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Un día en la vida cotidiana del siglo XVII (II)

Carlos Rilova Jericó | Iraila, 2009 | Inprimatu Inprimatu

¿Es eso todo lo que podemos saber acerca de la vida cotidiana de los hombres  y mujeres que ocupaban el fondo del “barril” de la Hondarribia del año 1638?. Ciertamente no es poco, pero hay, en efecto, algún que otro punto a ese respecto que no deberíamos pasar por alto.

En efecto, si volvemos al Libro de Actas municipales de ese año de 1638 podemos encontrar en sus páginas varios detalles curiosos sobre cómo transcurrían algunos aspectos de la vida cotidiana de buena parte de la población de Hondarribia compuesta, en su gran mayoría, por esos trabajadores del mar. Concretamente se trata de sus horizontes culturales y espirituales. ¿Cuáles eran éstos en los momentos previos a los días del Gran Asedio?.

Empecemos por considerar las cuestiones culturales. Si nos fiamos de lo que nos dicen los documentos a través de los que hemos reconstruido buena parte de su vida, la proporción de analfabetos entre ellos es notable. Son pocos los pescadores y marineros que firman con su nombre sus declaraciones.

Algo que, por otra parte, no debería engañarnos acerca de sus conocimientos. Es habitual en la Europa de esa época que la información de ese tipo no se obtenga leyendo directamente el impreso sino oralmente, a través de las pocas personas que saben leer, que reunían en torno a sí, en lecturas públicas, a todos los interesados en conocer nuevos libros.

¿Era ese el caso de la Hondarribia de 1638?. No hay noticias que nos permitan afirmarlo, pero tampoco hay datos que nos permitan descartar esa hipótesis categóricamente. Es de imaginar que en ese aspecto, como en muchos otros, la sociedad hondarribiarra del año 1638 no se diferencia de la del resto de Europa. Por otra parte sí nos consta que el ayuntamiento elegido para ese año estaba haciendo todo lo posible para que sus habitantes de ambos sexos en esa edad que hoy llamaríamos “escolar” supieran leer, escribir, hacer cuentas y poseer también conocimientos de doctrina cristiana. Efecto para el que encuentran “preciso y necesario” contratar a un maestre escuela. Puesto que recae, finalmente, en Juan de Calatayud[1].  

Esa era, pues, la situación cultural de los hondarribiarras de los días del Gran Asedio. Por resumir puede decirse que, aunque deficitaria, mejorando notablemente. A partir de ese dato que nos ofrece con tanta claridad el Libro de Actas del año 1638, puede afirmarse que, con medidas como esas, Hondarribia ofrece al conjunto de sus habitantes un plan de estudios equiparable a la enseñanza primaria que recibe la élite de ciudades tan importantes en la Europa de la época como Venecia y Amsterdam. Las similitudes con esta última son notables. En efecto, Peter Burke nos revela en su estudio sobre ambas ciudades en esas fechas que el cabildo de la de Amsterdam, al igual que el de la todavía villa de Hondarribia, es el encargado de contratar a los maestros. La preocupación por la “doctrina christiana” de la que habla el acuerdo que hace el cabildo hondarribiarra en 1638, también parece haber pesado un tanto en el caso de la educación que el municipio de Amsterdam buscaba administrar a la élite de sus vecinos[2].

Esclarecido, al menos hasta donde es posible, el horizonte cultural de los hondarribiaras de 1638, vamos a preguntarnos, y a intentar respondernos, qué ocurría con los horizontes espirituales de los hondarribiarras que vivieron en los meses previos al Gran Asedio.

En contra de lo que se suele creer, de lo que ya se ha convertido en una especie de axioma sobre la Europa católica de la Edad Moderna en la que, naturalmente, está incluida la Hondarribia de 1638, el control que la Iglesia católica ejerce, de hecho y no teóricamente, sobre sociedades como ésas es mucho más laxo de lo que cabría suponer[3].

Una vez más el Libro de Actas de la futura ciudad es claro también a ese respecto. Los magistrados que la gobiernan encuentran, ya en enero de 1638, que muchos de sus vecinos no observan una vida religiosa muy regular. La mayoría de ellos parecen estar sumidos, muy a gusto, en lo que los miembros del cabildo llaman “vicios del juego y campanchear”. Las cosas han llegado hasta tal punto que muchos prefieren irse a las tabernas o a las casas en las que, aún sin licencia municipal, se puede beber y jugar, antes que acudir a los servicios religiosos. La única solución que los cargohabientes encuentran a ese problema de absentismo espiritual -por así llamarlo- es ordenar que el vicario de la parroquia, el licenciado Abadía, avise que no haya taberna o similar que se atreva a acoger a nadie para jugar y “campanchear” por lo menos -ya que otra cosa no se puede hacer- entre las 10 y las 11 y media. Caso de contravenir este acuerdo municipal se impondrían 2 ducados de multa a los taberneros culpables. Cuatro, si son reincidentes[4]

