El Gran Asedio. Unas consecuencias de larga duración (II)
3. 2. II. La extraña temporada estival de los príncipes de Condé. Lo que sabía el duque de Aumale y lo que nos contó Bernard Pujo.
Ese cómodo relato de los hechos de 1638 admite variantes pero, como vamos a comprobar, el resultado es siempre el mismo. Como en el caso de la reputación del Conde-Duque de Olivares, los franceses han blindado lo sustancial de su relato del Gran Asedio de 1638 para que el daño sufrido en aquella batalla desarrollada ante los muros de Hondarribia ahora hace 370 fuera minimizado de acuerdo a los parámetros historiográficos de los que ya he hablado en el punto 2 de este trabajo. Esos por los que los perdedores siempre, de manera obligada, deben situarse al sur de la línea del Bidasoa.
En efecto no faltan quienes nos ofrecen detalles diferentes sobre esa extraña temporada estival de los príncipes de Condé. Unos que, naturalmente, en aras de conocer mejor los hechos del Gran Asedio de 1638, no podemos pasar por alto.
El primero de ambos es, como el autor de las “Memoires pour servir a l´histoire de la Maison de Condé”, otro descendiente de Enrique II de Borbón y de su hijo Luis II: el duque de Aumale.
Entre otras cosas este caballero tomará sobre sus espaldas, o, mejor dicho, sobre las de su secretario, la tarea de organizar el laberíntico archivo de la familia que, de hecho, a fecha de 2003, aún seguía esperando un arreglo definitivo.
El primer fruto de esas averiguaciones en torno al patrimonio documental de la familia es una monolítica Historia de los príncipes de la Casa de Condé durante los siglos XVI y XVII. Una que, por supuesto, incluye la de Enrique II y la de Luis II[1].
¿Qué podemos leer en las páginas dedicadas a los dos príncipes implicados en los hechos ocurridos ante Hondarribia en el verano de 1638 en esa vasta obra de erudición del duque de Aumale, prácticamente contemporánea de la de Edouard Ducéré?. Para empezar alguna que otra novedad con respecto a lo que ya sabemos a través de Louis-Joseph de Borbón o de Marc Blancpain.
Así, por lo que respecta a la vida de Luis II de Borbón, se nos dice que durante la primavera del año 1638 ha sido destinado por el propio Luis XIII a sustituir a su padre en la frontera de Borgoña. Teóricamente no se moverá de allí después de sufrir su bautismo de fuego frente a varios batallones de Caballería enemiga que han tratado de romper el frente en esa zona.
Las cosas dejan de estar claras desde ese punto para aquellos que, a partir del libro del duque de Aumale, pretendan reconstruir la temporada estival del Gran Condé en el año 1638.
Aumale, en efecto, sólo tiene a bien citar cartas muy dispersas fechadas por Luis II en la capital borgoñona, Dijon. Así no hay datos sobre lo que ocurre entre 6 de mayo de ese año, cuando el Gran Condé entrega el mando de sus tropas en manos del señor de Longueville y el 5 de julio de 1638, fecha en la que Luis escribe a su padre informándole sobre el estado de ciertas fortificaciones de Dijon que, al menos teóricamente, deberían estar entonces bajo la supervisión de su pariente, el señor de Longueville. Aumale menciona otra carta fechada también por Luis II en Dijon el 8 de agosto de 1638 en la que se duele de la reprimenda que el señor de Longueville le ha propinado por el absentismo de los oficiales que deberían mandar las tropas de Caballería que tiene bajo su mando y, finalmente, una de 17 de agosto. Lo que ocurre entre esas cartas es, para el duque de Aumale, silencio. Uno que como historiador anterior a la profesionalización de la Historia se niega a investigar o, siquiera, a esclarecer[2].
El duque no hace referencia a otra que si será mencionada más de un siglo después por otro de los biógrafos del Gran Condé y que nos resulta de gran ayuda para reconstruir el modo en el que se han tratado los acontecimientos del Gran Asedio desde el punto de vista de los historiadores franceses durante, al menos los últimos cien años.
El autor en cuestión es Bernard Pujo y recoge en su obra, en efecto, una carta de principios de septiembre de 1638 en la que el Gran Condé cuenta a su padre cómo fue la ceremonia de su recepción en la Corte con motivo del nacimiento del heredero de Luis XIII y en la que también deplora la derrota sufrida por Enrique II ante los muros de Hondarribia. Única mención, por cierto, a aquel desagradable incidente en esta nueva biografía del Gran Condé publicada en el año 1995 y un recatado relato de ese hecho, sin duda[3].
Casi tanto como que el que hace el duque de Aumale a finales del siglo XIX, que también resulta pudorosamente discreto para una Historiografía exigente, que desea conocer con detalle el modo en el que sus ancestros son derrotados ante los muros de Hondarribia en una acción que nada tiene que ver con la gloriosa -el adjetivo es de Aumale- toma de Breisach a la que, cómo no, alude en el momento oportuno este autor. Eso, lo ocurrido ante Hondarribia en el verano de 1638, es relatado por el duque en apenas cuatro páginas de un tomo de varios centenares. Y lo que es aún más notable, lo hace sin aludir en ningún momento a las fuentes documentales -es de imaginar que las del propio archivo familiar- de las que extrae los datos a partir de los que constata que su antepasado, al menos uno de ellos, Enrique II, había hecho un más que airado papel ante las murallas de Hondarribia entre el 1 de julio y el 7 de septiembre de 1638…[4]
4. La hora de las conclusiones y de las penúltimas consecuencias del Gran Asedio.
Bien, como acabamos de ver, con esos elementos es como se consolida el proceso historiográfico a través del cual la resistencia presentada por Hondarribia durante 69 días ha quedado, como muchos otros hechos que mencionaba en el apartado 2 de este trabajo, minimizada y olvidada.
