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Un día en la vida cotidiana del siglo XVII (I)

Carlos Rilova Jericó | Iraila, 2009 | Inprimatu Inprimatu

1. Introducción. Hondarribia en el año del Gran Asedio

Volver al pasado significa volver a un país extraño, como nos advertía el historiador norteamericano David Lowenthal hace años en una obra con ese mismo título -”El pasado es un país extraño”- o al menos  con el que Ramón Akal, su editor en España, ahora hace 10 años, en el de 1998, decidió darle a partir de su, a decir verdad, instructivo contenido.

Esa certeza también puede aplicarse, desde luego, al caso de Hondarribia, nuestra ciudad. Por más acostumbrados que estemos a vivir dentro de ella, a realizar en sus calles y edificios, que todavía resuenan, por así decir, a siglo XVII, todas las funciones que hoy -a comienzos del XXI- consideramos como cotidianas, ahora hace 370 años las cosas eran, en gran medida, radicalmente distintas a nuestro actual ritmo de vida, a pesar de desarrollarse prácticamente en los mismos lugares.

Basta con que echemos un vistazo a nuestro alrededor. En la tribuna desde la que se dictó esta conferencia gracias a la generosa ayuda del Ayuntamiento de esta ciudad, se pudieron ver expuestos dos documentos del Archivo Municipal de Hondarribia que nos hablaban de lo diferentes que podían llegar a ser las cosas entonces y ahora. El primero de esos dos objetos era un proceso criminal celebrado ante el alcalde de esta ciudad -que entonces ni siquiera lo era- en 1611[1].

El peor y el mejor de los años, podríamos decir, parafraseando los primeros párrafos de la “Historia de dos ciudades” de Charles Dickens. El peor, porque fue un año de caza de brujas. Por tanto de histeria colectiva en la mayor parte de una Europa azotada por diversas calamidades que, al parecer, sólo se podían explicar recurriendo a la intervención del Demonio en los asuntos humanos a través de agentes cualificados por él para causar todo el daño posible en las personas que se mantenían fieles a la Iglesia -ya fuera ésta católica o protestante- y en los bienes de éstos[2]

Fue también 1611 el mejor año, al menos para estas cuestiones, porque, también al menos, algunos europeos empezaron a poner en duda semejantes chifladuras. Primero en Navarra y Castilla, después, como reflejo de esa actitud, en la propia Hondarribia, donde, como podemos leer todavía en las páginas de ese proceso, se creía en brujas pero no lo bastante como para manchar la Historia de esta comunidad con otra de esas masacres que tan comunes fueron en el resto de Europa hasta bien entrado el siglo XVIII, llamado, paradójicamente, el de la Razón[3].

El otro documento que se pudo ver junto a ese casi famoso proceso de 1611 data de una fecha muy próxima a los días del Gran Asedio. Concretamente fue escrito en el año 1637, y honra también a los hondarribiarras de aquella época, que, también esta vez, como en 1611, y con mayor firmeza aún, se negaron a ver como causa de sus males -fundamentalmente la guerra abierta con Francia en la que estaban directa y peligrosamente implicados como vanguardia de la corona española- la intervención de brujas -o brujos, que también los hubo- vendidos y aliados al Príncipe del Aire. Como se decía que lo era esa Polonia de Alçuru a la que las hermanas Ana María y Lucia de Igueldo acusaron, a finales del año 1636, de tener tratos con el Maligno. Pesadas palabras que, como aún se puede leer en ese documento, no llegaron a prosperar y, cosa casi inaudita en la Europa al norte de los Pirineos de aquella época, acabaron volviéndose en contra de quien las había pronunciado…[4]

Todo esto quizás puede parecer, simplemente, un conjunto de hechos anecdóticos, pero nada más lejos de la realidad porque, tanto ese primer proceso, como, sobre todo, el segundo, son fundamentales para comprender y valorar mejor a nuestros antepasados del año 1638.

En efecto, esos documentos nos demuestran que, a pesar de todos los problemas que tuvieron que afrontar durante aquellas fechas jamás cundió entre ellos la idea, tan aceptada por alemanes, italianos, franceses o ingleses de esa misma época, de buscar entre, generalmente, los más débiles de su propia comunidad, chivos expiatorios a todas las dificultades que vivieron.

Y eso a pesar de que la vida cotidiana de esos días era realmente dura para una gran mayoría y, en general, estuvo llena de complicaciones más bien desagradables. En Hondarribia y en el resto de una Europa azotada por los cuatro jinetes del Apocalipsis de un modo que nos es difícil de comprender desde el llamado “Primer Mundo” de nuestra época. Muchos europeos, desesperados por esas abrumadoras circunstancias cotidianas, como digo, cayeron, una y otra vez en la tentación de buscar víctimas propiciatorias contra las que descargar esas amargas frustraciones. Los hondarribiarras -e, insisto, de eso son buena prueba los dos documentos de los que se trata aquí-, no.

Pero, ¿qué es lo que podía ocurrir en el año de 1638, dejando aparte un asedio de 69 días, que llevase a un hombre o a una mujer a acusar a uno de sus vecinos de estar en tratos con el Demonio para poder explicar todo lo malo -que, lo subrayo otra vez, no era poco- que ocurría a su alrededor?.

Eso es justo lo que vamos a ver en los siguientes apartados de esta conferencia. Para conseguirlo nos adentraremos en  las páginas siguientes en ese pasado extraño, en el que Hondarribia quedó a un paso más allá de la Gran Caza de Brujas que, junto con la Guerra, el Hambre y la Peste, estremecía a la mayor parte de la Europa de aquella época.

2. Rebuscando en el fondo del barril. Criadas, pescadores y otras personas de poca fortuna.

2. 1. Criados, públicos y privados

Acusaciones de Brujería, con peores o mejores consecuencias, como las que conservan los dos procesos expuestos el día en el que se dictó esta conferencia, procedían, casi invariablemente, de “personas bajas”, por emplear una expresión habitual en la época. Es decir, no personas de escasa estatura sino situadas en los estratos medios y bajos de la escala social. Los grandes, los que ocupaban los puestos más elevados de esa jerarquía social -no desde luego los que se distinguían por una elevada estatura física o moral-, sólo intervenían después. O si lo hacían desde el principio, procuraban moverse cautelosamente detrás de esas personas de más baja condición[5].

