísticos: lo que a lo largo de los siglos se ha reconocido como figurativo,  donde reconocemos los elementos que aparecen en la obra de arte, y el abstracto,: donde nada se reconoce; sólo vemos formas, colores, líneas, materiales, etc.

En primer lugar, respecto al tema que nos ocupa, voy a referirme al  concepto de arte abstracto o no figurativo. Sabiendo que es una aproximación desde el recorrido sicológico y de postura vital que nos plantea el arte abstracto y la actitud que nos puede plantear el hecho de un acto de fe religioso.  Por el simple hecho de “trascender” lo figurado, lo reconocible, se nos invita a intuir desde una “presencia” no fácilmente asible y controlable; se nos empuja a una soledad incómoda: no sabemos lo que tenemos que ver, ni si “es” o “no es”, ni si está “bien” o “mal” (¿en función de qué?). Estamos frente a un misterio…frente a una belleza “diferente”. Hace que el espectador tenga que ser activo de otra manera, buscando, dentro de sí mismo, las leyes, los datos que den valor a lo que tiene delante, a esa “presencia”.  De alguna forma podríamos extrapolar a lo que sucede con el acto religioso de fe: igualmente se nos ponen delante palabras, signos, imágenes, ideas, símbolos…pero, al final, soy yo solo el que tiene que ordenar todo y, desde dentro, llegar a aceptar que esa “presencia ofrecida” me dice algo o no me dice nada. Donde las ideas y los conceptos valen en sí mismos muy poco. Estoy solo. Abierto o cerrado. Estoy haciendo un acto de fe.

 Podríamos pensar en multitud de obras abstractas próximas al mundo religioso, o, por lo menos, espiritual. Las grandes obras de Tápies de los años 60 - 70 que aportan una presencia cósmica - material que roza esa primera intuición en el ordenamiento del magma de la vida, lo que la posibilita y el silencio que la envuelve. Nos ofrece  una MATERIA SILENCIOSA, una simple presencia de eternidad y, desde luego, no creo que Tapies haya trabajado desde una consciencia expresamente religiosa (espiritual, estoy convencido de que sí). Hoy nos hablan mucho de Tapies y sus búsquedas desde raíces orientales. También quisiera referirme a Rothko. Autor, que acabó suicidándose, y al que un judío pidió que decorara o creara un ámbito espiritual (¿religioso?) en una capilla mortuoria. Grandes manchas de colores que, calladamente, van traspasándose unos en otros, fluyendo sin rupturas ni cortes, en una especie de sutil simbiosis. Creando una atmósfera de una gran hondura donde apenas veo otra cosa que el fondo de mí alma hecho color y presencia formal.

  Ampliando estas reflexiones, aprovecho para recoger de una entrevista en la revista “Arantzazu”, unas palabras  del arquitecto Miguel Angel Alonso y Pedro Manterola refiriéndose a Jorge Oteiza y su obra en Arantzazu.          “…Todo el proyecto de Arantzazu le ( a Oteiza) trasforma radicalmente. Arantzazu es un primer proceso de desocupación. Ese es un proceso de espiritualización a través de la escultura. Su desarrollo como escultor se espiritualiza…Yo creo que el frontis de Arantzazu gana en intensidad , en intemporalidad ( frente a los primeros bocetos del año 50)…Al principio lo que Oteiza   quería hacer en Arantzazu era un proyecto muy espiritual…Que lo importante es la idea abstracta (sobre el apostolado)…Esa idea de una comunidad ideal presidida por un pensamiento religioso, eso en Oteiza fue fundamental en toda su vida porque era muy religioso…Es decir, antimoderno en el sentido estricto de la idea de la modernidad nacida de la ilustración como secularización del mundo. Es la recuperación del espíritu religioso para construir el futuro…En teoría la piedra se transforma en espíritu a través del vaciamiento, de la desocupación. Oteiza tiene un conflicto a lo largo de toda su vida entre materia y espíritu, entre cuerpo y alma…Y la conclusión es que a través de la escultura seamos capaces de construir un mundo sagrado. Es decir, la antimodernidad por excelencia. Formalmente algo muy moderno”.

 Otro precioso ejemplo de arte abstracto como vehículo de espiritualidad y religiosidad, es la misma obra del ábside que preside dicha basílica de Arantzazu. Obra de Lucio Muñoz de los años 65. Inmensa y preciosa obra que inunda de presencia cósmica el ámbito religioso. Sin competir en modernidad o atrevimiento, sino, precisamente, creando el tono donde cualquiera, ya sea creyente o no, pueda sentirse cómodo, en sintonía con el  propio interior de su persona. Son los grandes caminos del arte para hacer que el hombre pueda profundizar en sí mismo, sin tener que “luchar” con imágenes que le hablen de milagros, gestas religiosas o éticas y morales determinadas y terminadas.

Mística y arte

Volviendo a  la figura del monje budista que, una y otra vez, peina la tierra en esa caligrafía preciosista y callada, pienso que, verdaderamente, mientras realiza su trabajo (¿artístico?, ¿religioso?) dicha persona estaría inmersa en una auténtica vivencia espiritual y mística. El misterio del espíritu aquietado y enriquecido por el recorrer de las infinitas líneas, no sólo  podemos vislumbrarlo cuando vemos el resultado acabado, sino también intuirlo mientras se está realizando. Muchas veces he sentido envidia de no poder vivir esa sensibilidad o espiritualidad del  ”monje jardinero”, dibujando el suelo, incrustándose en el paisaje,  creando un universo ordenado, lírico y armónico. Imagen del Universo total que nos envuelve espiritual y calladamente. El alma discurre sobre la tierra para encontrarse con una UNIDAD, con un TODO, de la que siente que él mismo forma parte. Arte, Belleza  y Religión.