Durante cien años el relato sobre este hecho en la Historiografía francesa prácticamente no ha cambiado: ha sido ignorado o, cuando menos, reducido a su mínima expresión y, por lo tanto, vaciado de todo contenido en textos en los que, puesto que estaban relacionados con la familia Condé, se supone deberían haber tratado de la cuestión con cierta amplitud. Eso en el mejor de los casos.
En el peor, cuyo representante más conspicuo es Edouard Ducéré, esa minimización ha ido asociada a una demolición, verdaderamente sistemática, de todas las fuentes no francesas que han descrito el acontecimiento de acuerdo a unos parámetros que los historiadores franceses no han podido tolerar ni en la década de 1880 ni asumir, o cuando menos revisar, cien años después. Una vez llevada a cabo la profesionalización de esta rama de la Ciencia en la que, eso es innegable, Francia ha constituido la vanguardia desde comienzos del siglo XX.
¿Debemos aceptar ese duro sino, en el que el Gran Asedio de Hondarribia debe, necesariamente, carecer de relevancia como batalla de la Guerra de los Treinta Años, para que, según parece, la victoria de Rocroi no quede eclipsada con las fatales consecuencias que eso aparejaría para una Historia que ha hecho girar casi todo su siglo XVII -su “Gran Siglo”- en torno a ese acontecimiento y, por ende, en torno a una reputación militar sin tacha de Luis II de Borbón?.
Ya se imaginarán que voy a responder que no. Pues sí. Como historiador no puedo dar por buena esa versión de los hechos que se nos está endosando desde 1880 -sin réplica- desde el norte del Bidasoa. Lo que se dirá a continuación será, pues, tan sólo una crítica sistemática de los datos de los que disponemos para tratar de situar los acontecimientos del verano de 1638 en el punto del que los descolgaron, sin verdadero fundamento, entre otros, Edouard Ducéré. No se tratará, por supuesto, de un ejercicio de chauvinismo a la inversa. No podría ser así puesto que, como ya lo hemos hecho, vamos a seguir abordando esa tarea desde una Metodología que lo debe todo a historiadores franceses como Lucien Febvre, Marc Bloch o, más recientemente, Jacques Le Goff. Un punto que, aunque parezca superfluo mencionarlo, desearía quedase claro antes de pasar adelante con esta cuestión.
Hecha esta puntualización, volvamos sobre las fuentes de las que disponemos y tratemos de esclarecer la magnitud de aquel Gran Asedio y también la de la implicación en él, de un modo u otro, de algunos miembros de la familia Condé. Algo nada sencillo -o mucho menos de lo que han querido representar obras como la de Ducéré o Pujo, por sólo citar dos ejemplos- si tenemos en cuenta las curiosas contradicciones en las que incurren esos textos cuando son comparados unos con otros.
4. 1. La doble personalidad de Enrique II de Borbón
Podríamos empezar esa ardua tarea considerando lo que los documentos usados por Ducéré, y los generados a este lado de la frontera, nos dicen sobre la personalidad de Enrique II de Borbón, el que, al menos nominalmente, fue el comandante en jefe de las tropas sitiadoras de Hondarribia en el verano de 1638.
Observemos como nos lo describe la “Relación diaria” sobre el asedio de la que, en buena medida, bebieron todos los autores en lengua española que escribieron sobre aquellos hechos.
La primera referencia llamativa a ese respecto tiene lugar el 8 de agosto de 1638. En esa fecha, según el autor de esa “Relación diaria” del Gran Asedio, son hechos prisioneros varios defensores de la plaza que han salido de ella para atacar las posiciones avanzadas de los franceses. Estos soldados de poca fortuna serán interrogados, nos dice el autor de esta “Relación diaria”, por el mismo príncipe de Condé. La respuesta que le da uno de ellos -perteneciente a los tercios irlandeses- acerca del número de los defensores que aún tenía la plaza, encolerizará al personaje que, siempre según el autor de la “Relación diaria”, “de rabia, el mesmo le sacudio con el Baston” [5].
La siguiente referencia a esta iracunda disposición de ánimo en el príncipe Enrique II de Borbón data del 20 de agosto. Ese día, según el autor de la “Relación diaria”, se vuela una de las minas que se están ensayando sobre las murallas. En los instantes previos al estallido de ese ingenio, el príncipe sale a ver el acontecimiento acompañado de otro oficial que la “Relación diaria” califica de “gran privado” suyo. En ese momento el príncipe Enrique II muestra otra vez unas maneras y una personalidad muy llamativas. Dice el autor de la “Relación” que el príncipe echa a caminar poniendo la mano sobre el hombro de ese privado, de ese gran amigo suyo, y alza la espada desnuda. Así de animadamente, viendo, quizás, la plaza ya doblegada, llegan los dos hasta el punto que la “Relación” llama “la roca”. Es entonces cuando una bala de cañón disparada desde Santa Barbara, parte por la mitad al hombre sobre el que se apoyaba Condé y este escalofriante suceso hará montar, otra vez, en cólera al príncipe. El resultado de ese nuevo acceso de mal humor de Enrique II recae, también otra vez, sobre uno los prisioneros tomados a los defensores de Hondarribia al que el príncipe dirá “que no avia de dexar en este lugar a ninguno a vida”, jurándolo sobre una cruz que había dibujado en el suelo con la punta de la espada…[6]
Bien, se preguntarán, ¿y qué pasa con esas dos descripciones de un Enrique II de Borbón dotado de tan mal pronto y de un también evidente sanguinario carácter?. Pues pasa mucho si comparamos ese relato de la “Relación diaria” con otras fuentes generadas por los protagonistas del Gran Asedio.
En efecto, en ellas ese retrato de un príncipe de Condé atlético y de reacciones rápidas y contundentes parece evaporarse prácticamente del todo.