Basta con echar un vistazo al número de testigos que saben firmar tanto en el proceso de 1611 como en el de 1636-1637. Entre ellos no son raros los analfabetos. Sus profesiones también pertenecen al estrato bajo y medio de esa sociedad. No faltan entre ellos criados, marineros, pescadores… todos aquellos que con su trabajo mantenían en marcha aquella sociedad y solían, en general, estar excluidos de las responsabilidades políticas. En pocas palabras, son los que los hombres de poder de la Hondarribia de 1638 llaman, en uno de los documentos que se generan en esas fechas -del que después nos ocuparemos-, “gente pobre” o bien  los que carecen de “otros xuros (sic por “juros”) ni rentas de que sustentarse asi a sus hijos y famillia (sic) mas (que) de su trauaxo y yndustria por la mar”. Sólo con una notable diferencia -la de la llamada Hidalguía Universal- se trataba de las mismas personas, mayoría en esa Europa del Antiguo Régimen, que sostenían sobre sus espaldas el peso de aquel mundo. En definitiva, los mismos que encontraríamos, por sólo citar dos ejemplos bien conocidos y estudiados, si mirásemos en la Amsterdam de esas fechas o en la misma Venecia en la que, justo en 1638, Claudio Monteverdi publicaba sus “Madrigali Guerrieri et amorosi”[6].

 Qué clase de vida llevaban estas personas?. Comencemos por las mujeres que se debían dedicar a servir en la Hondarribia de esa época. Hay muy pocos datos sobre ellas que coincidan estrictamente con la fecha de 1638. En efecto, las referencias a las sirvientas que se mantienen en Hondarribia en el año del Gran Asedio son muy escasas en la documentación de la que disponemos.

Sin embargo el Libro de Actas municipales para ese año, incompleto en gran medida gracias, precisamente, al Gran Asedio iniciado en el mes de julio, alude a ellas de un modo que aunque escaso resulta bastante ilustrativo acerca de la situación en la que vivían estas, por lo general, muchachas jóvenes dedicadas a servir.

El libro las menciona en uno de los primeros acuerdos que toma ese ayuntamiento presidido por Pedro Sáenz Izquierdo y Diego de Butrón. Aquel en el que se señalan los peligros que puede sufrir la entonces villa por la, mala, costumbre de llevar tizones cuando se caminaba por las calles incluso en tiempo de lo que los cargohabientes llamaban “Bentarones (sic, por “ventarrones”)”. Lo cual, lógicamente, podía dispersar chispas que, en un núcleo urbano anterior a la arquitectura en acero y cemento, daba alas con facilidad a un incendio que, en cuestión de horas, podía reducir la población entera a escombros. Para evitar ese peligro se imponían 2 reales de multa a las criadas que fueran cogidas en esos peligrosos transportes. Si la culpante era, sin embargo, lo que esos magistrados municipales consideraban como “hija de casa”, es decir, una de las muchachas hijas de los amos de una casa, la pena sería mayor: hasta 4  reales y 8 días de cárcel[7].

Resulta evidente en esas palabras que las numerosas criadas que sirven en las casas de Hondarribia en esas fechas, son consideradas menos responsables del daño que pudiera causar esa costumbre de portar tizones entre calles frente a la que se podía achacar a las “hijas de casa”. De ahí podemos deducir el grado de subordinación al que estaban sometidas ante sus amos: aquel que llegaba hasta el punto de no poder negarse a obedecer sus órdenes de salir de casa con el tizón encendido si éstos así se lo mandaban. Una responsabilidad que esas llamadas “hijas de casa” podían asumir plenamente por su cuenta y riesgo, sin recibir órdenes terminantes, imposibles de desobedecer, de sus padres.

Es sólo un pequeño detalle que, sin embargo, como suele ocurrir, nos abre la puerta a un panorama más amplio acerca de la vida cotidiana de esas mujeres que constituyen una buena parte de las habitantes de Hondarribia en el año 1638. Jóvenes procedentes, por lo general, del medio rural circundante -en ocasiones de lugares tan relativamente alejados de Hondarribia como el norte del vecino reino de Navarra-, que sólo así encontraban un medio de prosperar -generalmente para hacerse un ajuar y una dote con la que poder casarse- y que tenían que aceptar, además de por labores muy duras para nuestra perspectiva de la Era de la Lavadora, esa posición subordinada en la que debían recibir órdenes peligrosas y gravosas como la que, lo quisieran o no, las podía sacar de casa con un tizón encendido que les acabase costando -a pesar de su responsabilidad limitada, como subordinadas- la, para ellas, considerable suma de 2 reales. Un descalabro duro, en efecto, para quienes, como era el caso de esas sirvientes, contaban cada moneda ganada para conseguir el ajuar y la dote que las sacase de la siempre incómoda situación de “neskazarrak” o solteronas[8]

Esa era pues la vida cotidiana, o al menos parte de ella -la que podemos deducir de la documentación disponible-, de las mujeres que sirven como criadas en las casas de la Hondarribia de 1638.

Bien, continuemos con nuestro viaje por el fondo del “barril” social de la Hondarribia de esta época, dejando aparte a personas como éstas, a las que se tenía en tan baja estima que ni siquiera se las consideraba enteramente responsables de los daños que pudieran causar. ¿Quiénes se hallaban junto a éstas muchachas destinadas a servir para poder ascender en el escalafón social, quiénes al menos que hayan quedado reflejados en la documentación disponible para reconstruir la vida cotidiana en la Hondarribia del año 1638?.

Volvamos sobre las páginas del Libro de Actas que, como vemos, tan poca pero tan reveladora información contenía sobre las criadas. Hagámonos una pregunta curiosa, ¿quiénes eran los servidores de la entonces villa de Hondarribia situados en lo más bajo del escalafón?, ¿serían los encargados de la limpieza municipal?. ¿Existían tales personas?.

