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El Gran Asedio. Unas consecuencias de larga duración (I)

Carlos Rilova Jericó | Iraila, 2009 | Inprimatu Inprimatu

I. El Gran Asedio. Unas consecuencias de larga duración

El texto de esta conferencia tuvo el honor -yo creo que inmerecido- de servir de punto final tanto al ciclo en el que fue expuesta como a las conmemoraciones del 370 aniversario del Gran Asedio de Hondarribia que se cerraban con él.

Como tal, como último escalón antes de dar por clausuradas esas celebraciones, se plantearon en ella una serie de conclusiones que daban lugar a unas cuantas preguntas, cosa, por otra parte, inevitable en los gabinetes de los historiadores.

Entre otras, las siguientes: ¿qué podríamos decir sobre las consecuencias del Gran Asedio de Hondarribia que cumplió 370 años en el verano de 2008, las inmediatas y las de a más largo plazo?. ¿Mereció la pena recordar estos hechos?. Si es así, ¿desde qué punto de vista?. ¿Desde el social?. Es decir, ¿los que fuimos encargados de esta tarea hemos devuelto correctamente a la sociedad del presente los hechos que la forjaron en el pasado?.

¿Y desde el punto de vista científico?. ¿Qué se puede decir de este aniversario?. ¿Como conjunto de profesionales dedicados a la Historia y a la Arqueología, “Zehazten” aportó algo de valor a esos campos de la Ciencia, reconstruyendo los hechos de esa gran batalla de la Guerra de los Treinta Años que tuvo lugar ante las murallas de Hondarribia ahora hace 370 años?.

Una vez planteadas tantas preguntas parece que no queda, evidentemente, más remedio que responderlas. Comencemos por la primera la que, al menos en apariencia, es la más sencilla de todas ellas.

1. 1. Las consecuencias inmediatas del Gran Asedio. Discusiones y recompensas

Si nos preguntamos cuáles fueron las más inmediatas consecuencias del  Gran Asedio de 1638 descubriremos, pronto, que la respuesta es fácil, muy fácil de encontrar. De hecho, puede decirse con tranquilidad que a este respecto, al de las consecuencias inmediatas del Gran Asedio, parece haber poca cosa que aportar.

Si abrimos las páginas del libro de Florentino Portu “Hondarribia: notas históricas y curiosidades”, no tardamos en dar con muchos datos espigados por este autor entre los abundantes documentos del Archivo Municipal que manejó en su día.

Allí, sin necesidad de mayor esfuerzo, nos enteramos de la lista de mercedes que la Corona española ha concedido a esta población, agradecida por esa resistencia de Hondarribia, que había impedido una invasión del corazón del imperio de los llamados Habsburgos, o Austrias, españoles.

En esas páginas, en efecto, se han recogido las referencias oportunas a esa cuestión, que van desde el título de ciudad, y el de “Muy Valerosa”, hasta el control sobre el patronazgo de la iglesia de Elgoibar, junto con el traslado de la barca que permite pasar el Bidasoa desde Hendaya y que, hasta ese momento, estaba en Behobia. También aparece en ellas la lista de vecinos participantes en el asedio y el modo en el que se establece el voto a la Virgen y las fiestas que se deben celebrar a partir de entonces todos los 7 de septiembre, para recordar la victoria de Hondarribia sobre sus sitiadores[1].

Por supuesto podemos añadir algunos detalles a estas consecuencias inmediatas que Portu, demasiado ocupado en ofrecer una visión general de la Historia de Hondarribia, tuvo, naturalmente, que dejar pasar por alto por cuestiones de tiempo y espacio.

Así, puestos a contar y describir las consecuencias inmediatas que deja el Gran Asedio tras de sí en Hondarribia, podríamos aprovechar esta ocasión para aludir a la lista de embarcaciones dañadas durante aquellos días del verano de 1638. Algo a lo que no se ha hecho mucha referencia hasta ahora, aunque los daños infligidos a ese respecto resultan bastante reveladores. Por un lado suponen un descalabro importante para una sociedad que vive, en buena medida, como ya constatamos en la conferencia anterior a ésta, de la pesca, y en general, de la navegación. Por otro nos pueden ayudar a saber más sobre la efectividad del bloqueo naval francés durante el verano de 1638 del que se habló, también, en otra de las conferencias del ciclo que cierra ésta.

El Libro de Actas del año 1639 nos señala, en efecto, que el bloqueo naval del que nos hablaba Kote Guevara en la tercera de este ciclo de Conferencias, a pesar de su ineficacia en el combate contra las murallas de Hondarribia -al fin y al cabo, como ya se nos indicó, sólo estaban allí para cerrar el paso a un socorro por mar, como el que sucumbe a la sombra de Getaria- sí pudo ensañarse con muchas de las embarcaciones que tuvieron la mala suerte de encontrarse en la rada de Hondarribia en el momento en el que el cerco se cerró sobre la plaza.

Así, según la memoria que el ayuntamiento ordena hacer a Juanes de Berrotaran, la marinería francesa pudo condecorarse ante Hondarribia destruyendo un patache de 36 toneladas cargado de hierro, brea y otras mercancías, propiedad del mismo Juanes de Berrotaran, que estaba “bergas en alto” preparado “para partir a Seuilla” cuando la Armada del ejército asediador lo hundió. También se contaban en esa lista la pinaza de 15 toneladas de Juanes de Lizardi, la chalupa de pesca de Gabriel de Alberro, la de Laçaro de Yriarte y la de Juanes de Cigarroa[2].  

Otros tuvieron más suerte que ellos. Así Juanes de Aranibar sólo se lamentaba de la pérdida de lo que llama un “arbol” -es decir, uno de los palos de la embarcación- que fue arrancado por “un Balaço” del enemigo. En el mismo caso estaba el capitán Antonio de Ançiondo, que sólo había perdido el árbol mayor, el palo de mesana, los masteleros y las vergas y aparejos de su patache[3].

El resto, según lo que se deduce de esta memoria encargada por el Ayuntamiento victorioso, habían escapado de una Marina y un ejército francés que tampoco en este capítulo parece que anduvieran muy despiertos, teniendo en cuenta los destrozos que podían haber causado sobre una flota compuesta de muchas más unidades que éstas, como sabemos, entre otras fuentes, gracias a lo que se dijo en la cuarta conferencia de este mismo ciclo.

De las consecuencias que el Gran Asedio tuvo sobre otra de las principales actividades económicas de la ciudad, la de la agricultura, como ocurría en el caso de las grandes mercedes hechas a la ciudad, tampoco puede añadirse mucho más, pues ese conocimiento ya se ha sistematizado en el libro dedicado a los caseríos de Hondarribia que ha publicado recientemente este Ayuntamiento, donde se da oportuna cuenta de los daños sufridos por esas explotaciones y también por los molinos que estuvieron a merced del ejército francés durante aquellos 69 días[4].