Comencemos, por ejemplo, por los terribles cotilleos de uno de los primeros fundadores de la que hoy llamaríamos “prensa del corazón”, Gédeón Tallemant des Réaux, nacido en 1619 y muerto en 1692. Un hombre sin duda con buenos apoyos, ya que de otro modo no se comprende como, a lo largo de una obra en 6 volúmenes, se pudo permitir insultar tanto y a tantos miembros de la más alta nobleza francesa que no se distinguían, precisamente, por su campechanía frente a esa clase de cosas[7].
Enrique II de Borbón, y también su mujer, no escaparán a esa acerada pluma. Sobre ambos hablará largo y tendido Gédeón Tallemant en dos diferentes volúmenes de su implacable obra. Acerca del príncipe, padre del futuro Gran Condé, dirá, entre otras muchas cosas nada gratas, una que nos interesa especialmente a la hora de establecer nuestra crítica de los documentos con los que contamos para reconstruir los hechos del Gran Asedio. Dice Tallemant, citando las palabras de Enrique II de Borbón en una nota a pie de página de su libro, que era un hombre verdaderamente pusilánime. Así el propio príncipe habría reconocido que: “Es cierto, soy cobarde; pero ese b… de Vêndome lo es aún más que yo”[8].
Si acudimos a fuentes incluso firmadas por propia mano de Enrique de Borbón, no traídas a colación por un “paparazzi” como Tallemant des Réaux, el cuadro que nos pintan no se aleja, sin embargo, demasiado de esa aplastante confesión de cobardía hecha de “motu proprio”, según parece, por el mismo príncipe.
En efecto, volvamos a otra obra de Edouard Ducéré sobre el Gran Asedio en la que este historiador continúa abonando la versión opuesta a la que emana de obras como la de don Juan de Palafox. La desarrollada en su artículo del año 1880 que hemos citado ya en varias ocasiones a lo largo de esta conferencia. En este otro trabajo, que data de 1892, aparte de esa contundente opinión sobre el Gran Asedio que ya conocemos, Edouard Ducéré recoge diversa documentación relacionada con esos hechos en las que el propio Enrique II de Borbón se describe como un hombre con muy pocos arrestos. Bien por debilidad de carácter, bien a causa de su grave enfermedad de piedra en la uretra.
Así, a pocos días de haberse iniciado las operaciones ante Hondarribia, Enrique reconoce a Luis XIII en una carta fechada en 7 de julio de 1638 que se encuentra en San Juan de Luz, imposibilitado de acudir a dirigir el sitio por culpa de lo que llama “Une misérable gravelle” -es decir, un ataque de sus piedras en la uretra- que lo ha sofocado durante un día entero. Sólo puede prometer a su rey que se reincorporará al servicio cuando esos dolores, que califica de extremos, se lo permitan[9].
El resto de documentos salidos de mano del propio Enrique de Borbón que Ducéré transcribe en ese volumen, no hacen un retrato más amable sobre las condiciones físicas o el valor del príncipe, que, como vemos, distan mucho, unas y otro, de lo que describe las páginas de la “Relación diaria” sobre el Gran Asedio a las que acabo de hacer referencia.
Así, otro documento espigado por Ducéré que sigue a esa carta de 7 de julio de 1638, también firmado por el que todavía es nominalmente el príncipe de Condé, y fechado pocos días después de la derrota del 7 de septiembre de 1638, muestra a un hombre dado a las intrigas, poco partidario de los enfrentamientos a cara descubierta y, en fin, cobarde hasta el extremo de enviar ese pliego de descargo no a quien verdaderamente correspondía -al propio cardenal de Richelieu al que, según Ducéré, teme demasiado- sino a François de Noyers, barón de Dangu, que ejercía como secretario de Estado de Luis XIII para los asuntos relacionados con la guerra. Sólo ante él se atreve Enrique II de Borbón a descargarse de toda responsabilidad, trasladándola a cualquier otro -salvo a él o, por supuesto, a cualquier miembro de su familia-, asegurando al señor de Dangu que todos le han abandonado durante el Gran Asedio, esperando así, como insinúa Ducéré, que la noticia llegue suavizada al temible valido de Luis XIII[10].
De hecho parece ser, según los documentos que Ducéré copia de los Archivos Nacionales franceses, que el príncipe sólo recupera algo de valor, aunque no demasiado, casi un mes después de la derrota ante Hondarribia. Al menos la carta que, al fin, se atreve a enviar a Richelieu data de 3 de octubre de 1638[11].
Necesitará otro mes para decidir finalmente echar las culpas de todo lo ocurrido no a un grupo de personas indeterminado sino a una concreta: el duque de La Valette. Momento que aprovecha, una vez más, para dar testimonio de esa cobardía -o, por lo menos, falta de ánimo- en la que Gédeón de Tallemant se regodeaba en sus “Historiettes”.
En efecto, en esa carta fechada en Burdeos el 2 de noviembre de 1638, Enrique II de Borbón dibujaba auténticos horrores sobre las faltas del duque de La Valette durante el Gran Asedio y afirmaba que él, Enrique de Borbón, segundo príncipe de Condé de ese nombre, trató de evitar el pánico de sus tropas en la mañana de 7 de septiembre de 1638, hasta el punto de tener al enemigo tan cerca de él como a tiro de pistola -una distancia respetable por otra parte- aunque finalmente fue incapaz de conseguir nada. Una vez más porque le abandonan todos cuantos deben asistirle, incluido, por supuesto, el duque de La Valette. En esa carta, en contra de lo que solía ser habitual en esos casos, el propio príncipe reconoce, de modo implícito, que fue incapaz de disciplinar a sus hombres, disparando sobre alguno de los que huía o, al menos, golpeándole con el plano de la espada. Una práctica brutalmente normal entre los oficiales de la época que, sin embargo, Enrique II de Borbón parece haber sido incapaz de aplicar. Ni siquiera en esos momentos, en los que sólo una actitud decidida como esa podía haber contenido a las tropas que huían[12].
Consideradas unas y otras fuentes a este respecto -la contradictoria descripción del príncipe de Condé- cabe plantear algunas preguntas más a añadir a todas las que ya llevamos planteadas.
