Las fortificaciones de Hondarribia ante el sitio de 1638 II
3.4. Operaciones del sitio de 1638
Como ya hemos señalado, en el sitio de Hondarribia de 1638 encontraremos muchos de los aspectos comunes a otros muchos sitios que acabamos de apuntar.
Il. 6.- Vista general de las operaciones del sitio de 1638 según un grabado anónimo
casi igual al que acompañó a la primera edición de la obra de Moret en ¿1655?
[Fuente: IZAGIRRE, Martín: Cartografía antigua y paisajes del Bidasoa. San Sebastián, 1994.]
A pesar de los intentos de Richelieu de ocultar a qué extremo de los Pirineos se dirigiría el ejército que se reunía en el suroeste francés, parece que ya a comienzos de la primavera comenzaron a llegar informes a la Corte madrileña procedentes de los oficiales reales en Guipúzcoa y Navarra dando cuenta de reuniones de tropas en los alrededores de Burdeos. Confiado en que el esfuerzo militar francés en Flandes e Italia no les permitiría levantar otro ejército más de consideración o quizás por creer irreconciliables las divergencias entre Richelieu y Condé como para que el primero otorgase el mando de la tropa al segundo, el Conde-Duque de Olivares no hizo excesivo caso de los avisos que le llegaron de la frontera, llegando incluso a burlarse de ellos. De este modo, cuando la invasión se produce, encuentra a Hondarribia desabastecida de pertrechos y desguarnecida de tropas, al menos en la medida en que se estimaría necesario para la ocasión.
Considerando esta falta de previsión no sorprende una primera constatación: la rapidez y facilidad con que el ejército de Condé instaló sus reales y comenzó a cañonear y bombardear la población. Vadeado el Bidasoa el día 1 de julio, en apenas una semana, según nuestras fuentes, están abriendo trincheras ya frente al portal de San Nicolás.
Ocupados los pueblos comarcanos y arrasadas sus tierras hasta llegar a la vista de San Sebastián y en tanto llega por mar la pesada artillería de batir, el ejército francés ocupa los valles y colinas del contorno de la plaza para procurar su aislamiento en tanto en la boca de la bahía la armada del arzobispo de Burdeos trata de impedir toda entrada y salida de auxilios por mar.
Por lo que sabemos, no parece que los franceses levantasen las líneas de circunvalación y contravalación contínuas y completas que preceptuaba la tratadística contemporánea, limitándose a levantar bastiones y reductos de tierra y fajina a trechos, a cavar trincheras en los lugares más a propósito y a fortificar los caseríos que ocupaban, formando así una línea discontínua cuyos huecos vigilaban simples centinelas.
Frente a un posible ejército de socorro, sí se establecieron puntualmente en algunas zonas frentes más articulados y de mejor defensa: se levantó un fuerte provisional de planta triangular antes de cruzar el puente de Mendelu y otro de planta cuadrangular en la bajada de Jaizkibel[1], con sus trincheras, fosos, medias lunas, estacadas y reductos que posiblemente sea el que se encontró en su avance la columna del marqués de Mortara, uno de los jefes del ejército de auxilio.
Se han propuesto diversas razones para explicar esta anómala falta de fortificación del campamento sitiador con líneas de defensa contínuas hacia la plaza y hacia el exterior. Para Moret ello se debía a la aspereza e irregularidad del terreno que los franceses ocupaban, poco propicio sin gran costo de esfuerzo y tiempo para estos trabajos. Ducéré parece culpar de ello a las rencillas entre los mandos franceses, atizadas por de la Valette como un modo más de lograr su secreto propósito de frustrar el éxito de las armas del rey francés[2].
