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Las fortificaciones de Hondarribia ante el sitio de 1638 I

Cesar Fernandez Antuña | Iraila, 2009 | Inprimatu Inprimatu

Introducción

Atendiendo a la invitación del Ayuntamiento de Hondarribia y de Zehazten para participar en los actos de conmemoración del 370 aniversario del sitio de la plaza de 1638, trataremos de señalar en las páginas que siguen el papel jugado por las fortificaciones de Hondarribia en un sitio en el que un millar de combatientes pudieron resistir a fuerzas veinte veces superiores en número y con un poderoso tren de artillería pesada durante algo más de dos meses.

Sin entrar a considerar en detalle las peripecias de unos hechos sobradamente conocidos, tras repasar someramente la historia de las fortificaciones con que cuenta la plaza a comienzos del verano de 1638, se comenta el modo en que se llevaba a cabo un sitio en las guerras europeas del s. XVII antes de centrarse en el caso hondarribitarra y se finaliza considerando algunas de las consecuencias que la batalla tuvo para las murallas de la ciudad a través de la opinión de algunos jefes e ingenieros que giraron visita a las mismas después de la batalla.

1. Situación de la plaza

La primera consideración que ha de hacer todo aquel que desee fortificar un lugar dado (y así lo recoge toda la tratadística militar de época moderna) es atender a las circunstancias de ese lugar, considerando sus fortalezas y debilidades, antes de proponer las defensas necesarias para su defensa: la mano del hombre, el arte de la fortificación, suple en este cometido a la naturaleza. 

 

Il. 1.- Leonardus Ferraris (1640). Vista general de la plaza y sus alrededores.

              [Fuente: IZAGIRRE, Martín: Cartografía antigua y paisajes del Bidasoa. San Sebastián, 1994.]

En este sentido, la situación de Hondarribia, en una península que se adentra en el estuario del Bidasoa, es favorable por naturaleza. El mar que la rodea alcanza durante las crecidas los muros de la población en los frentes E y N, en tanto que al S un brazo de mar en la desembocadura de la regata de Santaengraziko conforma una especie de foso húmedo, regulable a voluntad posteriormente cuando se cierre con un dique con puente.

El frente W de la población es el que más facilidades ofrece al atacante, no sólo por carecer de esta protección natural sino porque las colinas de su contorno permitirán durante la Edad Moderna que los sitiadores se acerquen a los muros a cubierto de los defensores y puedan emplazar sus baterías en puntos desde los que se domina la población. Es aquí, pues, donde el arte ha de suplir a la naturaleza y es en este frente donde se concentrarán históricamente los esfuerzos de los responsables de la defensa de la plaza y donde mayor desarrollo alcanzarán las fortificaciones.

 2. Evolución de las fortificaciones antes del sitio de 1638

El recinto fortificado que las tropas atacantes contemplaron en el verano de 1638 había sido levantado  en su mayor parte hacía ya un siglo.

 Il. 2.- Planta general de la plaza con la denominación de los elementos de la fortificación.

En sombreado gris: las obras exteriores posteriores al sitio de 1638.

 A pesar de tan gran lapso de tiempo transcurrido, de los progresos en la potencia, alcance y precisión de la artillería y de la endémica falta de dinero de la hacienda real para las adecuaciones y mantenimientos necesarios, la plaza “a toujour eté en grande reputation a cause de la masciveté et solidité de ses murs”[1].

El apoyo francés a la causa de Juana la Beltraneja frente a Isabel en la guerra de sucesión de Enrique IV supuso el fin de la tradicional alianza castellano-francesa en la baja Edad Media, pasando a convertirse desde entonces Guipúzcoa en tierra de frontera frente a un estado que iba a estar en guerra con la monarquía hispánica durante buena parte de la Edad Moderna por la supremacía en Europa. El sitio puesto por los franceses a Hondarribia en 1476  en el marco de aquella guerra sucesoria señalaría el comienzo de una época de gran transcendecia en la historia de la ciudad  por lo que suponía su consideración de plaza fuerte y primer bastión en la defensa del reino castellano ante las acometidas desde el otro lado del Bidasoa. Los progresos experimentados paralelamente en el manejo de la pólvora y las armas de fuego trajeron como consecuencia nuevos modos de fortificar las poblaciones para hacer frente al creciente poder del cañón, provocando en Hondarribia un cambio muy importante en su fisonomía urbana que perdura hasta nuestros días como uno de los rasgos característicos de la población.