¿Podríamos decir que es la misma persona el hombre descrito por la “Relación diaria”, ese caballero feroz, atlético y decidido, y el cobarde y avejentado enfermo de piedras en la uretra que aparece no sólo en las “Historiettes” de Tallemant sino en su propia correspondencia, en la firmada de puño y letra por Enrique II de Borbón, recogida por Edouard Ducéré?.
¿A cuál de esas dos fuentes podemos dar crédito?. ¿Debemos dar por nula la “Relación verdadera”?. ¿O, por el contrario, debemos considerar que mienten las cartas de Enrique II de Borbón en las que se retrata a sí mismo con tanta precisión?.
Estas, como las restantes preguntas que ya llevamos planteadas en los apartados anteriores de esta conferencia, requieren un ulterior análisis. Más detallado, más calmado, a mayor profundidad, que nos esclarezca quién era ese hombre que a principios y mediados de agosto parecía capaz de asaltar casi el sólo las castigadas murallas de Hondarribia, especie de nuevo Héctor que, sin embargo, se desinfla en su propia correspondencia -incluso en los mejores momentos del Gran Asedio- y se muestra como un cobarde inmediatamente después de que sus tropas hayan sucumbido ante la plaza.
Quizás la respuesta a esa ardua cuestión, la de la doble y contradictoria personalidad de Enrique II de Borbón dependiendo de la fuente que leamos, se encuentre después de esclarecer la controvertida, a veces escurridiza, presencia en otros documentos de esa misma fecha de su hijo, Luis II de Borbón en aquel agitado verano de 1638. El mismo que con el tiempo se convertirá en el general más famoso de Luis XIII y, algo menos, de su hijo y heredero, Luis XIV.
4. 2. I. ¿ A qué distancia estuvo el Gran Condé de las murallas de Hondarribia?. La Historia invita a merendar a la teoría de la conspiración
Ya hemos señalado antes, en este mismo trabajo, la importancia que puede tener a la hora de saber qué ocurrió exactamente ante las murallas de Hondarribia en 1638 el determinar a qué distancia de ellas se encontró, exactamente, el que con el tiempo sería considerado el gran héroe de la Francia del siglo XVII y, por tanto, eje, en buena medida, de una forma de escribir la Historia de ese país que ha sobrevivido hasta hoy día y en la que, parece ser, la batalla de Hondarribia debe ser minimizada en proporción inversa a la exaltación de que goza la reputación de este joven caballero y su gran victoria de Rocroi. Ahora, poco antes de terminar esta conferencia, ha llegado el momento de preguntarnos, en efecto, ¿a qué distancia, exactamente, se encontraba Luis II de Borbón, el Gran Condé, de los muros de Hondarribia en el verano de 1638?.
En este caso, como ocurre con los testimonios que han quedado de los hechos de su padre durante aquel verano de 1638, los documentos, de una y otra parte, en los que podríamos encontrar la respuesta a esa pregunta, muestran extrañas incoherencias.
Consideremos el contenido de la página 90 del “Sitio y socorro de Fuenterrabía”. En ella se nos dice que la vanguardia del ejército que va a cruzar el 1 de julio el Bidasoa había sido reforzada, desde finales del mes de junio, por varias compañías del “hijo del Príncipe de Condé” concentradas en la fecha en Hendaya[13].
Una afirmación bastante clara. Casi rotunda. Hemos visto, sin embargo, en los apartados 3. 2. I y 3. 2. II de este trabajo cómo toda la Historiografía de la que disponemos sobre su figura, la de Luis II de Borbón, ha procurado apartarlo, cuanto ha sido posible, de los muros de Hondarribia ante los que, parece ser, lo devuelve esa relación sobre el Gran Asedio.
Así las cosas, ¿a quién deberíamos creer?. ¿Al “Sitio y socorro de Fuenterrabía”?, que parece dar por buena la presencia del Gran Condé en la vanguardia del ejército que marcha sobre el Bidasoa?. ¿O deberemos creer a Louis-Joseph de Borbón, a su descendiente el duque de Aumale o, ya más cerca de nosotros, a Marc Blancpain y Bernard Pujo?. Es decir, a aquellos autores que, como hemos visto ya en puntos anteriores de este trabajo, darían por descontada -apoyándose mutuamente- la ausencia ante esas murallas del que será el gran héroe de la Francia del siglo XVII, el principal fautor de la derrota de Rocroi sobre la que se cimenta esa Historiografía europea y, por supuesto, española, que ordena afirmar que todo lo que ocurre al sur de los Pirineos es, y sólo puede ser, la Historia de una prolongada decadencia en la que una victoria como la del 7 de septiembre de 1638 no pinta nada.
Para responder a esas nuevas preguntas, o, al menos, para intentar dar algo que se parezca a una respuesta, debemos adentrarnos en un terreno verdaderamente resbaladizo para los historiadores: el de las falsificaciones documentales. Sin embargo no nos queda más remedio, ya que hay cabos que no concuerdan en las cartas que citan, sobre todo, el duque de Aumale y Bernard Pujo en sus respectivas investigaciones sobre la figura del Gran Condé.
Ya hemos visto que el primero de esos dos historiadores, el duque de Aumale, no se para en barras a la hora de retocar, al menos ligeramente, la documentación a su disposición. Así lo hace cuando le toca describir el fiasco cuya entera responsabilidad, oficialmente, recaía sobre Enrique II de Borbón. No duda en esos momentos en ocultar, sistemáticamente, toda referencia a los documentos de los que extrae esa información y que, es de imaginar, incluso por lo que dice en el resto de ese volumen el mismo Aumale, debe ser bastante abundante en los fondos del archivo familiar cuya ordenación y clasificación -no perdamos de vista ese detalle- fue obra del propio Aumale y de sus colaboradores más próximos. Feo gesto con el cual, además, se dificulta bastante la labor de recuperar esos datos y contrastar el modo en el que los plasmó Aumale en su monumental obra. ¿Por qué actuó de ese modo?. ¿Es fiable en algún aspecto un texto que incurre en ese tipo de actitudes, mostrando y ocultando referencias documentales, según parece, a conveniencia del que lo escribe?[14].