Fuese por alguna de estas razones, fuese porque Condé confiaba en que obtendría la plaza antes de que el ejército español estuviese en condiciones de atacar su campamento, fuese por todo ello a la vez, el hecho es que las defensas del real francés no estaban en condiciones de cumplir los objetivos para los que estaban pensadas: el bloqueo de la plaza nunca fue total, entrando tropas de refuerzo durante los primeros días y entrando y saliendo mensajeros prácticamente durante los dos meses del sitio; los encerrados lograron causar importantes estragos a los sitiadores en las varias salidas realizadas por sorpresa; finalmente, las posiciones que debían contener las embestidas del ejército de socorro sucumbieron con sorprendente facilidad a su empuje, extendiéndose rápidamente el desorden y la desbandada por el campo francés.
Finalizados los trabajos de acondicionamiento de las baterías, el 12 de julio la artillería francesa puede comenzar a bombardear la población con sus morteros en tanto que las piezas de sitio emplazadas en las alturas del contorno (principalmente en la colina sobre la ermita de Santa Engracia, junto a la ermita de Saindua y en otra colina frente al cubo de la Magdalena) se aplican a batir los muros de la fortificación. Las fuentes que nos informan de estos hechos destacan que el ataque comienza sin que a los franceses les hayan costado ni una gota de sangre los avances conseguidos hasta el momento: sin encontrar ninguna resistencia previa, el sitiador ha podido instalar su campo, establecer las baterías y comenzar el cañoneo directo sobre la línea magistral de la fortificación apenas diez dias después de llegar a vista de la ciudad. Todo ello apunta claramente a uno de los grandes defectos de la plaza al que ya habíamos hecho referencia: la ausencia de obras exteriores.
Tras un incesante cañoneo que se prolonga durante el resto del mes, para finales de julio los parapetos del frente W de la plaza están completamente desmontados y es imposible la estancia en ellos de los defensores. Se preparan trincheras y otras obras de defensa dentro de los baluartes de la Reina y San Nicolás para cuando los atacantes intenten el asalto de las brechas que ya se están abriendo en ellos.
Para entonces también las trincheras francesas han alcanzado el borde del foso. Un primer intento de cruzarlo a cielo abierto protegidos por caponeras para picar y minar baluartes y cortinas fue frustrado por los fuegos de flanqueo que aún les quedaban a los defensores por lo que los sitiadores optaron por continuar con su propósito mediante minas.
Durante el mes de agosto prosiguen el cañoneo, el bombardeo y los trabajos subterráneos de picado y minado de cortinas y baluartes del frente W al punto de que el primer día de septiembre los franceses dan un primer asalto a la brecha del baluarte de la Reina que fue rechazado. Frente a los 8 sangrientos asaltos protagonizados por los atacantes, todos ellos rechazados por los encerrados en la plaza, de los que nos habla Moret, para Ducèrè no hubo más asalto que el citado y aún a éste lo califica más de tentativa de escalada que de verdadero asalto pues, según él, faltaron la adecuada preparación artillera previa, el golpe de gente que lo ejecutó era insuficiente y además carecían de la energía necesaria[3].
Según Moret, a pesar de que los primeros días de septiembre el tiempo fue lluvioso, intentaron los franceses varios asaltos a las brechas existentes sin lograr los frutos esperados. Continuando con el cañoneo y los trabajos de zapa para hacer mayores las brechas y abrir otras nuevas, deciden dar el asalto general el 8 de septiembre: este día se volaría la mina abierta en el baluarte de San Nicolás y se asaltaría la plaza por aquí, por el baluarte de la Reina, por la estacada que mira al río y por el baluarte de San Felipe. Un ataque simultáneo por tantos puntos y con toda la tropa disponible acabaría en pocas horas con los pocos defensores de la plaza, previsiblemente ya escasos de pólvora y municiones.