Aunque sí podría agregarse a ese listado de daños, la impresión que los hondarribiarras han sacado de esas devastaciones perpetradas por las tropas francesas. A ese respecto el Libro de Actas del año 1639 vuelve a convertirse en una interesante fuente de nuevos datos sobre esta cuestión.

Ese documento nos describe todo un ambiente que una simple lista, una sencilla constatación de nombres y lugares, no nos transmitirá. Lo reflejaremos aquí, al menos en parte, porque las palabras tienen un significado. Uno que no debe perderse, ese que nos habla de cómo vieron y cómo vivieron los hondarribiarras supervivientes las consecuencias de aquel formidable asedio de 69 días. O al menos de cómo decidieron plasmarlo por escrito los que los gobernaban en 1639.

Lo que ha llegado sobre esa cuestión hasta las páginas del Libro de Actas de ese año habla, por ejemplo, de instalaciones -tanto agropecuarias como de otro tipo- abrasadas con todo su contenido dentro. Eso es lo que le ocurrió a la Casa Lonja de la ciudad, que se ha puesto en el primer lugar de esa lista de daños. Otras, como ocurre con las casas de La Marina, incluida la llamada “iglesia de La Magdalena”, fueron simplemente asoladas. Excepto siete que, de algún modo (probablemente para servir de alojamiento y almacén a los invasores), lograron sobrevivir a la habitual furia destructora de un ejército-tipo de la Guerra de los Treinta Años. Como lo era el que plantó su campamento ante Hondarribia en el verano de 1638[5].

Las “casas solariegas”, que es como se llama a los caseríos en este documento, situadas en el tercer lugar de esta lista, presentada ante el Ayuntamiento de la ciudad en 1639, son descritas como “mal baratadas” en sus haciendas o quemadas. Otras aparecen como “deshollada” o “deshecha”. Otras, finalmente, se incluyen en esa lista como las que “han sido ynfestadas por el enemigo”. Es decir, de acuerdo a los diccionarios de época, las que han sufrido “daños, estragos, correrías, entradas y hostilidades del enemigo”. Especialmente aquellas situadas en la costa del mar, como, indudablemente, es el caso de las de Hondarribia[6].

Con respecto a las recompensas también se puede añadir algo aparte de lo que ya nos dicen las que podemos considerar como obras canónicas sobre la Historia de Hondarribia.

En efecto, en este caso, como en el de los daños a propiedades materiales, también existe un cierto ambiente en la ciudad que no ha sido reflejado habitualmente en esas obras de carácter general.

Se trata de un clima emocional lleno, por una parte, de generosidad y, por otra, de lo que en la época se hubiera llamado “malos humores. Es decir, lo que nosotros podríamos tratar de traducir, sólo aproximadamente, como “malos sentimientos”. Feo detalle del que es culpable, en buena medida, un lejano antepasado del que estas páginas escribe, Pedro Sáenz de Izquierdo, que, como es bien sabido, fue uno de los jefes de la defensa de 1638, puesto que ejercía como alcalde aquel año.

Esa espesa atmósfera se delata en las páginas del Libro de Actas de 1639, cuando el nuevo Ayuntamiento manda hacer una lista con todos los que se han distinguido en esa defensa de la villa[7].

Se trata de un documento que será cuestionado rápidamente -y es de imaginar que no sin razón- por lo que el mismo Libro de Actas llama “el pueblo”. Esa borrosa categoría social objeta, en efecto, que todas esas mercedes que se han concedido -en diverso grado- a los que forman parte de esa lista de defensores de Hondarribia, son muy dignas de estimar y agradecer, pero no tienen más remedio que puntualizar que su majestad católica, don Felipe IV, no había sido bien informado sobre lo ocurrido y sobre quiénes merecían recompensas por sus esfuerzos durante los 69 días del Gran Asedio. Muchos de ellos, aseguraba “el pueblo”, tanto muertos como “estropeados y desmembrados”, no aparecían en esta lista. Y se echaba la culpa de esa injusticia a los diputados que la ciudad había enviado a Madrid para gestionar esas recompensas[8].

No otros que mi lejano tío-tataratatarabisabuelo, don Pedro Sáenz de Izquierdo y el capitán Juanes de Urbina. La ciudad se hará eco de esa protesta de “el pueblo” y reclamará a ambos la razón por la que mi, por otros conceptos, estimable ancestro y su compañero de viaje no han cumplido con las detalladas instrucciones que se les habían dado para establecer justas compensaciones por aquella gran victoria…[9]

Si seguimos hablando de ese mal ambiente generado por el reparto de recompensas tras el asedio, esto será nada comparado, por otra parte, con los encontronazos que sufrirá la ciudad con el capitán Diego de Butrón.

Esas agarradas entre el ayuntamiento y el otro ex-alcalde del año 1638 componen la faceta más agria de las consecuencias inmediatas de aquel aplastante triunfo sobre la Francia de Richelieu, y nos adentran en el sombrío terreno donde algunos héroes muestran su cara más oscura. Una tan poco clara como las palabras de mi conspicuo antepasado, Pedro Sáenz de Izquierdo, remitidas a Hondarribia, ya a principios del año 1639, para denunciar que los dos capitanes, Butrón y Urbina, estaban tratando de aprovecharse del crédito conquistado por todos los hondarribiarras para adelantar -ese es el verbo que utiliza don Pedro- lo que él llama “sus negocios”[10].

Esa fue la culminación de una serie de desagradables circunstancias que la comunidad entera de Hondarribia, representada por su nuevo Ayuntamiento, sabrá sin embargo reconducir, como puede deducirse del contenido del Libro de Actas de 1639, de un modo que, afortunadamente, deja un recuerdo mucho más placentero de las personas que supieron sufrir aquel Gran Asedio de 69 días sin caer después en ajustes de cuentas personales como estos tristemente protagonizados por los dos alcaldes del año 1638 y algunos, por fortuna, pocos más.

¿Está, pues, todo dicho sobre el Gran Asedio?. ¿Hay poco nuevo que añadir, aparte de todo lo que se ha comentado en este apartado, cuando hablamos de sus consecuencias?. Me atreveré a decir que no, que, aún hay mucho más que añadir sobre estos hechos. Como vamos a ver en los apartados siguientes, que cierran este trabajo, y de hecho, estas conferencias, pero -al menos así lo espero- no nuevos esfuerzos por conmemorar y reconstruir aquella batalla de la Guerra de los Treinta Años desde nuevas y mejores posiciones.