Inmediatamente después del sitio de 1476 tenemos noticias de importantes obras en las defensas de la plaza que desembocarán, antes de que finalice el siglo, en la construcción de un nuevo recinto formado por una barrera en la que se levantan cubos de planta circular en los frentes W y S, todo ello al exterior de una muralla medieval que continúa en pie y mantiene toda su funcionalidad, especialmente en los otros frentes[2].

Durante los primeros años del s. XVI continuarán las obras en las fortificaciones pero será a partir de la conquista castellana de Navarra en 1512 y el incremento de la tensión bélica y de los enfrentamientos armados en este sector de la frontera cuando cobren especial impulso los trabajos de fortificación de la plaza.

En el cuarto de siglo que va del período de ocupación francesa de la plaza (1521-1524) a mediados de siglo, veremos levantarse, en una primera fase, dos nuevos cubos de planta circular (Leiva y Santa María) y buena parte de los lienzos de las murallas adyacentes. Pero será especialmente en una segunda fase, desde 1530, cuando se produzcan los cambios más importantes con la erección de los dos baluartes “clásicos” de San Nicolás y la Reina, la finalización de las cortinas y la conversión del antiguo castillo en una auténtica plataforma artillera en lo alto de la población desde la que dominar el contorno. Un fortuito derrumbe de un tramo de muro en el ángulo SE de la plaza en 1572 propiciará la construcción del baluarte de San Felipe para la defensa de este sector, siendo éste el último gran elemento de las fortificaciones construido antes del sitio de 1638.

A pesar del gran esfuerzo económico que había cambiado la fisonomía de las defensas de la ciudad, éstas presentaban importantes carencias a ojos de un experto como Tiburcio Espanochi ya a finales del mismo s. XVI. Y su valoración cobra especial sentido visto desde los sucesos de 1638 y las reformas propuestas con posterioridad. Espanochi consideraba necesario engrandecer los baluartes de San Nicolás y la Reina para obtener mayor y más cómoda capacidad artillera y levantar otro baluarte por delante del cubo de la Magdalena. Aunque alaba la consistencia de la fábrica de las murallas, calificándola de “eterna” y “bonsissima”, nuestro ingeniero llama la atención también sobre lo que podemos considerar el defecto capital de la plaza en ese momento: el dominio que sobre la misma tienen las colinas del frente W y el cómodo alojamiento  cubierto de los fuegos de la plaza que brindan a los atacantes los vallecillos existentes entre ellas, permitiéndoles batir directamente el recinto magistral de la plaza sin tener que vencer otros obstáculos previos.

3. Sitio 1638

3.1. Fuentes

* La principal fuente utilizada para el conocimiento de las operaciones del sitio ha sido la obra de José MORET De obsidione Fontirabiae libri tres, publicada en latín hacia 1655 y traducida como Empeños del valor y bizarros desempeños o sitio de Fuenterrabía por el también jesuita pamplonés Manuel Silvestre Arlegui y publicada en Pamplona en 1763[1].

Moret da muestras en su obra de conocer la ciudad de Hondarribia; de haber hablado con testigos del sitio que relata; de conocer un tanto al menos en qué consiste el ataque y defensa de una plaza y de los elementos de la milicia y la fortificación involucrados  y de haber consultado algunos documentos de su archivo (como la investigación a Diego de Vera por el sitio de 1521).

En relación a su manejo de las fuentes documentales municipales, es curioso que desconozca o silencie la documentación del concejo de los años posteriores al sitio en que se da cuenta de las gestiones realizadas para reivindicar el buen nombre de todos los vecinos de la villa en general y sus esfuerzos y sacrificios durante la guerra, oscurecidos por el protagonismo que alcanzaron el alcalde Diego Butrón y su cuñado Urbina, a quienes se acusa de acercarse al Almirante de Castilla para ganar su favor y aparecer en sus cartas al rey como los principales nervios de la defensa. Este aspecto tiene gran trascendencia no sólo en lo relativo a las mercedes que cada uno pudiese recibir del rey en función de los méritos adquiridos sino también en la fama que pudiese alcanzar. Hemos de tener presente que la obsesión por la fama atraviesa todos los ámbitos del siglo: en este caso son destacables las contínuas referencias del Conde-Duque, recogidas por Moret, a la fama de la monarquía; las de los cercados, que prefieren morir con honra a rendirse, y las de la propia ciudad que en 1640 pretende que la posteridad conozca la verdad de lo sucedido y no las falsedades que cuentan algunos libros que circulan tras el sitio.