Es quizás pronto para dar una respuesta a ambas preguntas. Sin embargo, aunque sea de manera provisional, quisiera que no perdieran de vista, una vez más, que los biógrafos del Gran Condé como Blancpain y, sobre todo, Pujo, no se han molestado en establecer la crítica de esas fuentes. Por el contrario han aceptado como bueno todo lo que ha venido de esa parte, como ya he señalado con anterioridad. Y es que, es el momento de constatarlo, nos falta una Historia del Gran Asedio de Hondarribia establecida a partir de una investigación sistemática, y, por supuesto, desapasionada, del archivo familiar de los príncipes de Condé.
Sin completar esa labor aún pendiente, contando únicamente con los datos con los que contamos a fecha de hoy, todos ellos fundamentalmente fuentes de segunda mano, resulta difícil establecer con certeza a qué distancia se encontraba realmente la persona del Gran Condé de las murallas de Hondarribia.
A ese tenor, y para entrar ya en el terreno que nos llevaría a considerar mucho de lo dicho sobre el Gran Condé producto de una posible falsificación, o, cuando menos, tergiversación de las fuentes utilizadas hasta ahora para reconstruir las idas y venidas de Luis II de Borbón durante el crítico verano de 1638, deberíamos tener en cuenta un pequeño pero importante detalle acerca de lo difícil que resulta establecer dónde se encontraba el futuro Gran Condé en septiembre de ese año.
Según el duque de Aumale la primera referencia fechada sobre ese asunto, la única que él da al menos, sería el 26 de septiembre de ese año. En esa carta Luis recomienda a su padre resignación por la desgracia que sufren en esos momentos -es decir, la derrota ante Hondarribia- y que, en opinión de Luis, Dios les había enviado como si fuera un golpe de su propia mano. Hasta entonces no está nada claro dónde se encuentra el joven príncipe, el futuro Gran Condé[15].
Bernard Pujo, por su parte, da a entender que Luis debía estar ya en París para el día 5 de septiembre, a fin de ser presentado a la Corte en el momento en el que se celebra el nacimiento del heredero de Luis XIII. Aumale, a ese respecto, tan sólo menciona la circunstancia del “Te Deum” que se canta para celebrar ese alumbramiento al que concurre Luis II de Borbón pero, una vez más, no da una referencia exacta a un documento con una fecha concreta que respalde sus afirmaciones[16].
Así las cosas nos resulta muy difícil establecer en qué momento exacto Luis II de Borbón se habría encontrado presente en la corte francesa para formar parte de los fastos en los que se celebra el nacimiento del futuro Luis XIV.
Dejando al margen el nuevo borrado de huellas en el que parece haber incurrido el duque de Aumale, y de cara a sostener que puede existir una versión interesada -y, quizás, falsa- sobre el itinerario de Luis II de Borbón durante el verano y, sobre todo, los primeros días del mes de septiembre de 1638, que lo habría alejado de las murallas de Hondarribia por el mismo expediente por el que el Conde-Duque de Olivares se acercó a ellas, debemos tener en cuenta un hecho bastante curioso: la posibilidad de supervivencia de los recién nacidos en la época, tanto retoños reales como aquel Luis Deodato, que con el tiempo se convertirá en el temible Luis XIV, como, aún con más motivo, el hijo del más pobre de los súbditos de la corona francesa, era, sencillamente, mínima.
En otras palabras, arriesgarse a ir a París a presentarse a la corte para celebrar el nacimiento del heredero era arriesgarse a llegar no a su bautismo sino a su entierro…
De momento dejaremos la cuestión ahí, sin ir más lejos, pero deseando que conste que las cartas manejadas por Aumale o por Pujo para hablar de la exacta posición en el mapa que ocupa el Gran Condé el 7 de septiembre -el día de la derrota de su padre y el de su cumpleaños-, podrían responder a una interesada redacción “a posteriori”, destinada a demostrar que los Condé -representados aquí por Luis II de Borbón- acudieron a aquellos inciertos fastos para celebrar la llegada al mundo del futuro Luis XIV cuando lo más probable es que, como muchos otros invitados a esa fiesta, se hubieran perdido por el camino para evitar llegar en el momento menos oportuno. Caso de que el neonato -como era más que probable- hubiera muerto antes de poder ser exaltado de modo oficial ante toda la nobleza del reino.
De ahí, de toda esa incertidumbre sobre la ceremonia de bautizo del futuro Luis XIV, emergen, cuando menos, sombras de sospecha bastante alargadas sobre las pocas cartas fechadas con las que el duque de Aumale, y tras él todos los demás que han escrito sobre la persona del Gran Condé, darían por buena la versión según la cual Luis II de Borbón jamás tuvo nada que ver con el fiasco de Hondarribia que, por otra parte, todos ellos se han apresurado a arrumbar al curioso rincón de la Historia marcado con el cartel de “Grandes Victorias sin consecuencias visibles”[17].
Si esa les parece una tesis demasiado peregrina, esta posible falsificación de la correspondencia de Luis II de Borbón -y no seré yo quien se lo reproche- les ruego que reconsideren, otra vez, las discrepancias, a veces verdaderamente exageradas, entre lo que dicen las fuentes al sur del Bidasoa y las escritas al norte de esa línea.
A ese respecto preguntémonos, una vez más, si el cobarde y enfermo Enrique II de Borbón dibujado así en su propia correspondencia, citada por el duque de Aumale y Edouard Ducéré, podía ser la misma persona que se describe en las entradas para los días 8 y 20 de agosto de 1638 en la “Relación diaria”, que nos describen a un matón atlético, lleno de energía y vitalidad que lo mismo golpea a prisioneros insolentes que amenaza con arrasar Hondarribia. Y recuerden que dependiendo de la respuesta que den estarían diciendo que una u otra fuente -la correspondencia del Archivo Condé o la “Relación diaria”- sería falsa, en parte o, incluso, puede que en su totalidad[18].