2. Las penúltimas consecuencias.

Como vemos no es difícil que aparezcan, en el momento y el lugar más insospechado, nuevas consecuencias, nuevos fragmentos, nuevos indicios que aún pueden variar nuestro punto de vista, nuestro grado de conocimiento, sobre un acontecimiento, como es el caso del Gran Asedio de Hondarribia, del que creíamos saberlo todo ya y al que sólo quedaría conmemorar a medida que pasase el tiempo y fueran transcurriendo fechas más o menos redondas. Como lo ha podido ser el caso del verano de 2008, en el que se cumplían 370 años de aquellos hechos que dieron lugar a buena parte de la Hondarribia que hoy día conocemos.

¿Es así?. ¿Resulta tan sencillo?. ¿Basta con conmemorar unos hechos que, vagamente, todos creemos conocer ya de sobras, salvo por oscuros detalles, como los empujones que se propinan algunos héroes de aquellos días cuando llega la hora de repartir recompensas o la lista de barcos dañados por fuego francés en la bahía?.

Los aniversarios de hechos históricos, como el que hemos generado desde el 1 de julio 2008, suelen tender a responder “sí” a ese tipo de preguntas.

Basta con echar un vistazo, por ejemplo, a mucho de lo que se ha hecho para conmemorar aquel famoso 2 de mayo de 1808 que fue el comienzo de la España Contemporánea hace, precisamente, 200 años.

La llegada de esa fecha redonda ha dado lugar a aportaciones valiosas, innovadoras en el ámbito de conocimiento histórico, pero, sin embargo, las que más eco han tenido no han sido esas discusiones científicas sino otras que, aprovechando también el telón de fondo de ese aniversario, han añadido bastante poco al avance de nuestro conocimiento sobre aquellos hechos.

Así, por desgracia, mucho de lo que se ha dicho sobre esos acontecimientos, no tanto por la forma como por el tono, bien podría haberse dicho y hecho en 1908. O en otras palabras, mucho de lo dicho y hecho para conmemorar esos acontecimientos, los del 2 de mayo de 1808, no ha aportado grandes novedades -más bien todo lo contrario-que nos ayuden a conocer mejor esa época. Que, al fin y al cabo, es la única justificación para celebrar un aniversario. La única al menos si no queremos que sea un dispendio de dinero sin mucho sentido.

Y, dicho esto, miremos en nuestra propia dirección, y aprovechemos para hacer balance de lo que hicimos entre el 1 de julio y el 30 de octubre de 2008.

La exposición web acerca del Gran Asedio, inaugurada en la primera de esas dos fechas, ciertamente fue recibida con interés por un público considerable y los que participamos en su creación creemos que se puede decir, sin caer en el auto elogio injustificado, que refleja un considerable esfuerzo por reunir nuevas palabras, nuevas piezas y también nuevas imágenes sobre el proceso que vivió la ciudad en el verano del año 1638.

Estas últimas tanto de factura propia para reconstruir aquello que carecía, hasta ese momento, de alguna referencia gráfica, como importadas desde algunas de las colecciones de Historia militar más prestigiosas que han quedado a nuestro alcance. Desde las de nivel más local, como ocurre con la del Museo San Telmo o las del Museo de la industria armera de Eibar, hasta otras de sólida y merecida fama a nivel internacional. Como ocurre en el caso de muchas de las que amablemente nos cedió la Colección Militar “Anne S. K Brown”, de la prestigiosa universidad estadounidense de Brown.

¿Qué decir de las “Gacetas del Gran Asedio”?. Parece ser que gracias a esos cinco pedazos de papel -y sus correspondientes imágenes- hemos podido devolver al presente, aunque sea de manera concentrada, aquellos 69 días de resistencia tenaz -siempre, claro está, desde la perspectiva de un hombre de Letras de aquella época, es fundamental no olvidar que ese es el sentido y el contenido con el que dotamos a estas “gacetas”- y parece ser que han sido seguidas con interés en sus sucesivas apariciones. Lo mismo que la relación diaria publicada en diversos medios de comunicación, que nos han mantenido puntualmente informados de lo que ocurrió, día a día, en esta ciudad y sus alrededores hace 370 años.

Finalmente faltaría opinar sobre el ciclo de conferencias que clausuró este texto en el que, como ya hemos podido ver, hemos tratado de extendernos sobre aspectos más académicos que ni la web, ni el periodismo -ni el de ayer ni el de hoy- podían contener.

Desde la perspectiva que da a este texto ser el último de esas cinco conferencias creo que puede afirmarse, sin dificultad, que ha habido en él aportaciones interesantes. Y lo que es mejor, absolutamente innovadoras.

Por sólo citar un caso, creo que nadie discutirá que Kote Guevara nos ofreció en la suya una pequeña pieza maestra de la labor que debe realizar un historiador al contarnos el episodio del bloqueo naval desde la perspectiva del enemigo. Una a veces tan diferente que no parece describir ni siquiera el mismo acontecimiento.

De las dos anteriores -dejemos aparte, por modestia, la mía sobre la vida cotidiana en el año 1638-, las firmadas por el profesor Alvaro Aragón Ruano y por César Fernández Antuña, uno de nuestros más destacados especialistas en Historia militar y -les ruego no se desmayen- Poliorcética o, lo que es lo mismo, más o menos, “Ciencia de las fortificaciones”, se puede, y se debe decir, que aparte de compartir muchas de las virtudes de la de José Ramón Guevara, también tienen en común con ella haber generado cierto debate acerca de los acontecimientos que sucedieron aquí en el verano de 1638. 

Uno de cuya aparición creo que podemos felicitarnos y en el que, hasta el momento en el que escribo este texto, he podido oír frases con respecto a la del profesor Aragón que, más o menos, sonaban a “ya era hora de que supiéramos donde situar lo que ocurre en Hondarribia en 1638 dentro del conjunto de los acontecimientos que se desarrollan en esa época”. O, si nos referimos a la de César Fernández, ese mismo debate ha suscitado preguntas tan interesantes como la de quién en realidad cercó y trató de expugnar la plaza en el verano de 1638. Si, en efecto, Luis II de Borbón, el Gran Condé, el héroe del Gran Siglo francés a quien con harto descaro -pero, como veremos, no sin buenas razones- hemos colgado como uno de los responsables del cerco en nuestra página web, o bien otra persona… Asunto que ya en parte también quedaba perfilado en la conferencia que ofrecía Kote Guevara tres semanas antes de que ésta fuera leída, donde se sacaba a colación a cierto personaje -o quizás personajillo- llamado Enrique II de Borbón, príncipe de Condé, padre del ya mencionado Luis II.