* La obra de PALAFOX y MENDOZA, Juan, Sitio y socorro de Fuenterrabía y sucesos del año 1638, publicada en Madrid en 1639[2], dedicada a las operaciones militares de la monarquía durante ese año en los diferentes escenarios europeos y americanos en que están en juego sus intereses, es menos minuciosa en la descripción de las operaciones del sitio.

* La general coincidencia con Moret en relación con los sucesos relatados y su adscripción a días del mes concretos, así como un par de referencias a un “diario” al que parece seguir, insinúan que tanto Palafox como Moret beben de una fuente de información común que relataría los sucesos de cada día del sitio. Con toda probabilidad, esta fuente común es la Relación diaria del memorable cerco y feliz vitoria de la muy noble y muy leal ciudad de Fuenterrabía (publicada en Burgos en 1639), una relación compuesta por la ciudad y enviada al Conde-Duque de Olivares.

* En estos sucesos dados a la exaltación militar y patria, resulta conveniente acudir a la versión de la otra parte. En este caso es muy esclarecedor el trabajo del archivero bayonés Edouard DUCÉRÉ,  Recherches historiques sur le siege de Fontarabie en 1638, publicado en 1880,  en el que pretende demostrar (frente a la que califica de “novela” de Moret) que no fue el valor de los guipuzcoanos el que permitió la liberación de Hondarribia sino los errores cometidos por los sitiadores, que dieron ocasión a la llegada del ejército de auxilio: indecisión de Condé en la dirección; celos y rencillas entre los nobles y generales franceses; flojedad en los trabajos y asaltos; escaso eco a las propuestas -siempre atinadas y pertinentes, en su opinión- de M. de Sourdis, arzobispo de Burdeos y, sobre todo, la seguridad de que el Duque de la Valette era un traidor al servicio del rey de España cuya huída a Inglaterra después del sitio evitó su juicio y ejecución (también Moret se ocupa al final de su obra de argumentar contra los que aseguran que España había negociado la victoria con oro como especie levantada por algunos nobles franceses deseosos de señalar un culpable por disculparse a sí mismos).

Algunos años después publicará un nuevo trabajo: Invasión du Labourd et siége de Fontarabie (1636-1638). Lettres et documents. Bayonne, 1892, en el que recoge un grupo de documentos aparecidos después de publicada su obra anterior que van en la línea de la tesis que había enunciado anteriormente: la derrota francesa se debía a las rencillas entre sus mandos, a la incapacidad de Condé para imponerse a sus generales y a la maquinaciones de la Valette contra su propio ejército. Aunque en este caso, la fortuna de contar con testimonios directos de los protagonistas (en su mayoría cartas de la Valette y  Sourdis a Richelieu) reclaman una precaución especial en su valoración por tratarse de la versión de personas interesadas en justificar su actuación en lo sucedido y apartar hacia otro lado una responsabilidad en el fracaso que todos sabían que el rey trataría de averiguar.

* Los memoriales sobre las fortificaciones elevados por sucesivos ingenieros en los años siguientes al sitio señalando las principales deficiencias observadas en 1638 y proponiendo las mejoras necesarias.

3.2. Trpoas en liza

En cifras aproximadas y según las fuentes antes citadas:

 

  • - Ejército de sitio francés:

 

18.000 infantes (7 u 8.000 serían buenos soldados, el resto milicias inexpertas, entre ellas los 1.000 del contingente de Labourd).

Caballería: 2.000 jinetes.

Comandante en jefe: Enrique II de Borbón-Condé (Condé el viejo), “gran politico, ignorante en temas de guerra”, en opinión de un contemporáneo[1].

Armada al mando de Henri d´Escoubleau de Sourdis, arzobispo de Burdeos.

Otros mandos: de la Force; Conde de Gramont; Bernard de Nogaret de la Valette d´Epernon; Saint-Simon; Espenan.

 

  • - Sitiados:

 

1.000 hombres capaces de empuñar las armas entre presidiarios de la guarnición y paisanos. Entran 160 provinciales el 6 de julio y 150 irlandeses el día 13 del mismo mes.

Mando: Domingo de Egia / Miguel Pérez de Egea (entrado el 13 de julio y muerto el 10 de agosto) / Domingo de Egia de nuevo. Alcalde de la villa y jefe de sus tropas: Diego Butrón. Encargado de las fortificaciones: el jesuita y matemático Diego Isasi.