Algo que no tendría nada de extraño, la falsedad de ciertas fuentes, si nos hacemos eco de cierta versión de esos hechos ocurridos en el verano de 1638 consignada por uno de los principales especialistas de la época, Philippe Erlanger.
En efecto, en un artículo dedicado a ese nacimiento de Luis XIV al que se supone asiste Luis II de Borbón, señala este autor que para dar fe del alumbramiento se hallan presentes en Palacio, entre otros personajes que Erlanger no detalla, los príncipes de la sangre, la condesa de Soissons, la duquesa de Vêndome, madame de Sénecé y una persona que, en principio, según la mayor parte de las obras que hemos citado hasta aquí, no debería estar allí, en absoluto. Es decir: el condestable de Montmorency. Así es, si damos por buena la versión de esos hechos escrita por Erlanger, sería Enrique II, el padre de Luis, quien estaría presente en esos momentos, el 5 de septiembre de 1638, no en Hondarribia sino en París ya que él era quien ostentaba en esos momentos el título de duque, o condestable, de Montmorency tras la ejecución en 1632 del último detentador de esa dignidad por conspirar contra Richelieu…[19]
Si aún así, a pesar de detalles tan confusos como esos, les sigue pareciendo, como a mí, demasiado difícil que los secretarios de la familia Condé hayan retocado artísticamente -por así decir- la correspondencia privada de sus amos o, que lo hayan hecho, años más tarde, los descendientes de los propios interesados, les ruego que recuerden cómo don Gaspar Guzmán de Olivares se hizo retratar sobre las laderas de Arkoll, dirigiendo un ejército de socorro prácticamente en primera línea de fuego cuando, en realidad, siempre lo hizo desde detrás de la mesa de su despacho de ministro de Felipe IV…
Una cuestión ésta, la de la reinterpretación de la realidad en el arte barroco que ahora, tal y como les prometí, vamos a tratar antes de dar por cerrada la conferencia.
4. 2. II. ¿ A qué distancia estuvo el Gran Condé de las murallas de Hondarribia?. La Historia echa a patadas a la teoría de la conspiración
Se han llenado centenares de páginas sobre cómo el arte de la época en la que transcurren los días del Gran Asedio moldea la realidad para hacerla encajar en un determinado discurso previamente pactado y aceptado por los principales actores implicados en la cuestión. Para no hacer demasiado larga la lista podríamos citar al profesor Jonathan Brown, un verdadero especialista, sobre todo en la obra de Velázquez. En las páginas escritas por él se pueden encontrar interesantes referencias y explicaciones sobre esta cuestión[20].
Lo que vale para el arte de esa época, para cuadros como ese retrato ecuestre del Conde-Duque, no es sino un aspecto de la compleja mentalidad de la época. Una en la que, insisto una vez más, el papel de lo simbólico tiene tanta importancia como la realidad.
Si nos replanteamos nuestras preguntas acerca de la presencia del Gran Condé ante las murallas de Hondarribia desde esa perspectiva, podemos obtener una respuesta mucho más rotunda que aquella a la que nos ha conducido nuestra especulación sobre las discrepancias entre las distintas fuentes con las que hemos tenido que trabajar, a fecha de hoy, y a falta de un estudio sistemático de la documentación disponible en el Archivo de los príncipes de Condé.
En efecto, desde el punto de vista simbólico, de la “cultura de las apariencias” imperante en esa época, la misma que ha sido descrita por historiadores como Roger Chartier y Daniel Roche, se puede decir con total certeza, de manera categórica, sin lugar a pesadas elucubraciones como las que han llenado el punto anterior de este trabajo, que las tropas del Gran Condé fueron derrotadas ante las murallas de Hondarribia, y, de rechazo, él mismo, el día 7 de septiembre de 1638[21].
Veamos por qué se puede afirmar tal cosa. Hay en ese punto una extraña unanimidad en las fuentes francesas, todas ellas reconocen, de Aumale a Ducéré, que ante las murallas de Hondarribia se encontraba el regimiento de Caballería ligera del duque de Enghien. De hecho, el propio duque de Aumale reconoce que fue uno de los que mejor se comportó durante la ignominiosa desbandada que tiene lugar el día 7 de septiembre de 1638, rompiendo su línea de batalla sólo tras la muerte de 11 de sus oficiales[22].
El mando de esas tropas, y la responsabilidad sobre ellas, correspondía enteramente a Luis II de Borbón. Como lo indicaba el nombre del propio regimiento, Enghien, que hace referencia al título nobiliario que en esos momentos ostenta el futuro Gran Condé, el de duque de Enghien. La derrota que se les infligió, a pesar de que ni Ducéré ni Aumale parecen querer, o poder, darse cuenta -un indicio, por otra parte, muy revelador acerca de sus carencias como historiadores- implicaba, plenamente, para la cultura barroca, que el heredero del príncipe de Condé, el que en pocos años pasará a convertirse en todo un mito de la Francia del Gran Siglo, recibiendo incluso el apelativo de “el héroe”, había sido derrotado ante las murallas de Hondarribia. De un modo aún más total y efectivo del que lo podría haber sido de encontrarse en persona al frente de esas tropas que eran, sin ningún genero de dudas, de su entera responsabilidad durante los 69 días que duró el Gran Asedio.
Si queda alguna duda al respecto, basta con consultar otra de las cartas fechadas y firmadas por Luis II de Borbón que el duque de Aumale no tuvo la prudencia de ocultar. Quizás porque no era consciente de lo reveladora que podía resultar después de ser analizada con instrumentos modernos de crítica historiográfica, enteramente desconocidos para él.