Pero ese mismo día había sido elegido por los jefes del ejército de auxilio para socorrer a la plaza. Desde que se estableciera en los pueblos comarcanos a principios de agosto, el Almirante había estado aguardando la llegada de más tropas pues consideraba insuficientes las que tenía para enfrentarse a los sitiadores y obligarles a levantar el sitio. Llegadas a finales de mes las últimas que se esperaban y con ellas cartas del rey advirtiendo que no consentiría no fuese socorrida una plaza que llevaba tanto tiempo defendiéndose, tras un aplazamiento por una ola de mal tiempo y las deserciones que provocó entre las tropas bisoñas, deciden atacar el día 8 haciéndolo a media ladera de Jaizkibel en tanto un grupo de caballería realiza una maniobra de diversión atacando desde Irun. A pesar de las dudas que los jefes del ejército de auxilio tenían en sus propias fuerzas, sorprendentemente el marqués de Torrecusa logra vencer las defensas francesas de la zona de Guadalupe, provocando la huída de las tropas asaltantes, pronto convertida en desbandada general de todo el ejército en la que cada uno intenta ganar la otra orilla del Bidasoa como puede, bien por Irun, bien a nado, alcanzando la Armada de Sourdis o por cualquier otro medio, abandonando en el campo toda la artillería y la impedimenta.
4. Reparaciones tras el sitio
En un memorial enviado a la Corte en 1667 el Duque de San Germán estima que “para fortificar en toda forma la plaça de Fuenterrauia es necesario hacer la obra coronada que está designada en la planta, que con esta obra se ocuparían los puestos que descubren los valles que son los que ocuparon la primera noche los enemigos quando sitiaron esta plaça, que están a tiro de mosquete de ella, con que en muy pocos dias llegan los aproches a ponerse debajo de la muralla y haciéndose dicha obra coronada obliga a que los enemigos se acuartelen de la otra parte de los montes y que empiecen a abrir trinchera desde ellos y quando hayan trabajado y gastado muchos días y derramado mucha sangre quando lleguen a ganar la obra coronada se hallarán en el estado que ahora está la plaça si empeçasen a batirla“[1].
Encontramos aquí claramente expuesta una de las principales carencias de la plaza en el sitio de treinta años antes: pronto y casi sin costo en trabajos ni bajas, los franceses habían conseguido situar sus baterias de sitio para disparar directamente sobre el recinto principal de la plaza, reduciendo las posibilidades de resistencia de los sitiados. Y la solución que él plantea, la ocupación de las colinas del frente W con una gran obra coronada adelantada respecto a la línea magistral, es la desechada tres cuartos de siglo antes por Spanochi porque, además de costosa por su fábrica y las tropas necesarias para su defensa, no estaría a cubierto de los disparos de flanqueo de otras colinas adyacentes.
Pero la propuesta del Duque de San Germán pertenece ya a un período de las fortificaciones de Hondarribia, el que va desde el sitio de 1638 a su abandono como plaza fuerte, en que son muchos los ingenieros militares que giran visita a la plaza, analizan su situación y elevan sus memoriales con propuestas de mejora pero en el que no se hace apenas nada nuevo, limitándose las intervenciones a mantener en el mejor estado posible lo ya construído. Y ello no sólo por el deplorable estado de la hacienda real, incapaz de acometer no sólo los grandes proyectos que exigiría poner a la plaza en el estado de defensa a la altura de las nuevas propuestas de los tratadistas en fortificación y de los avances en la artillería sino ni los mínimos exigibles al “decoro” de una plaza de su glorioso pasado. Tan importante como la falta de caudales públicos era la consideración por parte de muchos de los ingenieros militares de que la defensa de la frontera no podía recaer ya en plazas como Hondarribia y Donostia, testigos de una forma de fortificar ya caduca.
En este sentido se había expresado inmediatamente después del sitio Antonio Gandolfo. Teniente de Maestre de Campo General en el ejército de auxilio que había levantado el sitio en 1638, en los memoriales que eleva al Consejo de Guerra a finales de año manifiesta claramente su opinión sobre la plaza: “está situada en sitio defectuoso y sin fruto para la defensa de la raya de la Provincia”, proponiendo buscar otro emplazamiento para elevar una fortificación de nueva planta más útil para defender la frontera[2]. Sin embargo, esta nueva obra no puede llevarse delante de inmediato dada la situación de guerra presente por lo que, considerando la antigüedad de la plaza de Hondarribia y la lealtad con que la han defendido sus vecinos, propone las obras necesarias para ponerla en estado de defensa: cerrar las brechas y reparar los parapetos; levantar un hornabeque en la parte de Francia y un fuerte en la colina de Santa Engracia; en el frente W propone ahondar el foso y convertirlo en inundable, levantar dos medias lunas frente al cubo de la Magdalena y el baluarte de San Nicolás y limpiar de vegetación el contorno en distancia de un tiro de mosquete.