También  creo que deberíamos considerar parte de ese debate una afortunada observación realizada en “petit comite”, al hilo de las primeras conferencias, por José Ramón Emparan acerca del fondo sobre el que cabalga la más famosa imagen del Conde-Duque de Olivares pintada por Velázquez. Ya saben, esa que guarda el Museo del Prado en Madrid, en la que se le ve subido sobre un orondo caballo, vestido con coraza, fajín de oficial, bengala de mando y otros arreos militares propios de un alto mando de la época…

Esa clase de preguntas y de debates -por no volver a mencionar la aparición de nuevas fuentes documentales como la presentada en público por Iñaki Garrido el día de la lectura de esta misma conferencia, o la que no ha mucho publicó el profesor Koldo Ortega en la revista “Hondarribia”- es, precisamente, lo que nos permite hacer un balance positivo acerca de todos estos actos de conmemoración que se cierran hoy. No cabe duda, pues, de que nuestra exposición virtual, nuestras gacetas, y estas conferencias han generado nuevo conocimiento y también nuevas preguntas que, a su vez, deberían dar lugar a nuevo conocimiento acerca de aquellos hechos del verano de 1638 sobre los que se levanta nuestro mundo.

Pero, se preguntarán, como cierto olvidado líder del siglo XX, un tal Vladimir Ilich, alias “Lenin”, a partir de aquí, ¿qué hacer?. Si, a pesar de nuestros esfuerzos de los meses que van del 1 de julio al 30 de octubre de 2008, no está todo dicho sobre el Gran Asedio, ¿qué preguntas quedan por plantear y responder?.

De momento nos bastará con saber que el resto de esta conferencia se dedicará a responder -o al menos a dejar planteadas de manera desafiante- esa y otras preguntas que deberían ir surgiendo a partir de ellas.

Comencemos sin más dilación.

2.1. ¿Cómo se escribe la Historia?

El modo en el que se escribe Historia, cuando uno reflexiona sobre esa cuestión, resulta verdaderamente curioso. En principio la Historia es ciencia, y, por lo tanto, debería ser neutral. No estar sujeta a deformaciones y presiones emanadas de, por ejemplo, el orgullo nacional o familiar.

Imagínense a un químico o a un físico retocando sus descubrimientos para que resulten más “patrióticos” o para que no ofendan a la opinión pública del momento y el lugar en el que los ha realizado.

Imposible, ¿verdad?. Bueno, no entraremos a hablar de lo que hicieron ciertos regímenes dictatoriales con ambas ciencias. Como es el caso del Terror jacobino en la Francia de fines del siglo XVIII o el de la Alemania nazi en la década de los treinta del  XX. Nos podríamos llevar una sorpresa desagradable pero que, de todos modos, nos confirmaría que sólo en circunstancias de excepción, bajo amenaza de muerte, la Ciencia se convierte en algo tan caprichoso que casi parece Magia o, peor, Brujería.

Con la Historia no pasa otro tanto. Hace falta mucho menos para que la investigación se interrumpa y se convierta en verdad inmutable cualquier observación  hecha hace más de cien años por alguien que ni siquiera era historiador profesional. Aunque lo dicho, o escrito, sea poco menos que un delirio febril sin ni siquiera algo que se parezca a un trabajo de investigación serio para respaldarlo.

Es así como se ha establecido, de manera casi imperceptible pero también  ineludible, imposible de evitar, un peculiar estado de cosas con respecto a la Historia de la Edad Moderna europea. Especialmente en la que se hace al norte de nuestra frontera del Bidasoa. Fundamentalmente la anglosajona, pero también en buena medida la francesa. Uno que considera que todo lo que ocurre en esos países entre, pongamos, 1500 y 1900, es la Historia de un constante progreso hacia la democracia y la sociedad industrial y postindustrial y lo que quiera que haya más allá de esta segunda “crisis del 29″ que por cortesía, una vez más, de Wall street disfrutamos en menos de cien años.

Ese proceso, ese guión básico para investigar y escribir la Historia de la Europa moderna, aceptado de manera más o menos consciente -o con mayor o menor malicia- por todos los que ejercen el oficio de historiador en esas latitudes, parece estar jalonado de sucesivas victorias militares sobre pueblos y naciones que son automáticamente situados en el casillero de “fracasados”. Fracasados en lo que parece ser un proceso de progreso indefinido hacia la libertad y la bombilla incandescente desde los tiempos de la reina Boudica y Vercingetorix hasta la Tercera República y la era victoriana. El resultado final de todo esto es un relato sumamente coherente que demuestra a cualquiera que lea cualquiera de sus numerosas variantes por qué los anglosajones protestantes -y, está bien, también los franceses y, ¿por qué no?, los italianos- acabaron siendo dueños del mundo allá por 1900.

Sólo un país europeo -o quizás dos si tenemos en cuenta a Portugal- se descuelgan de ese discurso y, de hecho, se convierten en víctimas propiciatorias del mismo. En efecto. La Historia de la Edad Moderna al sur de los Pirineos y eso, nos guste más o menos, incluye a Hondarribia, es un proceso inverso al que se da al norte de esa franja de ríos y montañas. Todo ese credo apócrifo que se suele hacer pasar por Historia se resume en una palabra: decadencia.

Así, cualquier cosa que haya ocurrido allí, al sur del Bidasoa, en lo económico, en lo cultural, en lo social, en lo político y, sobre todo, en lo militar, debe encajar en el estrecho marco teórico que nos proporciona esa palabra.

La explicación de los hechos históricos a partir de ese proceso de deterioro constante e irreversible que, vagamente importado desde el norte del Bidasoa, es avalado, una y otra vez, en los libros de Historia -o algo parecido- publicados al sur de esa línea, nos descubre una peculiar forma de ver las cosas entre la intelectualidad española que rara vez se da otras latitudes, en las que lo malo siempre es barrido debajo del mapa nacional o, a ser posible, por encima de la frontera[11]

Es así como todo el mundo ha oído hablar de la Armada Invencible, pero no sabe nada apenas de la derrota inglesa en La Coruña que tiene lugar poco después de ese revés de la flota de Felipe II ocurrido ante las costas de Inglaterra en 1588. Es también gracias a ese curioso guión, con el que se escribe, incluso, la Historia científica, por lo que conocemos hasta la nausea lo que ocurre en Cavite y Santiago de Cuba en 1898 pero no sabemos nada de la vergonzosa retirada yankee de Puerto Rico bajo el fuego español en las mismas fechas, para no volver a entrar en esa isla hasta que se decidió otra cosa en la mesa de negociaciones de París[12].