Un cuadro elocuente de la salud espiritual de los hondarribiarras de esa época que sin embargo deben ser vigilados por los magistrados nuevamente -en la época de la Cuaresma de ese año- para que actúen del modo moralmente correcto en la Europa de aquella época. Evitando lo que los cargohabientes califican en la reunión de esas fechas como modos de vivir escandalosos y otros vicios, entre los que se incluyen relaciones sentimentales tan modernas como las que se puedan dar hoy día. Iniciadas y mantenidas sin beneplácito oficial alguno. Cosa que inquieta sobremanera a los magistrados hondarribiarras de la fecha, que recomiendan una especial vigilancia para que el caso no llegue a darse… O al menos a saberse públicamente de él[5]

Ese es pues el panorama que nos permite trazar la documentación disponible sobre la vida  cotidiana de la base de la sociedad hondarribiarra de 1638. ¿Es completo?. Habrá, sin duda, entre los que oyeron esta conferencia, o ahora la leen, quien pueda preguntarse, por ejemplo, ¿dónde están los campesinos, los habitantes de los numerosos caseríos que rodeaban al recinto amurallado?[6].

No hay duda, como lo demuestra esa evidencia, la de los numerosos caseríos -por no volver a citar, por ejemplo, la crónica de Palafox sobre el asedio-, que éstos debieron existir en un crecido número en torno a la Hondarribia de 1638. Sin embargo su presencia en la documentación disponible para esas fechas es verdaderamente escasa.

Apenas una persona se describe como tal en ellos. Es el caso de Esteuan de Çuçuarregui, dueño de la casa llamada de Yraurgi de abajo, también conocida como “Seruco” (sic por “Zeruko”), que comparece como testigo en el procedimiento iniciado por los maestres Antonio de Yancí y Joanes de Arauxo para determinar si eran los únicos a los que les correspondía el premio por la represa de aquel mercante asturiano cargado de trigo de la que hemos hablado “in extenso” en este apartado. Este hombre de 66 años no parece tener otro oficio salvo el de encargarse de ese caserío. Desde sus inmediaciones, en el promontorio de Cornuz, verá la mañana del 9 de diciembre de 1637 toda la complicada cuestión en la que se meten sus otros vecinos dedicados a vivir de la pesca[7]

Otro tanto se podría decir de los artesanos. Estos, al igual que los campesinos, no tiene más remedio que existir en una sociedad como aquella. Sin embargo su presencia en la documentación de ese año 1638 es aún más discreta que la de los campesinos y, de hecho, las pocas referencias que hay a personas que no parecen dedicarse a trabajar en el mar o en la Agricultura y Ganadería, datan de un año antes de que comiencen los días del Gran Asedio y aluden a gente que, más que en el fondo del “barril” social de la Hondarribia de esa época, se encuentran en su mitad o incluso en la parte alta del mismo. Justo aquella de la que nos vamos a ocupar ahora mismo para completar nuestra visión de la vida cotidiana en la Hondarribia de 1638[8].

3. La mejor y la más sana parte.

 Aunque les suene extraño era así como se definía en los documentos del País Vasco de la Edad Moderna a aquellos que estaban situados más arriba en la escala social, a los que controlaban el poder económico y político de aquella sociedad.

¿Quiénes entraban en ese selecto grupo que, según el punto de vista imperante, por ejemplo en 1638, eran la mejor, la más lucida parte de aquellos grupos humanos que crecían y se desarrollaban en las poblaciones de Gipuzkoa, Bizkaia…?.

En principio no se trataba estrictamente de los magistrados o cargohabientes que, como vamos a ver, dirigen y gestionan comunidades como las de Hondarribia. De hecho el número de los que podían ser reunidos ante el Ayuntamiento para tomar graves decisiones políticas y económicas era mucho mayor que aquel formado por los que accedían finalmente a cargos públicos como los de alcalde, regidor, jurado mayor…

Todos aquellos que disponían de un determinado nivel de rentas, generalmente garantizado por propiedades inmuebles o procedentes del comercio -y eso incluía, como ya sabemos, a los barcos corsarios-, estaban dentro de ese grupo. De hecho, ese parece ser el único criterio necesario para poder entrar a formar parte de un ayuntamiento vasco de aquellas fechas[9]

Hay, en efecto, por más que nos pueda sorprender, ocasiones en que incluso el estricto marco teórico establecido por la monarquía española en el siglo XVI es rebasado y encontramos entre los cargohabientes que rigen Hondarribia personas que ni siquiera tienen un nivel cultural apropiado -es decir, saber leer y escribir- o poseen, como era preceptivo, un dominio suficiente de la lengua castellana. Un panorama que podemos descubrir, por ejemplo, incluso en fechas tan avanzadas como mediados del siglo XVIII[10].