En esa carta, fechada en 30 de abril de 1639, el joven Luis demuestra la importancia simbólica que tenía para él, como titular de ese regimiento de Caballería ligera Enghien, cualquier cosa que les sucediera a esas tropas. Presten atención a las palabras de un hombre -o, si lo prefieren, joven- del Barroco que nos muestra a través de ellas la exagerada importancia que podía tener en el Seiscientos cualquier acto para nosotros meramente simbólico. Caso, por ejemplo, de la derrota de unas tropas designadas con el nombre del interesado Dice el futuro héroe, salvador de la monarquía francesa, en esa carta de 30 de abril de 1639, que no sufriría -es decir que no toleraría- que su regimiento de Enghien marchase por detrás de las tropas del duque de La Valette…[23]
Se trata de unas afirmaciones verdaderamente elocuentes por sí solas: si el regimiento Enghien marchaba al frente de guerra por detrás del del duque de La Valette eso era tanto como poner al duque de Enghien, esto es, a Luis II de Borbón, por detrás de nada menos que el odioso -para los Condé- duque de La Valette, quien, teóricamente al menos, los había conducido a la derrota de 1638…
Así eran las cosas en esa época. Cualquier incidente, por leve que fuera, que le ocurriera a un símbolo de la familia, a su blasón, a sus armas, incluso a sus criados y dependientes… era una ofensa tan real para Enrique II de Borbón o su hijo Luis como si la hubieran sufrido en persona. Palabras como éstas firmadas de puño y letra por el futuro Gran Condé el 30 de abril de 1639, nos dan pues la medida de lo qué supuso, realmente, la presencia del regimiento Enghien ante las murallas de Hondarribia y la derrota que sufrieron -de momento no sabemos si con Luis II a la cabeza o no, hecho, después de todo, irrelevante para la “cultura de las apariencias” de la época- el día 7 de septiembre de 1638.
De lo que no hay duda es de que estos hechos marcaron la política exterior de Francia en una de sus fases de mayor expansión.. Por mucho que le cueste reconocerlo al duque de Aumale y a los que han endosado hasta hoy día sus investigaciones y la curiosa forma que, en ocasiones, tuvo de utilizar la privilegiada documentación de la que disponía.
En efecto, durante el reinado de Luis XIV ni una sola vez, a lo largo de los más de treinta años en los que el temible y belicoso rey sol asusta y amenaza a toda la Cristiandad, entre 1664 y 1700, tratará Francia de abrirse paso, otra vez, hacia Madrid, hacia el corazón de sus principales rivales, los Austrias españoles, a través del camino que cierra la plaza de Hondarribia.
A lo único que se atreverá el nuevo rey francés, hijo de Luis XIII y primo del Gran Condé, será a lanzar vagas amenazas en torno al Bidasoa que, por supuesto, son recibidas con algo más que preocupación por los hondarribiarras, que, una vez más, temen verse en las difíciles circunstancias de aquellos 69 días del verano de 1638 que, sin duda, muchos de los supervivientes aún recordaban. En ningún momento, sin embargo, se le ocurrirá a Luis XIV hacer efectiva esa amenaza más allá de pequeñas escaramuzas y bombardeos más o menos brutales como el de 1684. Así las cosas jamás volverá a estas latitudes un nuevo ejército al mando de su conflictivo primo, Luis II de Borbón, a recuperar el prestigio que esa familia -al fin y al cabo también la de Luis XIV- había arrastrado por el lodo del Bidasoa -simbólicamente o en persona- durante nada menos que veinte años[24].
Es decir, los que van de la derrota del 7 de septiembre de 1638 a la firma de la Paz de los Pirineos en el año 1659, uno de cuyos capítulos exigía a Francia la restitución plena de Luis II de Borbón, el Gran Condé, que, después de derrotar a los tercios españoles en Rocroi, había tenido que refugiarse en España a causa de sus maquinaciones contra la corona francesa durante la llamada Fronda…[25]
Un sólido hecho, sobre el que -insisto- no hay ninguna duda, y que, en definitiva, nos debería llevar a reflexionar sobre cómo se ha descrito -o no se ha hecho en absoluto- el Gran Asedio del año 1638. Una batalla de la Guerra de los Treinta Años que tuvo, como vemos, importantes consecuencias y calado, y a la que una Historiografía, incapaz de deshacerse de determinados lastres del pasado y prejuicios sonrojantes, no ha sabido, todavía, dar el lugar que le correspondería.
De momento ese debería ser el punto de partida a partir desde el cual habría que seguir reconstruyendo los hechos que tuvieron lugar ante las murallas de Hondarribia ahora hace 370 años.
Algo de lo que, como hemos visto durante cerca de cuatro meses de reconstrucción y reflexión, sabemos menos de lo que creíamos y podemos saber más de lo que habíamos imaginado.
[1] Henri D´ORLEANS: Histoire des Princes de Condé pendant les XVI et XVIIe siècles par M. le duc de Aumale. Calmann-Levy. Paris, 1889. 7 tomos. Acerca del estado en el que prácticamente a fecha de hoy se encuentra el archivo de la Casa de Condé, véase el artículo de Maude Sallansonet publicado en el año 2003 en la página web www.archivistes.org.
[2] Véase D´ORLEANS: Histoire des Princes de Condé pendant les XVI et XVIIe siècles par M. le duc de Aumale, tomo III, pp. 306, 349-350, 360, 363 y 364. Sobre la importancia del silencio en la documentación véase LE GOFF: Pensar la historia. Modernidad, presente, progreso, p. 107.
[3] Bernard PUJO: Le Grand Condé. Albin Michel. París, 1995, p. 39.
[4] D´ORLEANS: Histoire des Princes de Condé pendant les XVI et XVIIe siècles par M. le duc de Aumale, tomo III, pp. 353 y 394-399. Respecto a todos esos manejos puede resultar muy esclarecedor Juan L. SÁNCHEZ: “Rocroi, el triunfo de la propaganda”. Researching & Dragona, nº 16, marzo 2002, pp. 4-35 y nº 1, noviembre 2005, pp. 18-43.