La respuesta a esas preguntas es, como ocurría en el caso de las criadas, escasa pero también reveladora acerca de la estructura social y también, en fin, sobre lo que podía ocurrir, a diario, en la Hondarribia del año 1638: el municipio carece de tales servicios, no hay lo que comúnmente se ha llamado, hasta hace pocos años, “barrenderos”. El Libro de Actas de 1638 es claro al respecto. El primer acuerdo que se toma en enero de ese año por parte de los nuevos cargohabientes, esos mismos que en pocos meses deben hacer frente al Gran Asedio, es que todos y cada uno de los vecinos “conpongan (sic) (,) adrezen (sic, por “aderecen”) y limpien sus calles”. El Ayuntamiento mandaría limpiar las calles sólo en el caso de que los vecinos se mostrasen, “remisos”, como dice el acuerdo, en esa tarea, pero siempre se haría cargo de esa cuestión de higiene pública sólo de modo extraordinario, a costa de los que se resistiesen a esa labor cívica, cobrándoles una multa si después de transcurridos quince días sus calles seguían sucias[9].

Es también gracias a este acuerdo a través del que nos enteramos de que la villa carecía en esos momentos no sólo de un cuerpo de empleados de limpieza municipal, quedando este servicio, hoy básico, en manos de cada vecino como acabamos de ver, sino de una brigada de bomberos. En efecto, esas mismas actas también indican que los vecinos recibían órdenes de hacerse cargo de esas labores de vigilancia. Como dice el propio decreto del ayuntamiento debían tener “quenta particular de que no aya yncendios”. No llegará al menos hasta el siglo XVIII el momento en el que la ciudad decida no tanto mantener un cuerpo especializado dedicado a esos trabajos, sino un equipo que pueda servir, a cargo del presupuesto municipal, para sofocar incendios que, como sabemos gracias al acuerdo sobre el uso de llevar tizones encendidos entre casas, podían ser tan comunes en un núcleo urbano de las características de la Hondarribia del año 1638[10].

Así pues este era el modo en el que funcionaba la vida cotidiana de Hondarribia en 1638 en aspectos que hoy día hemos situado a un nivel prácticamente inconcebible para esos antepasados del año del Gran Asedio. Faltarían en una reconstrucción como ésta  muchas otras personas en peor situación que las sirvientas y los últimos criados del servicio público que, como podemos ver, ni siquiera existen en esas fechas, pero de ellos no ha quedado siquiera constancia en los documentos de que disponemos para reconstruir la vida cotidiana de Hondarribia en el año 1638. Deberemos, pues, conformarnos, al menos por ahora, con estos pocos pero, creo, reveladores indicios[11].

2. 2. Los trabajadores del mar y otra “gente pobre”.

Bien, dejando atrás a los servidores públicos y privados de los que podemos tener alguna noticia en la Hondarribia del año 1638, pasemos a considerar al común de sus habitantes, a aquellos que soportaban sobre sus hombros esa estructura tan irreconocible en ocasiones, como acabamos de ver al tratar de reconstruir el estado en esa fecha y lugar de algunos servicios públicos hoy básicos.

 ¿Quiénes podían ser tales personas?. Esa pregunta nos la responde, al menos en parte, el documento AMH  E  7  I  9, 8, ése sobre el que ya he hablado en el apartado anterior y sobre el que, se lo prometo, hemos de volver una vez más antes de que acabe el texto de esta conferencia. En él, como ya se ha visto, se habla de “gente pobre”, de hombres que para mantener a su familia carecen de renta y juros y deben salir al mar para ganarse la vida como pescadores y corsarios.

Sobre ellos, a diferencia de lo que ocurre con criadas o barrenderos, existe mucha más información. Una afortunada coincidencia ya que, como nos advierten los redactores de ese documento AMH  E  7  I  9, 8, constituyen una considerable parte de la población que habita esa villa que, tras resistir un asedio de 69 días, se convertirá en ciudad.

Así pues, ¿cómo vivían esos hombres de mar que componen una buena parte del censo de la Hondarribia del año 1638?.

Veamos en primer lugar la jornada habitual -habitual para la época, claro está- de los que se dedican a la pesca de bajura en las inmediaciones de Hondarribia.

Todo eso ha quedado reflejado con una exactitud casi fotográfica en uno de los procesos que guarda el Archivo Municipal.

La fecha de ese documento no coincide exactamente con la del año del Gran Asedio, pero sólo por muy poco: los hechos que describe tienen lugar en un relativamente soleado día de principios del mes de diciembre de 1637, circunstancia que, por supuesto, no lo inhabilita para informarnos sobre cómo vive un pescador hondarribiarra en los meses inmediatamente anteriores al mes de julio de 1638, que es lo que, al fin y al cabo, pretendemos[12].

Así pues, ¿cómo empezó y se desarrolló aquel 9 de diciembre de 1638 para esta mayoría social hondarribiarra?. Los patrones de chalupa que han puesto ese pleito ante el tribunal municipal de esta localidad, Antonio de Yançi y Joanes de Arauxo, nos aseguran que la jornada comienza turbulenta. Desde sus barcas, en las que, como dicen ellos mismos, han salido a cazar ballenas, ven cómo otra chalupa, a la que califican de “francesa”, captura a un barco asturiano y lo lleva -en sus propias palabras- “rendido” hacia la costa labortana. Algo que ninguno de los presentes en las calas de Hondarribia está dispuesto a tolerar por lo que, como dicen ambos patrones, deciden arriesgar sus vidas, y las de los restantes compañeros de sus barcas de pesca, atacando a los piratas -esa es la palabra que se utiliza en el proceso en diversas ocasiones- y arrancarles su botín de las manos o, como se decía en la época, represar el barco capturado[13].

El barco asturiano iba cargado de trigo -una mercancía tan valiosa como el oro en determinados momentos- y, por tanto, no es extraño que ambos patrones iniciarán este proceso para determinar legalmente que les correspondía el premio -económico, por supuesto- habitualmente convenido por rescatar embarcaciones en apuros[14].

Probar eso requerirá, como suele ser habitual en éste y en otro tipo de procesos de los que el Archivo Municipal de esta ciudad guarda una buena y variada colección -quizás una de las mejores del País Vasco-, una considerable cantidad de testigos. Son precisamente algunos de ellos los que nos cuentan, casi sin ser conscientes de ello, qué clase de vida llevaban hombres como los que aquella agitada mañana del 9 de diciembre de 1637 se habían embarcado en chalupas como las patroneadas por Joanes de Arauxo o Antonio de Yançi.