Del Consejo de Guerra que se muestra en general conforme con las propuestas de Gandolfo nos interesan en particular dos comentarios sobre la valoración de la plaza. El Duque de Olivares consiente en que se vaya estudiando la posible ubicación y costo de la nueva fortificación que Gandolfo propone para cerrar la frontera pero “dejar a Fuenterravia con lo que ellos han merecido en esta ocasión y con la gloria que por su mano y medio ha recivido España de ninguna manera me parece justo ni tratable“[3]. También el marqués de Valparaíso es sensible a la gloria alcanzada por la plaza en siglos pasados pues “solo la reputación que en él [en el parecer del duque de Olivares] se apunta sobre sustentar el puesto de Fuenterravia puede obligar a reedificarlo que por lo demás por su voto no había de quedar piedra ni cimiento, respecto de haberse fabricado esta fuerza en tiempo que no había bombas ni artillería sino ballestas y piedras y que no estorva ni nunca a estrovado el paso de Beovia ni cubre los Pasages ni los puede defender“.
Así pues, anque se apronten dineros para realizar las obras propuestas para poner en buen estado las fortificaciones, el sitio de 1638 provoca que oigamos por primera vez voces que propugnan el abandono de Hondarribia como plaza fuerte fronteriza. Tan solo la inercia, la falta de recursos para afrontar las nuevas propuestas y una particular concepción de la fama, de la que la villa acababa de alcanzar su momento de mayor esplendor en la edad moderna, provocaron que las murallas no fuesen desmanteladas.
Consideraciones finales
Como ya se ha señalado al tratar de las fuentes historiográficas, las campañas militares son campo propicio para las exaltaciones nacionalistas y la manipulación por los poderosos de los sentimientos de las masas, tratando de justificar sus acciones y desacreditar las de los oponentes- internos o exteriores. Para ello se apela al honor y orgullo patrios, a la justicia de las propias reclamaciones frente a la falta de razones de los enemigos y su innata maldad y perfidia. La victoria es siempre fruto del propio noble sacrificio (y reflejo del favor de algún poder sobrenatural que aprobaría la justicia de nuestra causa), en tanto que la derrota se carga con harta frecuencia sobre las espaldas de algún traidor.
El sitio de Hondarribia de 1638 responde hasta en el detalle a este guión tantas veces repetido: basta advertir la campaña de autoalabanza puesta en marcha por el Conde-Duque de Olivares atribuyéndose la victoria, jaleada y amplificada por tantos que le deben la posición que ocupan o que aspiran a los favores del ministro entonces triunfador[1]; el encarecimiento del valor de los guipuzcoanos encerrados en la plaza y sus sufrimientos proclamados por la “Relación diaria del memorable cerco…” a los que las obras de Moret y Palafox dan el eco que la convierta en versión oficial española de lo sucedido; la referencia a la invocación por los cercados a la ayuda de la Virgen de Guadalupe, convirtiendo el suceso en uno de los origenes y ejes de sus fiestas patronales hasta hoy, etc. Por parte de los derrotados, encontramos fundamentalmente la manida apelación a las discordias surgidas entre sus generales por los celos mutuos y la referencia a la traición cometida por uno de ellos, cuya connivencia con el enemigo se manifestaría de diversos modos, desde el fomento de esas mismas discordias, el retraso en los trabajos necesarios, la negación de auxilio, etc.