También es gracias a él por el que creemos que, tal y como lo pudimos ver en la gran pantalla en los famosos “55 días en Pekín”, la defensa del barrio de las legaciones europeas en la corte del Celeste Imperio durante la rebelión de los boxers de 1900 fue dirigida por el embajador británico y no por el representante de Madrid en esa capital que, dicen, pronto dominará al mundo, sustituyendo a unos agotados Estados Unidos[13].

Es así también como hemos oído hablar de la famosa batalla de Rocroi y la victoria allí obtenida por Luis II de Borbón en 19 de mayo de 1643, pero apenas sabemos nada de la sonada derrota que ahora hace 370 años tuvo lugar ante los muros de esta ciudad y en la que todavía está por aclarar a qué distancia se encontraba de ella aquel prometedor caballero. Algo verdaderamente relevante para calibrar la importancia en la Historia de la Europa de la Edad Moderna que se ha dado -o querido dar-  a los acontecimientos del verano de 1638 y que, de hecho, y resulta muy revelador, hasta ahora apenas si se ha hecho…

 Bien, nos guste o no, insisto, ese es el proceso según el que, habitualmente, se escribe Historia. Sin embargo, como historiadores -o como lectores y oyentes de esa materia- no deberíamos aceptarlo. Más que nada porque se nos está dando gato por liebre.

En efecto, les diré, como historiador, y no como hondarribiarra resentido, que a la Historia de la Europa de las Guerra de los Treinta Años, de hecho a la Historia de la Europa de la Edad Moderna, le faltará una buena parte de su verdadero sentido en tanto se continúe ignorando o, si lo prefieren, ninguneando, hechos como el que tuvo lugar ahora hace 370 años ante las murallas de la ciudad.

Pongamos las cosas en su sitio y pongámoslas revisando -o deconstruyendo, como se dice ahora- algunos de los hechos que tuvieron lugar en el verano de 1638.

Empecemos planteando nuevas preguntas al respecto y tratemos de responderlas. Preguntas como, por ejemplo, ¿realmente se merece el Gran Asedio el olvido en el que lo han dejado obras de referencia sobre el período como, por ejemplo, la escrita bajo la dirección de un historiador tan prestigioso como Geoffrey Parker?. En ella se menciona a Breisach, la otra fortaleza de los Austrias que sucumbe ante otro asedio que tiene lugar en el mismo año de 1638. También se habla en ella de Enrique II y Luis II de Borbón, pero no se los relaciona, en absoluto, con los acontecimientos del Gran Asedio… ¿Es esto siquiera aceptable?[14].

No. No hay ningún motivo, a nivel científico, que permita o que justifique ese olvido. Como historiadores no podemos seguir endosando, ni un minuto más, un vacío o una visión deformada de aquellos hechos que sólo puede entenderse como producto del modo en el que el acontecimiento empezó a ser manejado desde el momento en el que se forjó ahora hace 370 años y, sobre todo, del modo en el que algunos historiadores lo quisieron relatar en una época tan peligrosa para la Historia, como lo fueron las dos últimas décadas del siglo XIX, y, también, de cómo endosaron esas afirmaciones, sin revisión apenas, los historiadores que, en principio dotados de un mejor bagaje como científicos, ejercieron a lo largo del siglo XX.

De eso precisamente vamos a hablar en los dos siguientes apartados, en los que, esperamos, se esclarecerá mucho de ese burdo proceso, que en nada ha contribuido a nuestro conocimiento de aquellos hechos históricos, o, al menos, se dejarán planteadas preguntas sobre ellos que a partir de aquí deberían ser respondidas por todo libro que aspire realmente a merecer el calificativo “de Historia”.

3. Fama y honor de algunos ilustres caballeros.

Una buena vía para empezar a esclarecer qué ocurrió realmente ante las murallas de Hondarribia en el verano de 1638 y qué importancia histórica -real, no supuesta- pudo tener, es el examen  de cómo determinadas reputaciones vinieron a darse un baño de lustre en esos acontecimientos, los del Gran Asedio, o huyeron de su reflejo como de la, por aquel entonces, tan temida peste. Empecemos por descubrir algunas cosas sobre el primero de esos grupos antes de pasar a considerar el segundo de ellos.

3. 1. El trayecto Madrid-Arkoll. ¿Cuántas leguas pudo cabalgar el caballo del Conde-Duque de Olivares?.

Hubo grandes personajes del año 1638 que, apenas se produce la victoria del día 7 de septiembre, tuvieron un considerable interés en sacar brillo a sus personas bajo aquellos resplandores militares. Dejando aparte a los capitanes Diego de Butrón y Juanes de Urbina, y también a mi antepasado, Pedro Sáenz de Izquierdo, de cuya poco educada manera de rentabilizar sus hazañas militares ya hemos hablado, que no son, en absoluto, lo que podríamos considerar “grandes personajes”, sólo nos queda uno que pudiera estar interesado en bañarse en el lustre de la victoria obtenida ante las murallas de Hondarribia en el verano de 1638.  Naturalmente se trata de don Gaspar Guzmán, Conde-Duque de Olivares que lo hizo, según parece, de un modo bastante gráfico y no sólo vigilando, con mano férrea, todo lo que se produjo en cuanto a “relaciones” más o menos verdaderas de aquellos hechos[15].

En efecto, si volvemos sobre las páginas que el doctor Marañón dedicó al Conde-Duque en una extensa biografía que fue expandiéndose a lo largo de los años en sucesivas ediciones, pronto descubrimos que el famoso cuadro en el que Velázquez representa al valido de Felipe IV revestido de toda la panoplia militar propia de la época -incluyendo un orondo caballo-, tiene como fondo una población fortificada que echa, literalmente, humo, y que, si nos fijamos bien, nos resulta un paisaje verdaderamente conocido. Sí, más allá de esas dos columnas de humo azul negruzco parece que podemos distinguir la colina de Hendaya que hoy día está cubierta de casas, ¿verdad?. Lo que hay frente a ella se parece también mucho a lo que debió ser Hondarribia en la mañana del 7 de septiembre de 1638, después de que el ejército de socorro hubiera roto las líneas, cuando la futura ciudad aún trata de sostenerse bajo el fuego de la Artillería enemiga y los impactos de las minas que siguen abriendo brecha en sus murallas.

Para el doctor Marañón no hay duda de que el valido de Felipe IV quiso, en efecto, retratarse con todos sus arreos de general de Caballería sobre el fondo de una de sus mayores victorias sobre su archienemigo, el cardenal Richelieu[16].

Aceptada esta teoría, que parece bien avalada por lo que vemos en el cuadro cuando nos fijamos con detalle en un fondo que, hasta ahora, parecía superfluo, nos surge otra pregunta: ¿realmente estuvo el Conde-Duque en tan aguerrida postura en las laderas de Arkoll, contemplando cómo un ejército francés de lo más granado huía ante las tropas bajo su mando?.