 

  • - Ejército de socorro español:

 

15.000 infantes

500 de caballería

Comandante en jefe: Juan Alfonso Enríquez de Cabrera, IX Almirante de Castilla.

Otros mandos: Marqués de Mortara; Marqués de Torrecusa (Carlo Andrea Caracciolo); el ingeniero Teniente de Maestre de Campo General Antonio Gandolfo.

3.3. Introducción al sistema de sitio

Si las fortificaciones de Hondarribia, desde la cerca medieval al recinto abaluartado pasando por la fase de la barrera con cubos circulares artillados, responden a un patrón repetido en muchas otras poblaciones de la monarquía hispánica (con la particularidad de que la transición al abaluartamiento se realiza aquí muy precozmente por coincidir los primeros pasos de este modo de hacer con un momento de tensión fronteriza en que era obligado fortificar este rincón de Guipúzcoa), las operaciones del sitio de 1638 seguirán también los procedimientos habituales en la Europa del momento para estos episiodios de guerra[1].

A grandes rasgos, para apoderarse de una plaza enemiga un ejército debía rodearla de modo que quedase aislada e imposibilitada de recibir auxilio exterior. Para evitar posibles salidas de los sitiados, el sitiador establecería una línea de defensas llamada contravalación y para defenderse de un ejército que acudiese en ayuda de los encerrados levantaría otra llamada circunvalación. Como obras de campaña, es decir no destinadas a perdurar más allá del sitio, tanto la contravalación como la circunvalación se realizarían con materiales de ocasión, tierra y madera preferentemente, acopiados in situ y entre ambas se levantarían los lugares de habitación de los atacantes.

Il. 3.- Luis Collado: Prattica manuale dell´Artiglieria (1641).

Plataformas artilleras, escuadrones de piqueros y jinetes,

construcción de cestones para plataformas, etc.

Establecido el bloqueo terrestre y marítimo de la plaza y estudiadas sus debilidades y fortalezas, el sitiador procedería a establecer los lugares apropiados para el emplazamiento de las baterías artilleras desde las que se disparará contra la artillería defensora tratando de acallarla y contra los puntos de las fortificaciones (habitualmente la cara de un baluarte) en los que se ha decidido más conveniente abrir la brecha por la que se intentará entrar a la población.

Mientras se mantiene el cañoneo, los zapadores irán abriendo trincheras hacia la plaza (en zig-zag para evitar ser enfiladas por los fuegos defensores) tratando de llegar al foso. Llegados al borde del foso, o bien se establecen nuevas baterías para batir el elemento de la fortificación por el que se prevé el asalto o se atraviesa aquél mediante una galería subterránea hasta alcanzar el muro de la fortificación y abrir en él una oquedad en la que se hace acopio de barriles de pólvora que se hacen explotar buscando la ruina del muro.

 Il. 4.- Diego de Alava: El perfecto capitán (1590). Columnas de asalto dirigiéndose a las brechas

por unas trincheras de trazado más sinuoso que en zig-zag.

Acallados en lo posible los fuegos de los defensores y abiertas una o varias brechas en los muros que se consideran practicables, en un momento determinado, y precedido de un intenso cañoneo, importantes contingentes de tropas intentarán escalar las ruinas de la brecha tratando de apoderarse de ese sector de la fortificación y utilizarlo como cabeza de puente desde el que continuar su penetración en la plaza. Es este del asalto quizás el momento más caótico, incierto y sangriento de las operaciones de sitio.

 

Il. 5.- L´Enciclopedie: Ars militaires (s. XVIII). Planta, alzado y sección del ataque a un frente abaluartado: minas y trincheras para acceder al foso y desde él a la brecha.

Los defensores, entretanto, tratarán de retrasar en lo posible el bloqueo de la plaza hostigando a los sitiadores y dificultándoles de cualquier modo imaginable el cómodo asentamiento y protección de sus reales. Cerrado el cerco, tratarán de mantener alguna vía secreta de entrada y salida, si no de refuerzos, vituallas o armamento, al menos de comunicación con el exterior[1]. Conscientes de que buena parte de sus posibilidades de resistencia dependen de la conservación de sus bocas de fuego (pudiendo ser decisiva la sorpresiva aparición de un cañón disparando de través a las columnas que asaltan una brecha), los sitiados tratarán de preservarlas del cañoneo enemigo aunque no puedan dejar de utilizarlas para contestar a las de los atacantes. Grupos de sitiados saldrán al amparo de la noche al campo enemigo para destruir cañones, destrozar las obras en marcha, causar estragos entre los sitiadores y capturar prisioneros de los que obtener información sobre la situación y moral del enemigo. Desde las galerías contraminas y sus pozos de escucha de las cortinas y baluartes intentarán averiguar la dirección de las minas enemigas para, excavando una contramina, sorprender a los zapadores y  desbaratar sus trabajos. 