Ese es el caso del joven Miguel de Estillart. Este hombre de 25 años declara que salió a pescar apenas amaneció el día de 9 de diciembre de 1637. Lo hizo a bordo de lo que parece ser una pequeña chalupa explotada sólo por él y por otros dos miembros de su familia: su padre Martín de Estillart y Martín de Yarza, que más adelante se revela como cuñado de Miguel. Con ellos dos estaba lanzando sus artes de pesca en lo que describe como el “puerto y punta que llaman Beosnar”[15].   

Martín de Yarza, de 28 años, nos ofrece por su parte algunos detalles más acerca de cómo funcionaba la vida de una buena parte de los habitantes de Hondarribia al filo del año del Gran Asedio. Dice que durante el alba del día 9 de diciembre de 1637 estaba con su padre -es así como se refiere a Martín de Estillart, sin utilizar la palabra “suegro”- y con su “cunado (sic, por “cuñado”)”, Miguel de Estillart, en la cala que hoy aparece recogida en los mapas como “Biosnar”. Allí vio cómo desde otra de las numerosas calas de esa costa en la que ellos trabajan, la de Erantzin, salió una chalupa que, al principio, no logra identificar bien pero que otros testigos describen con todo lujo de detalles.

Lujo que nos permite hacernos una idea de lo que podía ocurrir en una jornada de pesca más o menos rutinaria en los alrededores de la Hondarribia que está a punto de vivir los días del Gran Asedio.

Joanes de Yançi, un hombre de 32 años que ejerce el delicado puesto de atalayero, primo hermano, por cierto, de Antonio de Yançi, primer impulsor junto al patrón Arauxo de este proceso, nos indica que desde su puesto, y cumpliendo con sus obligaciones de avisar a los habitantes de Hondarribia de cualquier cosa que ocurriera en el mar -favorable o no-, alzó la señal de que había dos ballenas en el horizonte que, naturalmente, podían constituir una buena presa para la flota de chalupas de bajura de Hondarribia. No mucho tiempo después de hacer la que llama seña “a la vallena (sic)” vio como un barco alzaba la de “socorro” al ser atacado y apresado por una lancha francesa. La  misma que, según el testimonio de Miguel de Lacarra, padre de uno de los que tripulan las lanchas que hacen la represa, repetirá el atalayero a beneficio de aquellos que puedan salir de Hondarribia en ayuda del barco atacado. Señal de avistamiento de piratas (así la llama otro de los testigos, Joanes de Lizardi), a la que, en efecto, respondieron, de acuerdo al testimonio del atalayero, las siete chalupas que habían acudido a su aviso de “ballena”[16].

Es a partir de ese punto en el que comienzan a abundar en el proceso AMH  E  7  II 6, 10         los testimonios y declaraciones en los que se dan numerosos detalles sobre aquella chalupa labortana que -eso está claro- había preparado una espectacular emboscada, oculta en la cala de Erantzin, de la que son testigos los hombres de la barca de Martín de Estillart y el propio atalayero.

Así Joanes de Yançi dice que, al menos de oídas, sabe que aquella chalupa pirata iba bien armada. Concretamente con dos esmeriles -pequeños cañones que se fijaban en las bordas- y una buena cantidad de mosquetes para su dotación. Un testimonio que, por otra parte, pondrá en duda el defensor de la parte contraria a Martín de Yançi y Joanes de Arauxo, que anota al margen una nada desdeñable observación en la que asegura que creía imposible que una chalupa como la descrita en esos testimonios pudiera llevar dos esmeriles, ya que la manga -es decir, el ancho- de ese tipo de embarcaciones los convertían en una carga inútil porque impedía dispararlos y maniobrar al mismo tiempo[17]

Observación que, a su vez, es desmentida por otros testigos que declaran a favor de los dos patrones que han puesto en marcha el litigio para demostrar que, el premio por represar la captura que habían hecho los franceses, les correspondía a ellos y no a los patrones y tripulantes de las otras chalupas que estaban en los momentos del rescate junto a ellos, intentando dar caza a las dos ballenas que había avistado el atalayero Yançi.

Es el caso de Joanes de Ayaldegui, de 36 años, uno de los pescadores implicados en el incidente, que aumenta aún más la cantidad de detalles sobre lo que ocurrió aquella mañana de 9 de diciembre de 1637.

Al contrario que el defensor de la parte contraria da la razón a los patrones Antonio de Yançi y Joanes de Arauxo, afirmando que la chalupa de los piratas estaba bien pertrechada de armamento: contaba con una tripulación de 24 hombres, 18 mosquetes y 2 esmeriles. Todo esto lo habían sabido él y otros hablando desde la orilla del Bidasoa con un vecino de Hendaya enrolado en esa embarcación pirata, que es descrito por el testigo como Mubill, yerno de Aragorri. Personaje al que dibuja con más precisión otro de los testigos, Miguel Pérez de Aranibar, que lo llama el pirata francés Puibill, yerno de Aragorri, vecino de Hendaya[18].

Unas palabras éstas que, por otra parte, vuelven a encender la diatriba entre el defensor de Joanes de Arauxo y Antonio de Yançi y el que sostiene la causa de los otros cinco patronos y tripulaciones que disputan el premio por represar el barco. Este último replicará, una vez más en los márgenes del proceso, que era “cosa Ynposible” que una chalupa llevase no ya dos esmeriles sino 24 hombres de guerra tal y como asegura el testimonio de Joanes de Ayaldegui. Observación que a su vez desdeña el defensor de Arauxo y Yançi, señalando que había chalupas “muy capaces como lo es esta de que se trata”…[19]

El proceso, a pesar de lo calientes que andan los ánimos, como podemos comprobar por nosotros mismos, no llegará a esclarecer con exactitud cómo, por quién y por qué motivos se logró rescatar el carguero asturiano. Así puede que nunca sepamos si la chalupa del llamado pirata Mubill o Puibill portaba esos dos esmeriles y hasta 24 hombres de guerra armados con un mínimo de 18 mosquetes o si, en realidad, huyó por el valor demostrado por las tripulaciones de Arauxo y Yançi, que caen sobre ellos armados sólo con sus arpones de balleneros, o porque el número de chalupas que convergieron contra él, siete en total, le hizo reconsiderar la rentabilidad de la presa que acababa de hacer[20].