La respuesta a esa curiosa pregunta es un rotundo “no”. No hay ni el más mínimo indicio de que esa escena tuviera lugar. No, al menos, del modo en el que nosotros, en el siglo XXI, daríamos por bueno que alguien, en este caso el Conde-Duque, estuviera en Arkoll o en cualquier otro lugar.

Sin embargo, en el momento en el que se pinta este cuadro las cosas se veían de un modo un tanto diferente. Para ellos el Conde-Duque, sí estuvo en Arkoll. El hecho de que, como nos dice el doctor Marañón, don Gaspar Guzmán, finalmente, y a pesar de haberse ofrecido para dirigir las operaciones de rescate “in situ”, jamás se encontrase  físicamente allí, era irrelevante. En la Europa barroca la apariencia, lo simbólico, era tan importante como lo real. Tanto que no será esta la última ocasión en la que, a lo largo de esta conferencia, volveremos sobre esa cuestión de la apariencia, lo simbólico y lo real y la forma, a veces inextricable, en la que estaban unidos esos conceptos en la Europa de la época en la que tuvieron lugar los acontecimientos que ahora estamos conmemorando.        

Lo importante, de momento, es que podamos constatar por medio de este documento gráfico la importancia que tuvo el hecho, el Gran Asedio de 1638. Si lo juzgamos a través de lo que nos relata el cuadro de Velázquez, aquella batalla fue formidable y sus consecuencias, más allá del ámbito local, verdaderamente sonadas.

Nadie, y menos el Conde-Duque, se hubieran expuesto al ridículo universal de su propia época -y de las posteriores- haciéndose pintar de ese modo por lo que no pasaba de ser una serie de pequeñas escaramuzas y, en definitiva, poco más que un ligero contratiempo en la estrategia militar del cardenal Richelieu.

Bien, aclarada esa cuestión, creo que podemos -y debemos- continuar con nuestra deconstrucción de aquellos acontecimientos y de su verdadera importancia histórica. Lo seguiremos haciendo a través de la fama de otros ilustres caballeros involucrados en aquellos acontecimientos, como reza el título de este tercer apartado de la conferencia.

Y es que del mismo modo que el Conde-Duque se apresura, según todos los indicios, a hacerse retratar ante “su” victoria de 7 de septiembre de 1638, dándonos así la medida real, casi exacta, de lo ocurrido allí, hay otros personajes tan importantes como él que no han querido, precisamente, verse retratados contra tan incomodo fondo.

Detalle que, bien mirado, también nos dice mucho sobre el verdadero lugar de aquellos acontecimientos. Ese en el que, como ya hemos señalado, no acaban de situarle los libros de Historia. Detengámonos en él. 

3. 2. I. La extraña temporada estival de los príncipes de Condé. Lo que sabía  Edouard Ducéré y lo que contaron Louis-Joseph de Borbón, Bossuet y Marc Blancpain.    

Empezaremos este nuevo punto de la conferencia hablando de un relativamente prestigiosos historiador franceses del siglo XIX: Edouard Ducéré. Se trata del autor de una de las más ejemplares Historias del Corso y la Piratería de la Costa Vasca, aún hoy día bien considerada y abundantemente utilizada, que, sin embargo, ha quedado injustamente olvidado en todo lo que tenga que ver con el Gran Asedio hasta hoy día. O al menos así ha sido hasta la tercera conferencia de este ciclo.

Olvido, pues, apenas mitigado y, en efecto, injustificable, ya que entre 1880 y 1892 nos dejó dos considerables trabajos sobre el Gran Asedio que, como digo, todavía apenas han sido explotados para reconstruir ese acontecimiento del que, al menos en esta ciudad, tanto se ha hablado y, esperemos, se seguirá hablando, y, a ser posible, cada vez con mayor fundamento científico.

El primero de ambos trabajos es un artículo verdaderamente incendiario que se publicó, como decía, en 1880 en un Boletín de Estudios Locales. En él, lo primero que hacía el señor Ducéré, era poner en solfa las que nosotros consideramos como principales Historias o relaciones del Gran Asedio. Es decir, la del padre Moret y, más aún, la de Palafox y la que en el siglo XIX escribirá Bernardo O ´Reilly[17].

Ducéré habla de ellas como novelas, sin ningún reparo, y les niega toda categoría de relatos históricos. Así empieza, y fíjense bien, otro capítulo de ese proceso del que les hablaba en el punto 2 de esta conferencia. Ese por el cual la derrota francesa ante Hondarribia -como cualquier otra derrota francesa, o la mayor parte de ellas- apenas ha existido y si lo ha hecho ha tenido lugar sin verdaderas consecuencias de importancia que comprometan la memoria colectiva de ese país.

Como muestra de esos argumentos contenidos en ese trabajo baste con decir que por medio de indagaciones en la correspondencia del arzobispo de Burdeos -esa que Kote Guevara ha manejado tan hábilmente, como ya se ha dicho- y documentos del Archivo Municipal de Bayona, Ducéré creía demostrado que esa derrota tan vergonzosa -son sus propias palabras- sufrida por los franceses ante los muros de Hondarribia durante el verano de 1638, no se debió tanto al valor militar de los defensores de la plaza sino a las discusiones entre los altos oficiales que guiaban a las tropas sitiadoras.

Así, en contra de lo que sabemos por otras fuentes, consideraba Edouard Ducéré que jamás hubo sucesivos asaltos contra diferentes brechas abiertas en las murallas de Hondarribia. Tan sólo da como válida una volada, con relativo éxito, el 15 de agosto que no llegó a atacarse y tomarse porque el duque de La Valette no soportaba al arzobispo de Burdeos y no estaba dispuesto a hacerle ninguna clase de favor. Aunque esa inopinada actitud implicase el desdoro de las armas de Francia y, finalmente, esa es la opinión de Ducéré, porque Enrique II de Borbón, el príncipe de Condé al mando, al menos nominalmente, de las tropas, no fue capaz de poner orden entre ambos…[18]

 Con argumentos como esos se completa, como decía, otro episodio -uno más- en el curioso proceso de nadar y guardar la ropa que la Historiografía escrita al norte del Bidasoa ha impuesto hasta la fecha de hoy: en resumen, aquí no ha ocurrido nada.