No por repetidas y esperadas dejan de tener en este caso algo de verdad las razones de los atacantes franceses. No parece que Enrique de Borbón-Condé consiguiese imponer su autoridad sobre los nobles y generales bajo su mando, cuyo deseo de alcanzar la gloria de que el cuerpo de ejército bajo su responsabilidad fuese reconocido como decisivo en la consecución de la victoria les llevaba en ocasiones a tomar iniciativas poco coincidentes con la estrategia marcada por el mando supremo. Además de cargar con este reproche, el marqués de la Valette cargará con el baldón de ser acusado de traición y connivencia con el rey de España[2]. Alguno de estos ingredientes, sino todos, se juntaron en el sitio para que podamos explicarnos cómo un ejército tan poderoso fracasa en su intento de tomar una plaza con escasos medios de defensa, a la que consigue aislar del exterior durante tanto tiempo, a la que bate con poderosa artillería durante semanas hasta abrir brechas perfectamente practicables para el asalto y al que desbarata al primer intento un ejército de auxilio inferior, del que ha tenido tiempo de defenderse levantando obras de circunvalación y cuyos generales carecen de confianza en las posibilidades de éxito en su intento de auxiliar a la plaza sitiada.
La conquista puntual de Hondarribia no tenía después de todo gran importancia estratégica en una guerra como la que luego sería conocida como la de los Treinta Años. Incluso para un territorio tan pequeño como Guipúzcoa era mucho más trascendente, por ejemplo, la pérdida de Pasaia, su principal puerto y uno de sus lugares de mayor importancia económica, que el atacante podría utilizar además como excelente cabeza de puente si tenía intención de continuar la penetración en el país.
Pero Hondarribia era una plaza de armas fronteriza, famosa por sus fortificaciones y los hechos de armas que había protagonizado en el pasado. Su conquista por el rey de Francia suponía poner un pie en territorio enemigo, aunque no se tuviese intención de proseguir más allá; era llevar la guerra a la casa del enemigo[3]. Suponía ganar reputación, algo tan importante siempre para quienes gobiernan y para quienes se dedican al oficio de las armas.
Pero no sólo el rey, su valido y la nobleza militar estaban preocupados por su buena fama. También lo estaban la Provincia de Guipúzcoa y la villa de Hondarribia, que tenían entre sus prerrogativas y obligaciones la de defenderse a sí mismas. Incluso los particulares querían ver reconocidos sus esfuerzos y trabajos y las pérdidas sufridas en su patrimonio por servir al rey, recogidos en las correspondientes relaciones de daños redactadas después de cada sitio, en espera de verse recompensados algún día. Tenemos así en Hondarribia relaciones de daños y de mercedes a particulares correspondientes a comienzos de 1639[4].
Más allá de las compensaciones económicas -siempre escasas y tardías-, quizás resulte más significativa la petición elevada por el concejo de la ciudad al rey en 1640[5] para aclarar algunas cosas y ajustar los premios recibidos por cada cual a los méritos realmente contraídos. El concejo encarga a su enviado a la Corte que le represente a su excelencia el Conde-Duque la fidelidad y valor de la ciudad en el sitio y que ni el entonces alcalde Diego de Brutrón ni su cuñado Joan de Urbina aventajaron a nadie ni se particularizaron más que otros muchos en el servicio real y en las pérdidas de su patrimonio por ponerlo al servicio de la defensa. Antes bien, procediendo mal con su patria, pues habían acordado todos no pedir premios particulares sino presentar ante el rey lo obrado por la ciudad en su conjunto para luego hacer relación de las pérdidas de cada particular, ellos dos habían maniobrado para acercarse al Almirante de Castilla de forma que en las primeras cartas enviadas por éste al rey tras la liberación aparecían como los defensores más destacados, recibiendo por ello mayores mercedes. El mismo Butrón había elevado un memorial sobre lo obrado por cada uno en el sitio y lo que merecía que era distinto al realizado por la ciudad y tendenciosamente favorable a sus deudos.