Sin embargo, gracias a las páginas de ese proceso AMH  E  7  II  6, 10 sí sabemos cómo transcurría un día en la vida de un pescador de bajura hondarribiarra. Lo podemos resumir en pocas palabras así: debía levantarse antes de salir el sol, remar hasta doblar el Higuer, llegar a las calas al oeste de la villa y tratar de pescar allí lo que pudiera a menos que el atalayero avisase de la presencia de presas mayores -como un par de ballenas- o tuviesen que huir de vuelta al puerto o tomar las armas más a mano para luchar contra un ataque pirata perpetrado por personas bien conocidas por ellos. Nada más, ni nada menos, que sus vecinos del otro lado del río Bidasoa, hendayeses como Aragorri o su yerno Puibill.

Esta, en efecto, fue la vida cotidiana de buena parte de los habitantes de Hondarribia situados por sus propios gobernantes, como hemos visto, entre la “gente pobre”. Aquellos que deben vivir de este extenuante y peligroso trabajo en el mar por carecer de “xuros y rentas” que los mantuviesen, a ellos y a sus hijos, con menos esfuerzo.

Pero, ¿qué pasa con los que, en lugar de jugarse la vida, la libertad o la salud con jornadas de trabajo en la pesca de bajura como esas, tan agitadas, habían decidido salir a la mar a guerrear bajo una patente de corso que los librase de merecer el mismo epíteto de “pirata” que ellos no dudaban en aplicar a vecinos de Hendaya como Puibill?.

Por fortuna también contamos al menos con otro documento del Archivo Municipal que nos permite reconstruir una expedición corsaria que tiene lugar pocos meses antes de que comience el Gran Asedio de 1638[21].

Se trata del proceso AMH  E  7  II  6, 11 y los hechos que nos describe deberán servirnos para hacernos una idea de en qué clase de aventuras estaban metidos los vecinos de Hondarribia lo bastante pobres como para tener que embarcarse en expediciones corsarias que recorrían medias y grandes distancias desde su puerto natal.

Los acontecimientos se desarrollan en los meses de primavera del año 1638, por tanto poco tiempo antes de que dé comienzo el Gran Asedio.

Para esas fechas (abril-mayo de 1638) uno de esos corsarios había traído a Hondarribia un barco de la isla de Jersey cargado con bacalao y otras mercancías que iban consignadas a Burdeos. Quienes lo habían capturado, los hombres a los que representa el cabo de corso Lázaro de Yriarte, mantenían ante el tribunal de la entonces villa de Hondarribia -competente por privilegio real para juzgar en estas cuestiones- que esa presa que habían capturado en alta mar era buena y legal ya que, además de dirigirse a un puerto enemigo en ese momento -el de Burdeos, en Francia-, pertenecía a los que ellos calificaban  como “rebeldes”. Es decir, casi con toda seguridad, hombres de las tierras flamencas desgajadas del dominio español desde el año 1566 para formar las llamadas Provincias Unidas, núcleo original de la actual Holanda[22].

Las cosas, como vamos a ver, eran algo más complicadas. El primer testimonio que se aporta es el del capitán apresado, Elías de Carteret, de 37 años, que se declara maestre de ese bajel llamado La buena espera. Aseguraba este capitán de las islas del canal de La Mancha a través de los oficios de interprete en lengua francesa que ejerce uno de los clérigos de Hondarribia, el presbítero Sancho de Legarra, que los géneros que iban a bordo pertenecían a Joan Lemestre, vecino de la isla de Jersey. Consistían en 21 millares de bacalao seco a los que había que sumar otros 10 millares propiedad de él, del maestre de La buena espera, y 50 libras de estopa de lino cargadas a cuenta de los marineros que tripulaban ese que el documento llama “bajel”[23].

En conjunto La buena espera desplazaba 28 toneladas y, según afirmaba cautamente el maestre, estaba fabricado en la propia isla de Jersey. La mercancía, según las órdenes de Lemestre, debía venderse en Francia. Y más concretamente en el puerto de Burdeos. A menos que por causa de un temporal, o de “otro accidente”, se vieran obligados a derivar hasta España. Circunstancia en la que, caso de darse, deberían colocar la carga en aquel país[24].

¿Cómo se había tomado esta presa?. ¿Debemos imaginarnos una escena épica como las que son habituales en las novelas o en las películas que llamamos “de aventuras”?.

La verdad es que, al menos en este caso, las cosas habían transcurrido del modo más prosaico que se pueda imaginar. El maestre, cuando es interrogado acerca del trato que se le ha dado por parte de la tripulación del corsario, no alude a ninguna clase de combate entre su bajel y el otro navío y añade que la tripulación asaltante les trató bien -tal y como se exigía en las patentes de corso- reduciéndose todos los excesos que pudiera declarar ante ese tribunal a lo que llama “un poco de pillaje”[25].

Joan Sabine, un joven de 24 años, marinero de La buena espera, es más preciso con respecto a lo que ocurrió. Dice que tras el asalto al bajel, uno de los corsarios, Andrés de Ugarte, le quitó la cantidad de 32 reales que guardaba en forma de varias de las famosas piezas de a ocho que, precisamente gracias a las ya mencionadas novelas de aventuras, asociamos casi automáticamente con el mundo de la Piratería y sus aledaños[26].

Tras eso es poco más lo que nos cuenta este documento. El representante de la tripulación corsaria insiste en que es buena presa La buena espera y todo lo que contenía, poniendo así en entredicho los testimonios de esa otra tripulación que aseguraban, unánime y oportunamente, que eran súbditos de una corona -la británica- que en esos momentos se mantenía neutral en la guerra entre España y Francia y, por tanto, debía quedar -al menos teóricamente- fuera de la guerra de corso existente entre esas otras dos potencias. Argumento finalmente rechazado por el tribunal de Hondarribia, que concede como legítimo botín  aquel mercante de Jersey capturado con tan poco estruendo, de un modo nada épico, casi como si se tratase de un simple, y aburrido, trámite burocrático[27]

¿Podríamos deducir de ahí que esa, y sólo esa, era la clase de vida que podía llevar un vecino de Hondarribia dedicado al corso?.

No es eso, precisamente, lo que mantienen los magistrados que gobiernan a la que pronto se convertirá en ciudad de Hondarribia. Lo descubriremos en cuanto volvamos al documento AMH  E  7  I  9, 8.