[5] Biblioteca Foral de Bizkaia (desde aquí BFB) VR 783 ANÓNIMO: RELACION DIARIA DEL MEMORABLE CERCO, Y FELIZ VITORIA de la muy noble, y muy leal ciudad de FVENTERRABIA, folio 23 recto.
[6] BFB VR 783 ANÓNIMO: RELACION DIARIA DEL MEMORABLE CERCO, Y FELIZ VITORIA de la muy noble, y muy leal ciudad de FVENTERRABIA, folio 27 recto.
[7] Gédeón TALLEMANT DES RÉAUX: Les historiettes de Tallemant des Réaux: mémoires pour servir á l´histoire du XVIIe siècle. A Levavasseur. Paris, 1834-1835. 6 volúmenes. Este texto también puede consultarse a través del enlace “Gallica” de la Biblioteca Nacional Francesa. La existencia de esta valiosa fuente me fue indicada amablemente por José Ramón Guevara. Es difícil determinar si esa “b…” trataba de ocultar púdicamente el término “bougre”. Si es así el príncipe estaba acusando a su rival de lo mismo que, siempre según Tallemant des Réaux, se le acusaba a él con frecuencia.
[8] TALLEMANT DES RÉAUX: Les historiettes de Tallemant des Réaux: mémoires pour servir á l´histoire du XVIIe siècle, p. 180, tomo 2. Esa frase se contiene en la nota 3 de esa página.
[9] Edouard DUCÉRÉ: Invasion de Labourd et siége de Fontarabie (1636-1638). Lettres et documents. Imprimerie de A. Lamaignére. Bayonne, 1892, p. 146. Existe una copia de este texto en la biblioteca Koldo Mitxelena Kulturunea conservada bajo la signatura J. U. 5075.
[10] DUCÉRÉ: Invasion de Labourd et siége de Fontarabie (1636-1638). Lettres et documents, pp. 147-148.
[11] DUCÉRÉ: Invasion de Labourd et siége de Fontarabie (1636-1638). Lettres et documents, p. 150.
[12] DUCÉRÉ: Invasion de Labourd et siége de Fontarabie (1636-1638). Lettres et documents, pp. 161-162.
[13] Juan de PALAFOS Y MENDOZA: Sitio y socorro de Fuenterrabía. Editorial Amigos del Libro Vasco. Bilbao, 1985, p. 90.
[14] Sería verdaderamente llamativo que en la Francia de los bolandistas y otros prosecutores de falsificaciones se hubiese dado esta curiosa trama con sede en los archivos de la familia Condé. Me remito, sobre esta cuestión de las falsificaciones en la Historia, en primer lugar a un autor francés. Véase LE GOFF: El orden de la memoria. El tiempo como imaginario, pp. 234-235. Por lo que se refiere a estudios originales sobre el tema en español el principal punto de partida es, por supuesto, Julio Caro Baroja. Véase Julio CARO BAROJA: Las falsificaciones de la historia (en relación con la de España). Seix-Barral. Barcelona, 1991.
[15] D´ORLEANS: Histoire des Princes de Condé pendant les XVI et XVIIe siècles par M. le duc de Aumale, p. 420.
[16] PUJO: Le Grand Condé, p. 39. D´ORLEANS: Histoire des Princes de Condé pendant les XVI et XVIIe siècles par M. le duc de Aumale, p. 421.
[17] Son las propias palabras del duque de Aumale. Véase D´ORLEANS: Histoire des Princes de Condé pendant les XVI et XVIIe siècles par M. le duc de Aumale, p. 403, tomo III.
[18] Para complicar aún más las cosas a ese respecto, la propia correspondencia que refleja Louis-Joseph de Borbón en esa obra deja la puerta abierta a la posibilidad de una probable sustitución del padre por el hijo en una ocasión anterior. Véase DE BOURBON: Mémoires pour servir a l´histoire de la Maison de Condé, p. 12, tomo I, donde se recoge una extensa carta en la que el entonces duque de Enghien desea estar en el lugar de su padre en el asedio de Dôle, otra derrota de Enrique de Borbón, para mitigar los dolores que ya para entonces padece su padre y poder poner en práctica las ideas de gloria militar que rondan por aquella cabeza sobradamente fogosa.
[19] Véase Philipe ERLANGER: “¿Quién fue el padre de Luis XIV?”. Historia y Vida, nº 58, enero 1973, p. 60. La redacción de Erlanger no es correcta en ese aspecto ya que, al parecer, el título de condestable de Montmorency había sido suprimido en 1626, quedando ese título que Luis II hereda en 1650, reducido, simplemente, al de duque de Montmorency.
[20] Véase, por ejemplo, Jonathan BROWN: Imágenes e ideas en la pintura española del siglo XVII. Alianza. Madrid, 1985.
[21] Véase Daniel ROCHE: La culture des apparences. Fayard. Paris, 1989 y Roger CHARTIER: El mundo como representación. Gedisa. Barcelona, 1992.
[22] Véase D´ORLEANS: Histoire des Princes de Condé pendant les XVI et XVIIe siècles par M. le duc de Aumale, p. 398, tomo III y DUCÉRÉ: “Recherches historiques sur la siège de Fontarabie en 1638″, p. 50. Aumale transforma la grafía de “Enghien” en “Angien”.
[23] D´ORLEANS: Histoire des Princes de Condé pendant les XVI et XVIIe siècles par M. le duc de Aumale, p. 363, tomo III.
[24] Sobre esto véase Carlos RILOVA JERICÓ: “Marte cristianísimo”. Guerra y paz en la frontera del BIDASOA (1661-1714). Luis de Uranzu Kultur Taldea. Irun, 1999, pp. 29-81.
[25]Acerca de ese complejo movimiento revolucionario véase Pérez ZAGORIN: Revueltas y revoluciones en la Edad Moderna. Cátedra. Madrid, 1986. Volumen II. Guerras revolucionarias, pp. 220-259.