Sí, la reputación de algunos caballeros supuestamente fieles súbditos de Luis XIII ha podido salir algo maltrecha del episodio, pero, en conjunto, la mayoría de los protagonistas franceses de aquellos hechos han quedado tan bien retratados en el relato de Ducéré como el Conde-Duque sobre la perspectiva de Arkoll pintada por Velázquez. En ese texto el corolario final reduce todo lo sucedido ante las murallas de Hondarribia en el verano de 1638 a una derrota de la que Francia no puede enorgullecerse pero que, a efectos prácticos, no ha tenido ningún impacto en el desarrollo final de los hechos que conducen a una culminación triunfante y exitosa de la Historia nacional francesa a finales del siglo XIX. El fiasco ante Hondarribia no es nada, desde luego, que pueda compararse con la toma de Breisach. Ese glorioso -el adjetivo no es nuestro- acontecimiento que sí colabora adecuadamente con esa Historiografía que sitúa a Francia entre los países triunfantes, libres de ese proceso de decadencia que corroe a todo lo que está al sur de la frontera del Bidasoa…[19]

Ducéré vivía en un afortunado mundo en el que no había ninguna duda a plantearse sobre cómo se escribía la Historia. Para él, tal y como lo vemos reflejado en las páginas de su trabajo, bastaba con acumular documentos y, sin ejercer ninguna crítica sobre ellos, sin apenas analizarlos, tomando al pie de la letra lo que decían -visto además con los ojos de su época, los de un francés de clase media-alta del año 1880-, utilizarlos como base para su descripción de los hechos del verano de 1638 que, naturalmente, habida cuenta de esos métodos de investigación y redacción, no podía sino diferir diametralmente de lo que nos cuentan otras fuentes como el libro de Palafox.

Esa clase de error es perfectamente comprensible en el caso de Edouard Ducéré. Era, al fin y al cabo, un hombre de su época. Una anterior a la gran revolución de la Historia protagonizada por la siguiente generación francesa. Por hombres como Lucien Febvre o Marc Bloch, que exigieron al historiador no permanecer pasivo frente al documento, tal y como lo hicieron los de la generación de Ducéré, ordenándole, por el contrario, que, para ejercer el oficio de historiador, interrogase al documento, desconfiase de él y supiera, sobre todo, leer entre las líneas de las fuentes que utilizaba, teniendo siempre presente que el documento trataba de reflejar, por lo general, lo que deseaban que se reflejase en él los hombres que detentaban el poder en la época en la que se escribió[20].

Cuestión ésta sobre la que nada tenía que decir Edouard Ducéré. A él, como a la mayoría de los historiadores decimonónicos, le bastaba con haber salvado la reputación de la mayor parte de las grandes figuras francesas alineadas ante las murallas de Hondarribia en el verano de 1638. No le quedaba más remedio que sacrificar la insalvable actuación de Enrique II de Borbón y contra él cargará. Pero peor, mucho peor, sin duda -debió pensar nuestro decimonónico colega-, hubiera sido tener que sacrificar la del hijo, aquel Gran Condé al que la Historiografía francesa había venido glorificando prácticamente sin interrupción desde el año 1643…

Un proceso evidente, el de esta glorificación, en las “Memoires pour servir a l´histoire de la Maison de Condé” escritas por Louis-Joseph de Bourbon, príncipe de Condé, a título póstumo, ya que la obra es publicada en el año 1820. Justo dos después de su muerte.

En ellas, sin ningún pudor, el descendiente del Gran Condé, de Luis II de Borbón, inicia el primer tomo de la obra, en principio dedicada a toda la familia, a aquel que resulta ser el más famoso de todos ellos. El que será conocido como Gran Condé y elevado a la categoría de héroe público de la Francia de Luis XIII y de la de su heredero, Luis XIV, gracias a la victoria de Rocroi.

En efecto, Louis-Joseph de Borbón tendrá la precaución de retirar de esa biografía todos los aspectos espinosos de la historia familiar y también de la personal de su gran ancestro. Así no hay en el libro referencia visible al fiasco de Enrique II ante Hondarribia y, por si acaso, se mantiene que el historial militar de Luis II se iniciaba no en la primavera de 1638 -como así fue-, sino en 1640. Dos años después, cuando, como nos dice el mismo Louis-Joseph de Borbón, el gran mito militar de la Francia de esa época -y, de rechazo, de la de épocas posteriores- se presenta oportunamente voluntario en el sitio de Arras. Una afirmación que Louis-Joseph de Borbón hará ignorando, parece ser que deliberadamente, incluso documentos del archivo de su propia familia, como veremos enseguida. Así las cosas este autor, con pretensiones de historiador, se quedará sólo a un paso por detrás de Bossuet, buen amigo de Luis II que, en la oración fúnebre que recitará en sufragio de su alma en 10 de marzo de 1687, no recordaba prácticamente nada anterior a la victoria de Rocroi[21].

Esta clase de versión de los hechos militares del Gran Condé, establecida por Louis-Joseph de Borbón, y abonada por omisión -y falta de investigación- por parte de historiadores tardodecimonónicos como Edouard Ducéré, ha llegado hasta nuestros días en libros publicados incluso más de una década después de que Jacques Le Goff recordase a todos los historiadores -compatriotas suyos o no- lo  engañosos que podían resultar análisis de documentación como el perpetrado por Edouard Ducéré o lo poco que podíamos fiarnos de “Memorias” como la cocinada por Louis-Joseph de Borbón.

Algo de lo que es buena prueba la biografía de Marc Blancpain sobre Luis II de Borbón publicada en el año 1986, en la que no hay referencias a la batalla de Hondarribia y, una vez más, como en el relato de 1820, la hoja de servicios de Luis II de Borbón, -¿quizás por si acaso?- comenzaba en 1640, durante el sitio de Arras[22].


[1] Véase Florentino PORTU: Hondarribia: notas históricas y curiosidades. Hondarribiko Udala. Hondarribia, 1989, pp. 357-376.

[2] Archivo Municipal de Hondarribia (desde aquí AMH)  A 1, 35, folio 25 vuelto.

[3] AMH  A 1, 35, folio 25 vuelto.

[4] Véase Fermín, OLASKOAGA-Luis Mari ELOSEGUI-José Ramón GEBARA-Koldo ORTEGA: Hondarribiko baserriak. Hondarribiko Udala. Hondarribia, 2003.

[5] AMH  A 1, 35, folios  25 recto-25 vuelto. Puede compararse toda esta destrucción sistemática con la que tiene lugar durante la ocupación de 1719, propia de una sociedad horrorizada precisamente por los excesos que se dan durante los enfrentamientos de aquella larga guerra de treinta años. Véase Juan Carlos MORA AFÁN-Larraitz ARRETXEA SANZ-Carlos RILOVA JERICÓ: Gerra ilustratua Hondarribian. Hiriaren setioa 1719an-La guerra ilustrada en Hondarribia. El asedio de la plaza en 1719. Hondarribiko Udala. Hondarribia, 2005.  