En efecto, esa visión distinta sobre la vida de un corsario hondarribiarra de esas fechas nos es revelada justo en abril de 1638. Cuando el coronel Diego de Isasi, al servicio de la Diputación guipuzcoana para dirigir a todas las milicias urbanas de esa provincia, recrimina al ayuntamiento de Hondarribia acerca de las condiciones en las que se encuentra la villa y el número de hombres con los que cuenta para hacer frente a un ya más que probable ataque desde el otro lado del Bidasoa. En ese momento los alcaldes Diego de Butrón y Pedro Sáenz de Izquierdo le responderán que allí se encuentran los suficientes -al menos por la parte que le toca a la villa como mando de esa milicia local- y que aquellos que han salido a expediciones corsarias, a pesar de que tardarían más tiempo en reintegrarse a sus puestos de combate en las murallas de la villa, estaban ya contribuyendo al esfuerzo bélico puesto en marcha contra Francia en el año 1635. ¿Cómo?. La respuesta es sencilla, y es también la que nos dibuja otros aspectos de la vida de los corsarios de Hondarribia: haciéndose con valiosas informaciones sobre los movimientos de tropas enemigas, minando “las fuerças” de esos mismos enemigos con sus asaltos y, finalmente, limpiando las costas “de piratas”[28].  

Si nos fiamos de testimonios como esos, podemos concluir que el apresamiento de La buena espera, la única operación de corsarios con base en Hondarribia durante los meses previos al Gran Asedio de la que tenemos noticia documentada, es tan sólo una afortunada excepción a un panorama en el que presas fáciles como ese carguero de la isla de Jersey se combinan con encuentros mucho más desagradables. Unos en los que hay que hacer uso de la artillería a bordo y de todo el valor militar que se pueda recabar entre los tripulantes que, a decir verdad, no podía ser escaso en un medio social tan acostumbrado a la violencia y las armas.

Una espesa atmósfera que también acabará por volverse contra muchos de los hondarribiaras embarcados en viajes de altura. Como ocurre, por ejemplo, con los 13 vecinos de la villa que, según las primeras hojas del Libro de Actas del año 1638, han caído en manos de corsarios berberiscos, del Norte de África, y deben convertirse en beneficiarios de las limosnas que se ofrezcan para rescate de los numerosos cautivos de toda la Cristiandad, protestante o católica, que los estados musulmanes de la costa sur del Mediterráneo mantienen en los famosos “baños”…[29]

Ese podría ser, en definitiva, el resumen del modo en el que vivieron la mayor parte de los vecinos de Hondarribia que, por carecer de la necesaria fortuna -de esas rentas y “xuros”- de los que habla el documento AMH  E  7  I  9, 8, se vieron obligados a embarcarse en largas expediciones como corsarios o tripulación de cargueros que, a su vez, serían víctimas de otros corsarios.


[1] Se trata del bien conocido -y mejor estudiado- documento al que aluden dos diferentes trabajos de las primeras décadas del siglo XX. Véase Juan Antonio ARZADUN: “Las brujas de Fuenterrabía. Proceso del siglo XVII, el 6 de mayo de 1611 en Fuenterrabía”, RIEV, tomo III, (1909), pp. 172-181 y 357-374. y Julio CARO BAROJA: “Las brujas de Fuenterrabía (1611)”, Revista de dialectología y tradiciones populares III, 1947, pp. 189-204.

[2] Acerca de la sinceridad de esas creencias, sobre todo entre los que dirigían aquella sociedad véase Marvin HARRIS: Vacas, cerdos, guerras y brujas. Los enigmas de la cultura. Alianza. Madrid, 1992, pp. 204-207. Para el caso concreto de Hondarribia y sus alrededores Carlos RILOVA JERICÓ.  “Brujería en la comarca del Bidasoa. El problema de la incredulidad en el siglo XVIII”. Vasconia, nº 29, pp. 145-167.

Acerca del proceso que, a partir de 1610, desestima las acusaciones de Brujería en territorios pertenecientes a la corona española, como era el caso de Hondarribia, véase Gustav HENNINGSEN: The witches´advocate. Basque witchcraft and the Spanish Inquisition 1609-1614. Nevada University Press. Reno, 1980. No faltan rescoldos de esa actitud posteriores a esas fechas. Véase Mikel ZABALA: Brujería e Inquisición en Bizkaia. Bilbao. Ekain, 2000, pp. 80 y ss., donde este autor sostiene que el último proceso de esas características se da en Bizkaia en el año 1617.

[3] Para una visión general de esa Gran Caza de Brujas en la Europa de la Edad Moderna, véase Brian P.LEVACK: La caza de brujas en la Europa de la Edad Moderna. Alianza. Madrid, 1995.

[4] Consúltese Archivo Municipal de Hondarribia (desde aquí AMH) E  7  II  6, 7. Debe de tenerse en cuenta que, también en Laburdi, Gascuña, Bearn y otros territorios de la monarquía francesa de esa misma época, la reacción frente a acusaciones callejeras de Brujería como la que describe este proceso no acababa,  necesariamente, en otro episodio de ese proceso de histeria colectiva que llamamos “Gran Caza de Brujas”. Véase François BORREL: Recherches sur la sorcellerie dans Le Béarn, Les Landes et Le Labourd sous l´Ancien Régime. Memoria para acceder al cuerpo de archiveros y paleógrafos de L´Ecole Nationale des Chartes, 1977, inédita, conservada en los Archivos Departamentales de Pau bajo la signatura Fonds D´Urtubie JJ 160 / 7, p. 150 y J. SOUST: “Femmes, injures et sorcellerie à Bayonne au XVIIe siècle”. Amis Archives. Documents pour servir a l´histoire du départament des Pyrénées Atlantiques, 12, 1991, pp. 35-41.  Sin embargo sí es cierto que los tribunales franceses, como la mayoría de los del resto de Europa, siguieron juzgando y sentenciando acusaciones de Brujería como si se tratase de delitos reales. Véase, por ejemplo. Robert MANDROU: Magistrats et sorciers en France au XVIIe siècle. Une analyse de psychologie historique. Seuil. París, 1980.