Pero no sólo preocupan a la ciudad las maniobras del ex-alcalde Butrón y sus allegados para conseguir mercedes reales, también manifiesta el concejo su interés por la fama futura de la ciudad y sus habitantes cuando expresa su pesar por la versión publicada en algunos libros sobre lo sucedido en el sitio. Y si tales obras mentirosas no pudiesen ser retiradas por el gobierno del alcance del público, quieren dejar constancia al menos para que “en la posteridad en el curso de los años no se obscuresca la verdad y se atribuya açaña y ación tan rara a quienes no costó gota de sangre su defensa, porque aunque cumplieran con sus obligaciones otros hicieron aciones más señaladas y hechos más eroycos y no están puestos ni especificados en estos libros ellos ni sus aciones y al passo sin premio alguno.”
Como hemos ido señalando en páginas precedentes, algunos nubarrones de desconocimiento oscurecen aún la verdad que el concejo municipal de 1640 quería resplandeciente. Ojalá actos conmemorativos como los que están en el origen de estas líneas contribuyan a conocer cada vez mejor lo sucedido en aquel verano de ahora hace 370 años.
[1] ELLIOT, J.H., El Conde-Duque de Olivares. El político en una época de decadencia. Barcelona, 1991, especialmente p. 527 donde se nos presenta un Gaspar de Guzmán angustiado durante el sitio por la suerte que pueda correr Hondarriba.
[2] Si en la carta del arzobispo de Burdeos a Richelieu se afirma en general que la debilidad, la lasitud y tal vez la traición han brillado en el sitio de Hondarribia, el escrito del príncipe de Condé al gran ministro de Luis XIII no puede ser más concreto desde el principio: el duque de la Valette ha servido mal al rey, por su desobediencia y mala voluntad y artificios ha impedido la toma de la plaza y permitido cobrar ventaja a los enemigos. Tras repasar las múltiples discordias que había suscitado con otros jefes, sus negativas a asaltar las brechas que se le habían asignado, la negación de auxilio a otros cuerpos del ejército y otras faltas, termina Condé haciéndose eco de cómo en la plaza se aseguraba que de la Valette había advertido al ejército castellano de auxilio que si no hacían un esfuerzo el arzobispo de Burdeos tomaría Hondarribia en poco tiempo. DUCÉRÉ, E., Invasión de Labourd…docs. 59 y 60, pp. 111-120.
[3] En enero de 1639, y pensando él ahora en invadir Francia, Olivares consideraba que las victorias en el extranjero no podían compensar los efectos de la invasión del propio territorio. ELLIOT, J.H., op.cit., p. 529.
[4] Hondarribiko Udal Artxiboa, A-1-31. Actas municipales 1635-1640, Fols. 13-39.
[5] Ibidem, fols. 73-6.
[1] Archivo General de Simancas, Guerra Antigua, leg. 2136 (con plano M.P. y D. VIII-89).
[2] Servicio Histórico Militar. Col. Aparici, s. XVII (1637-1639), pp.370-383.
[3] Ibidem, pp. 282-283. No estará de más recordar que, como Moret refiere al final de su obra, entre las muchas mercedes recibidas por Gaspar de Guzmán figuraba la de Gobernador Perpetuo de Fuenterrabia.
[1] Pueden verse en el grabado que acompaña la edición original de la obra de Moret.
[2] Según este autor, en fecha tan tardía como el 14 de agosto el arzobispo de Burdeos propondrá a Condé que, puesto que el ejército de auxilio español aún no está en condiciones de atacarles, se aproveche el tiempo antes de que lo esté para construir un campo atrincherado que proteja el campamento, proponiendo al señor de Fresche como comandante del campo. De la Valette se opone a que se le dé la dirección a Fresche, quedando irrealizada la propuesta.
[3] Sin que falten tampoco en este episodio, según Ducéré, las contradictorias actitudes del duque de la Valette que retrasan el momento del asalto y dan tiempo a los defensores a fortificar la brecha.