Arte figurativo y religión

Reflexionaré  ahora desde el arte figurativo. Durante muchos siglos, en occidente, por mil razones que ahora no es el momento de valorar, el arte lo marca el poder religioso en connivencia con el poder político y económico. Los temas estaban dados. Las pinturas y esculturas narran los grandes hechos de la Biblia, del Evangelio. Los pintores y escultores ponían su saber artístico al  servicio del poder que les contrataba para plasmar temas determinados ( ya fueran religiosos o mitológicos). Eso  hace Miguel Ángel, por ejemplo, en las grandiosas pinturas de la Capilla Sixtina. Miguel Ángel, artista ciclópeo, de psicología y temperamento complejo, en continua lucha consigo mismo, entre el cuerpo y el espíritu, entre el alma y las pasiones ¿Su obra es religiosa? ¿o su obra es el gran grito que con el pretexto de ese grandioso espacio, nos habla de lo que desearía que fuera el hombre, él mismo? En el Juicio Final aparece su autorretrato desdibujado en un desecho de humillación y anonadamiento. ¿Es su propia reflexión culpabilizadora, humillada y contrita por “sus pecados” (es decir, en un acto expresamente religioso?). Puede ser. Nunca lo sabremos. Pero el tema bíblico de la inmensa cúpula y el grandioso frontis del Juicio final, aunque sean temas religiosos, ¿mueven a sentir vivencias religiosas?  Yo nunca lo he vivido de esa manera, al contrario, por ejemplo, del ámbito  artístico de la basílica de Arantzazu. Creo que la Capilla Sixtina es el gran canto a una humanidad que se vincula, en un esquema religioso tradicional, donde,  de lo que se habla, es de la grandeza del hombre fruto de ser criatura de Dios.

 ¿Qué decir de la gigantesca figura, del genio artístico, de una persona tan denostada y conflictiva socialmente, como pudo ser Caravaggio?  La temática de gran parte de su obra se la imponían los gremios con el beneplácito de la iglesia, pero luego, y esto es lo importante, su genio pictórico, la belleza que lograba plasmar, la luz que hablaba casi más de las sombras de la vida que de la paz que, oficialmente, teóricamente, ofrece la religión. Su creatividad artística era capaz de imprimir en sus telas parte del gran misterio, doloroso y dramático, del existir. Así puede verse en la “Conversión de S. Pablo” al caerse de un imponente caballo, envuelto en una luminaria verdaderamente plástica y refrendo de la lucha de aquel hombre. O en la “Dormición de la Virgen”. Donde una mujer, ahogada en el Tiber, es modelo de la Mujer más valorada por el misterio religioso. Cuadro rechazado por la iglesia oficial, pero de una humanidad tan honda que, verdaderamente nos acerca a que fuera posible que la Virgen simplemente se durmiera para pasar a ese otro mundo que se ofrece desde la religión.

 El arte ha usado grandes temas religiosos: multitud de temas bíblicos y evangélicos: crucifixiones como el “Cristo en la cruz” de Velázquez, el Cristo de Grünewald del altar de Colmar, la crucifixión de Rembrandt, el “Hijo  pródigo” de Rembrandt…para mí son obras que me han conmovido espiritualmente. casi haciéndome buscar una especie  de oración. Pero otros temas, igualmente religiosos, apenas me han conmovido más allá del hecho artístico. Estoy pensando en las obras religiosas de Goya, por ejemplo. Lo que me  lleva a afirmar, con bastante claridad, que el tema religioso, por sí mismo, no tiene ningún valor espiritual y religioso, que son otras  condiciones plásticas las que logran que el espectador se conmueva en unas  vivencias diferentes de las simplemente estéticas.

 No quisiera terminar este apartado sin referirme, y de alguna manera denunciar, el mal que ha hecho a la iconografía religiosa cristiana, todo el planteamiento que se hace a finales del s. XIX con el amaneramiento de los gestos y la poca hondura formal de tantas vírgenes y santo edulcorados, ñoños y totalmente caricaturizadores de lo que puede ser una persona viviendo el drama de un búsqueda religiosa o espiritual. Imponiendo los gestos amanerados de  cuellos inclinados, los ropajes “kich” en azules y dorados, desdibujando los cuerpos, esas manos unidas en gestos blandos para querer decir que hay un trance religioso… ¡Qué lejos de lo que es una sinceridad en la búsqueda del misterio, ya sea del simple existir o del misterio religioso! Insinuaríamos, que igual que el arte es una búsqueda trágica de las formas hasta llegar a la belleza, igualmente los recorridos espirituales están plagados de dudas convulsas, de inseguridades, de preguntas más que de respuestas. Por lo menos en los momentos de nuestra situación social actual.

Termino. El arte religioso nunca debe ser catequesis apologética que busque afirmar dogmas o morales. El Arte, desde el misterio de la Belleza, nos posibilitará, si reúne las condiciones plásticas con suficiente fuerza y sinceridad, unas  preguntas, unas sensaciones o vivencias llenas de expectación más que de afirmaciones, provocándonos  a asomarnos, desde el arte, al pozo de la vida para, desde su brocal, intuir un fondo oscuro y dramático, pero presente, o el reflejo de una luz difusa, quizá, pero limpia  y esperanzadora para la vida cotidiana que nos toca vivir.

Gora