[5] Un asunto éste, el del rango de los acusados, verdaderamente complejo. No resulta invariable que los acusados fueran de baja condición social o que los de alto rango estuvieran libres de acusaciones. A ese respecto resulta interesante considerar el complejo, y famoso, caso de las acusaciones de Salem en la Nueva Inglaterra de 1692. Véase Paul BOYER-Stephen NISSENBAUM: Salem possessed. The social origins of witchcraft. Harvard University Press. Cambridge (Massachusetts)-London, 1996, especialmente p. 132. Una obra donde se describe el complicado trasfondo social de las acusaciones y como, al tiempo que avanza el proceso contra los supuestos brujos, acaban dirigiéndose acusaciones contra el grupo dominante. Concretamente contra dos cargos municipales electos que consiguieron escapar sólo merced a sus contactos sociales.

[6] Consúltese AMH  E  7  I  9, 8, cabeza de proceso y declaración del jurado Martín Sáenz de Alchacoa en 5 de abril de 1638. Sobre la composición social de la Amsterdam y la Venecia del siglo XVII, véase Peter BURKE: “Venecia y Amsterdam. Estudio sobre las élites del siglo XVII”. Gedisa. Barcelona, 1996, pp. 89-92 y 95-98 para el caso de Venecia, 101, 103 y 105 para el caso de Amsterdam -mucho menos precisamente descrito, salvo por alusiones a especulación en inmuebles y terrenos y tráfico de esclavos- y 42, en la que se describe la estructura social de ambas ciudades. No huelga señalar que la de Amsterdam, que basa sus diferencias sociales en la riqueza y no en el rango, es mucho más similar a la de una ciudad como Hondarribia, en la que todos pertenecen al mismo estamento político, es decir, el de nobles, gracias a la famosa Hidalguía Universal, real en la práctica pero que no excluye a veces abismales diferencias sociales basadas en la existencia de muy dispares ingresos económicos. Sobre esta cuestión véase Alfonso DE OTAZU Y LLANA: El “igualitarismo” vasco: mito y realidad. Txertoa. San Sebastián, 1982 y Carlos RILOVA JERICÓ: “The weight of the sword. A “Democratic” representation during the Old Regime?. The case of the Guipuzcoan Junta General, 1500-1789″, en J. SOBREQUÉS-J. AGIRREZKUENAGA-M. MORALES-M. URQUIJO-M. CISNEROS: Actes del 53è Congres de la Comissio International per a l´Estudi de la Història de les Institucions Representatives i Parlamentàries. Parlament de Catalunya-Museu d´Història de Catalunya, pp. 262-276.

Para el caso concreto de Hondarribia durante la Edad Moderna véase Lourdes SORIA SESE: “Hondarribia en la Edad Moderna”, en VV. AA.: Historia de Hondarribia. Hondarribiko Udala, 2004, pp. 189-191.

[7] AMH  A  1, 35, folio 11 vuelto. Es de imaginar, aunque el acuerdo no lo menciona específicamente, que los tizones se portan para suplir la mala iluminación -habitual en los núcleos urbanos de la época- de la que adolecen las calles de la villa, aunque no puede descartarse que ese trasiego de tizones por las calles estuviera relacionado con otros motivos, como el préstamo de rescoldos entre vecinos para prender fuego en los hogares que lo han perdido por descuido de la ama de casa. El profesor Alvaro Aragón Ruano en su aportación al estudio sobre la Historia de Hondarribia publicado en el año 2004 bajo la dirección del profesor José Luis Orella, da por sentada la ausencia de una iluminación regular en la Hondarribia de la época. “Tara” que comparte con muchos otros núcleos urbanos de la Europa de la época. Véase Alvaro ARAGÓN: “El patrimonio humano civil de Hondarribia en el Antiguo Régimen: una sociedad piadosamente violenta”, en VV. AA.: Historia de Hondarribia, p. 364.

[8] Sobre las condiciones de vida de las mujeres vascas en la época resulta imprescindible José Antonio AZPIAZU ELORZA: Mujeres vascas. Sumisión y poder: la condición femenina en la alta Edad Moderna. Haranburu. Donostia-San Sebastián, 1995. También puede resultar interesante Carlos RILOVA JERICÓ: “De mujeres que trotan a ídolos de perversidad. La evolución de la condición femenina en el tránsito de la Edad Moderna a la Contemporánea (1740-1853). El caso de la ciudad de Hondarribia”. Bilduma 15, 2001, pp. 145-171, a pesar de que, como indica el título, el trabajo se centra en una época posterior al momento del Gran Asedio. Más próximo a esas fechas es parte del trabajo del profesor Alvaro Aragón Ruano incluido en la “Historia de Hondarribia” publicada en el año 2004, ya citado con respecto al alumbrado. Véase ARAGÓN: “El patrimonio humano civil de Hondarribia en el Antiguo Régimen: una sociedad piadosamente violenta”, en VV. AA.: Historia de Hondarribia, pp. 372-376, donde nos pinta un cuadro resumido pero denso de la situación general de las mujeres, sirvientes o no, en la sociedad de la Hondarribia de la época. 

[9] AMH  A 1, 35,  folio 1 vuelto.

[10] Consúltese AMH  A  1, 35, folio 1 vuelto y AMH  A  11 1, 1.

[11] Me remito, una vez más, al estudio del profesor Aragón Ruano incluido en la “Historia de Hondarribia”. En él, que abarca un arco temporal mucho más amplio que el de esta conferencia, hay bastanteºººs datos para completar los que aquí puedan echarse en falta. Véase ARAGÓN: “El patrimonio humano civil de Hondarribia en el Antiguo Régimen: una sociedad piadosamente violenta”, en VV. AA.: Historia de Hondarribia, pp. 365-372.

[12] AMH  E  7  II  6, 10. Sobre la actividad de la pesca en la Hondarribia de la Edad Moderna pueden compararse los datos que se darán a continuación con los contenidos en  SORIA SESÉ: “Hondarribia en la Edad Moderna”, en VV. AA.: Historia de Hondarribia, pp. 192-193.

[13] AMH  E  7  II  6, 10, cabeza de proceso, hojas sin foliar.

[14] AMH  E  7  II  6, 10, cabeza de proceso, hojas sin foliar. Para hacerse una idea del valor que podía tener el trigo en la Europa de esas fechas puede leerse, por ejemplo, Piero CAMPORESI: El pan salvaje. Mondiberica. Madrid, 1986, donde se da cuenta de manera bastante descriptiva de las atroces hambrunas periódicas en la Europa de la Edad Moderna. Un desagradable fenómeno del que la Hondarribia de la época está en gran medida libre. Incluso durante los días del Gran Asedio en los que, lógicamente, el abastecimiento de la villa dependía de las reservas hechas antes de que se cerrase el cerco sobre ella.