Dado que, por lo general, la guarnición encerrada y sus medios son inferiores al ejército sitiador, la esperanza de los cercados de evitar la rendición pasa por la prolongación del sitio las semanas o meses posibles en espera de que se reúna y acuda en su auxilio un ejército de socorro o a que en el campo enemigo surjan complicaciones (motines por falta de paga, epidemias, discordias, hambre, etc.) que les obliguen a levantar el sitio.

Es obvio que esa prolongación en el tiempo favorece también a los atacantes, en la medida en que las bajas de los sitiados, la progresiva falta de pertrechos de guerra o de alimentos, las mismas epidemias que fuera de los muros, los sufrimientos y pérdidas económicas de los habitantes civiles de la ciudad, la desesperación de recibir auxilio y otras muchas circunstancias pueden mover a los encerrados o a parte de ellos a solicitar de sus jefes la negociación de una rendición honrosa antes de llegar a un final en que puede perderse todo. Es esta una situación apetecida por un sitiador que desde una posición segura puede esperar que la plaza caiga como una fruta madura y pueda añadir a la gloria de su conquista el haberlo hecho sin un excesivo costo de sangre para su ejército.


[1] Juan Velásquez, Capitán General de Guipúzcoa, dirá en 1595 que “dexar una plaça del todo desesperada de socorro y sin parte por donde poder resollar es terrible cosa y de mucha consideración“, OLAVIDE, ALBARELLOS y VIGÓN, San Sebastián: historia de sus fortificaciones. Siglos XVI y XVII. El sitio de 1813. Ayuntamiento de San Sebastián, 1963, pág. 130. En el mismo sentido, Gandolfo dirá en 1639 que “lo más esencial de una plaza es asegurar la entrada del socorro“-


 

[1] Puede verse una introducción general a la casuística jurídica en la que se ven envueltos los dos ejércitos implicados en un sitio en el trabajo: SÁNCHEZ-GIJÓN, Antonio: “La capitulación de fortalezas como figura jurídica“, en CÁMARA, Alicia (coord.),  “Los ingenieros militares de la monarquía hispánica en los siglos XVII y XVIII“. Madrid, 2005, pp. 161-180.

Para ver algunos de los elementos que se citan en el texto que sigue y para hacernos una idea de las operaciones de un sitio recogemos en las ils. 3, 4 y 5 imágenes procedentes de tratados de fortificación de la época.

 

 


 

[1] Montglat, citado por PARKER, Geoffrey, La guerra de los treinta años. Barcelona, 1998, p. 223, n. 72.

 


 

[1] MORET, Joseph, De obsidione Fontirabiae libri tres. Ioan Couronneau. Lyon, ¿1655?  La obra lleva un grabado de las operaciones del sitio sin indicación ni de dibujante ni de grabador. Con variantes, ha sido reproducido en numerosas obras editadas hasta nuestros días. De la traducción: MORET, Joseph: Empeños del valor, y bizarros desempeños o Sitio de Fuenterrabia, que escribió en latín el Rmo. P. Joseph Moret de la Compañía de Jesús, natural de la ciudad de Pamplona. Sucedido el año de 1638. Escrito en tres libros año de 1654 y traducido al castellano año de 1763 con algunas addiciones y notas por Don Manuel Silvestre de Arlegui. Joseph Miguel de Ezquerro. Pamplona, 1763.

[2] Hemos consultado la edición de la Editorial Amigos del Libro Vasco, Bilbao, 1985.


 

[1] Así se expresa el que parece ingeniero militar francés algunos años después de 1700 en la rotulación de un plano de la plaza conservado en el Atlas Massé. BONET CORREA, A., Cartografía militar de plazas fuertes y ciudades españolas. Siglos XVII-XIX. Planos del Archivo Militar Francés. Madrid, 1991, p. 113.

[2] Para un repaso más detallado que el esbozo que aquí se propone de la historia de las fortificaciones remitimos a nuestro trabajo FERNANDEZ ANTUÑA, César, Hondarribiko harresiak. Erdi Aroko itxituratik esparru gotortura. Murallas de Hondarribia. De la cerca medieval al recinto abaluartado. Hondarribiko Udala, 2002.

 

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