[6] AMH  A  1, 35, folios 25 recto-25 vuelto.  Sobre el significado del termino “deshollar” en la época véase Sebastián de COVARRUBIAS OROZCO: Tesoro de la Lengua castellana o española. Castalia. Madrid, 1995, p. 417. Aproximadamente el mismo que se le da hoy día, el de despellejar a algo o alguien como sinónimo de haberlo destruido cruelmente. Con respecto al significado de “infestar”, véase VV. AA.: Diccionario de Autoridades. Gredos. Madrid, 1990. Tomo II, tomo cuarto, p. 264.

[7] AMH  A  1, 35, folios 20 recto-22 vuelto.

[8] AMH  A 1, 35, folios 22 vuelto-23 recto.

[9] AMH  A 1, 35, folios 23 recto-23 vuelto.

[10] AMH  A  1, 35, folio 11 recto.

[11] Sobre esta cuestión resulta imprescindible cierto trabajo de Tom Burns Marañón, nieto precisamente, del doctor Marañón al que aludiremos páginas más adelante. Véase Tom BURNS MARAÑÓN: Hispanomania. Plaza y Janes. Barcelona, 2000. En ese libro, que prácticamente ha pasado desapercibido durante 8 años entre la “intelligentsia” española, se expone que España es el único país en el que sus propios intelectuales aceptan que los de otros países les dicten cuál debe de ser su visión de su propia Historia. Fundamentalmente una en la que todo se explica por medio de un proceso de decadencia continúa e inveterada. Un concepto éste, el de la decadencia como eje para interpretar una determinada Historia, nacional o no, que en absoluto es ingenuo, estando conectado con determinadas formas de pensamiento político por lo general afectas a ideas totalitarias. Sobre eso los que resultan imprescindibles son un par de estudios del profesor Jacques Le Goff. Véase Jacques LE GOFF: Pensar la Historia. Modernidad, presente, progreso. Paidós. Barcelona, 1991, pp. 213-231 y Jacques LE GOFF: El orden de la memoria. El tiempo como imaginario. Paidós. Barcelona, 1991, pp. 87-127.  Dos libros sobre los que volveremos a lo largo de las páginas que quedan, pues gran parte del resto de sus contenidos resulta imprescindible para realizar un correcto análisis de mucha de la información histórica que manejaremos a partir de aquí.

[12] Afortunadamente el primer centenario de esa guerra dio lugar a algunos estudios de Historia responsables que documentaron con exactitud aquellos hechos. Véase, por ejemplo, Agustín R. RODRÍGUEZ GONZÁLEZ: La guerra del 98. Las campañas de Cuba, Puerto Rico y Filipinas. Agualarga. Madrid, 1998, que se ocupa largo y tendido de ese apresurado reembarque de tropas norteamericanas, incapaces de ocupar Puerto Rico.

[13] Sobre esto véase Fernando GÓMEZ DEL VAL: “La rebelión de los ‘boxers’”, Historia y Vida, nº 243, junio 1988, pp. 24-36.

[14] Véase Geoffrey PARKER: La Guerra de los Treinta Años. Crítica. Barcelona, 1988.

[15] Aspecto del que ya se ha ocupado, y con notable tino, el profesor Díaz Nocí. Véase Javier DÍAZ NOCÍ: “Las relaciones sobre el sitio de Fuenterrabía (1638-1639): la construcción de un acontecimiento en la España de los Austrias”. Euskonews & Media, nº 149 (revista online).

[16] Sobre esto véase Gregorio MARAÑÓN: El Conde-Duque de Olivares. La pasión de mandar. Espasa-Calpe. Madrid, 1992, pp. 89-91. Como se puede apreciar en esa parte del libro, y en el resto, el doctor Marañón es otro acabado ejemplo de esa visión decadentista de la Historia al sur de los Pirineos. En su favor se puede decir que muestra también en esta obra mejor criterio que muchos historiadores profesionales, cosa que él no era. Como puede deducirse de sus palabras en la página 382 de ese mismo libro sobre el modo en el que se hubiera tratado a Richelieu de haber sido él el que hubiera sucumbido víctima de un destino similar al del Conde-Duque. Unas que, en cierto modo, ya prefiguran las más contundentes, y sensatas, aunque solitarias, observaciones de su nieto Tom Burns Marañón acerca del modo enfermizo en el que se escribe la Historia sobre lo que ocurre al sur de la línea los Pirineos, a las que me he referido ya en la nota 11 de este mismo texto. 

[17] Véase Edouard DUCÉRÉ: “Recherches historiques sur la siège de Fontarabie en 1638″. Extrait du Bulletin de la Société des Sciences et Arts de Bayonne (1880), pp. 42 y 70.

[18] Véase DUCÉRÉ: “Recherches historiques sur la siège de Fontarabie en 1638″, pp. 64-70.

[19] Esa perspectiva ha hecho, en efecto, fortuna. Como muestra basta con constatar cierta referencia en un artículo de Orest Ranum, uno de los autores más visiblemente alineado con la Historiografía europea de vanguardia. Véase Fanny COWSANDEY(ed.): “The Ranums´ Panat Times. Dire et vivre l´Ordre Social en France sous l´Ancien Régime”, http://www.ranumspanat.com/dire_vivre.htm, pp. 9-10.

[20] Véase Lucien FEBVRE: Combates por la Historia. Ariel. Barcelona, 1982, donde se recoge lo sustancial de su producción acerca den estas cuestiones, y Marc BLOCH: Introducción a la Historia. Fondo de Cultura Económica. Madrid, 1992. Más detalles a ese respecto, y una reflexión sobre la revolución planteada por Febvre y Bloch, pueden encontrarse en LE GOFF: El orden de la memoria. El tiempo como imaginario, pp. 230-239.

[21] Louis-Joseph DE BOURBON: Mémoires pour servir a l´histoire de la Maison de Condé. Paris, 1820, p. 12, tomo I. Éste y los restantes textos decimonónicos en francés que se citarán a lo largo de estas notas, a excepción de los de Edouard Ducéré pueden consultarse a través del enlace “Gallica” dispuesto en internet por l Biblioteca Nacional Francesa

También puede consultarse allí  el texto de Bossuet , Jaques-Benigne BOSSUET: Oraison funèbre de très haut et très puissant prince Louis de Bourbon, prince de Condé, premier du sang: prononcée dans l´eglise de Nostre-Dame de Paris le 10e jour de mars 1687 / par messire Jacques-Bénigne Bossuet. 

[22] Marc BLANCPAIN: Monsieur le Prince. La vie illustre de Louis de Condé herós et cousin du grand roi. Hachette. Paris, 1986, pp. 59 y 65.

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