[15] AMH  E  7  II  6, 10, declaración de Miguel de Estillart, hojas sin foliar.

[16] AMH  E  7  II  6, 10, declaración de Joanes de Yançi, de Miguel de Lacarra y Joanes de Lizardi, hojas sin foliar.

[17] AMH  E  7  II  6, 10, declaración de Joanes de Yançi, hojas sin foliar. 

[18] AMH  E  7  II  6, 10, declaraciones de Joanes de Ayaldegui y de Miguel Pérez de Aranibar, hojas sin foliar

[19] AMH  E  7  II  6, 10, declaración de Joanes de Ayaldegui, hojas sin  foliar.

[20] Acerca de los arpones como únicas armas de consideración a bordo de aquellas chalupas consúltese  AMH  E  7  II  6, 10, declaración de Joanes de Yançi, hojas sin foliar.

[21] Gracias a los buenos oficios de otro de los participantes en este ciclo de conferencias, Kote Guevara, sabemos, con todo lujo de detalles, cómo se desarrolló esa actividad, la de las expediciones corsarias de los hondarribiarras, que constituyó una de las más importantes fuentes de ingresos de esta ciudad a lo largo de los siglos XVI y XVII. Así pues pueden comparar todo lo que se va a contar ahora con lo ya descrito en algunos trabajos referidos, además, a un período de tiempo y espacio más amplio. Véase Kote GUEVARA: “El corso hondarribiarra, (1690-1714)”. Boletín de Estudios del Bidasoa, nº 15, 57-86, y, de este mismo autor, “El corso en el País Vasco del XVI”, en VV.AA.: Itsasoko gerra, kortsarioak eta itsaslapurrak-Guerra marítima, corso y piratería. Itsas Memoria. Revista de Estudios Marítimos del País Vasco, nº 5. Untzi Museoa-Museo Naval. Donostia-San Sebastián, 2006, pp. 245-278.

Para una visión de conjunto de la situación en el Cantábrico de esa época, véase Enrique OTERO LANA: Los corsarios españoles durante la decadencia de los Austrias. El corso español del Atlántico peninsular en el siglo XVII (1621-1647). Editorial Naval. Madrid, 1991. Más recientemente, de este mismo autor, “Los corsarios vascos en la Edad Moderna”, en VV.AA.: Itsasoko gerra, kortsarioak eta itsaslapurrak-Guerra marítima, corso y piratería. Itsas Memoria. Revista de Estudios Marítimos del País Vasco, nº 5. Untzi Museoa-Museo Naval. Donostia-San Sebastián, 2006, pp. 193-227. También puede resultar de interés mi aportación a ese mismo volumen. Véase Carlos RILOVA JERICÓ: “A alfanje y pistola. Ficción, figuración y realidad en el corso y la piratería de la costa vasca (siglos XVI-XIX)”, en VV.AA.: Itsasoko gerra, kortsarioak eta itsaslapurrak-Guerra marítima, corso y piratería. Itsas Memoria. Revista de Estudios Marítimos del País Vasco, nº 5, pp. 229-244.

Véase también Jean MEYER: “La Mer, une exception culturelle mondiale : la violence, le licite, l´illicite, le toléré, l´interdit à l´époque moderne”, en Mickaël AUGERON-Mathias TRANCHANT(dirs.): La Violence et la Mer dans l´espace atlantique (XIIe-XIXe siècle). PUR. Rennes, 2004, pp. 9-23. Se trata de la conferencia inaugural del coloquio internacional celebrado por la Universidad de La Rochelle los días 14, 15 y 16 de noviembre de 2002 en la que se resumen las numerosas comunicaciones y ponencias presentadas al mismo y se hacen interesantes reflexiones sobre ese tema, la violencia en el Mar, tan ligado a los casos aquí tratados.

[22] Consúltese AMH  E  7  II  6, 11, folio 2 recto.

[23] AMH  E  7  II  6, 11, folio 2 vuelto.

[24] AMH  E  7  II  6, 11, folio 3 recto.

[25] AMH  E  7  II  6, 11, folios 3 recto-3 vuelto.

[26] AMH  E  7  II  6, 11, folios 4 recto-4 vuelto.

[27] AMH  E  7  II  6, 11, sentencia, hojas sin foliar. O una empresa comercial. Algo inherente al corso, como ya señalara en su día Werner Sombart. Véase Werner SOMBART: El burgués. Alianza. Madrid, 1986, pp. 79-89.

[28] AMH  E  7  I  9, 8, hojas sin foliar. Sobre la estructura militar dependiente de la provincia de Gipuzkoa véase Pablo GOROSABEL: Noticia de las cosas memorables de Guipúzcoa. Biblioteca de la Gran Enciclopedia Vasca. Bilbao, 1987. Volumen II, pp. 669-675. Más recientemente Lola VALVERDE LAMSFUS: Historia de Guipúzcoa. Desde los orígenes a nuestros días. Txertoa. San Sebastián, 1984, p. 87. También puede resultar interesante consultar José Ramón GUEVARA URKIOLA: “La guerra de la Convención (1793-1795): ejército real y milicias forales”, en VV. AA.: Los ejércitos. Fundación Sancho el Sabio. Vitoria-Gasteiz, 1994, pp. 149-182, donde se explica el modo en el que ese tipo de tropas no profesionales va siendo sustituido por cuerpos capaces de hacer frente a la nueva realidad militar que ha surgido con los ejércitos patrióticos y de conscripción masiva  propios de la revolución francesa de 1789.

[29] AMH  A  1, 35, folio 3 vuelto. Nota al margen. Sobre la situación general de los que caían en manos de esas extensiones del poder imperial turco véase Bartolomé BENASSAR-Lucille BENASSAR: Los cristianos de Alá. La  fascinante aventura de los renegados. Nerea. Madrid, 1989. Para el caso concreto de cautivos hondarribiarras Carlos RILOVA JERICÓ: “”Que le apressaron con muerte de algunos, y heridos, otros, y finalmente los llevaron a Arxel”. La figura del cautivo en la comarca del Bidasoa (1661-1662)”. Boletín de Estudios del Bidasoa. Irun, 2001, pp. 255-284.

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