Ya sabemos, y no vamos a descubrir nada nuevo, y de hecho ya se ha mencionado al comienzo de este trabajo, que en el País Vasco de la época -al menos en las provincias de Gipuzkoa, Laburdi y Bizkaia- no existen diferencias jurídicas entre sus vecinos. Todos ellos pertenecen, por nacimiento, al rango más alto de la sociedad europea de aquella época. Es decir, el de la nobleza que disfruta, a cambio de sus funciones militares, de numerosos privilegios que hoy día son derechos de uso común. Al menos en Occidente[11].

Esa igualdad jurídica da paso, de facto, a una división en clases en la que es el dinero el que marca los estratos en los que se divide esa sociedad. Eso establece un complejo panorama, ya que los que son admitidos al gobierno político y económico de aquella sociedad forman un grupo verdaderamente heterogéneo en el que se incluyen desde personas dotadas de una considerable riqueza material y de títulos universitarios o dignidades políticas, como el grado militar de capitán -es el caso de Diego de Butrón, como es bien sabido-, hasta simples propietarios de pequeños negocios. Como lo puede ser en la época la posesión de una lancha de pesca, como las que tanto se han mencionado en el punto anterior de este trabajo, o la de una extensión media de cultivos en una pequeña propiedad rural. Los famosos “pies de manzanos” que cuantificaban qué campesinos podían acceder o no a los puestos de gobierno en función de la cantidad de los mismos que poseían.

Así pues, en un apresurado resumen de lo que nos ofrece la documentación disponible, podemos decir que, en términos generales, los que se encuentran más allá del fondo del “barril” social de la Hondarribia de 1638, son hombres cultos y dotados de riquezas suficientes como para poder dedicarse, exactamente, a no hacer gran cosa -al menos si lo comparamos con lo que les tocaba hacer, por ejemplo, a los pescadores o a los corsarios- durante una buena parte del día[12].

Ese es al menos el cuadro que nos describe la documentación de la que disponemos para el año 1638, que es precisamente el que nos interesa.

Volvamos, pues, al Libro de Actas de esa fecha y, sobre todo, al documento AMH  E  7  I   9, 8, que contiene hechos tan reveladores como las famosas peleas de gallos en Balí a partir de las que antropólogos tan avezados como Clifford Geertz reconstruyeron en su día toda la estructura social de esa comunidad, marcando una pauta que los historiadores, para poder hacer las cosas bien, no tenemos más remedio que seguir[13].

¿Qué es lo que hacían estas personas situadas en la mitad y en la parte superior de la escala social de la Hondarribia de 1638?, ¿cómo podía transcurrir para ellos un día normal de ese año, antes de que empezase el Gran Asedio?.

La respuesta a esas preguntas está en buena medida, como digo, en el Libro de Actas que el Ayuntamiento inició el mismo mes de enero de 1638.

En cierto modo, como lo hemos utilizado en varias ocasiones para este proceso de reconstrucción de la sociedad hondarribiarra de los días del Gran Asedio, ya nos hemos podido ir haciendo una idea del modo en el que vivían esos hombres que disponían de suficientes “rentas y xuros” como para no tener que abandonar la relativa seguridad del núcleo urbano, lanzándose a ese mar incierto que tanto teme la cultura barroca -que lo cree aún en buena medida lleno de monstruos y peligros informes pero abundantes- o debe dedicarse a cultivar las tierras de algunos de los numerosos caseríos que circundan la todavía es sólo una villa[14].

En efecto, ya hemos podido ver a lo largo del apartado 2 de este trabajo cómo los cargohabientes, nada más asumir el control de Hondarribia en enero de 1638 comienzan a impartir órdenes para estructurar la vida y el trabajo de esa “gente pobre” que está por debajo de ellos. Disposiciones sobre la limpieza de las calles, el modo en el que se puede circular por ellas -sin tizón alguno-, las horas a las que se puede acudir a la taberna, el tipo y la extensión de educación que se impartirá a los más jóvenes… pero, naturalmente, no son esas las únicas funciones que deben ejercer los magistrados que rigen aquella Hondarribia del año 1638.

Sigamos pues leyendo el Libro de Actas de la entonces villa para ver en qué podía consistir una jornada de trabajo típica de los hombres situados en la cúspide de aquella pirámide social.

La primera sesión celebrada por ese Ayuntamiento, el 2 de enero de aquel año, nos muestra un cabildo municipal dedicado a la causa del bien público. Concretamente encargándose de que la villa y sus habitantes estén bien alimentados. Se encarece así a los regidores y a los jurados mayores que forman parte de ese gobierno municipal que tengan “particular cuidado” del precio de los abastos que llegan al mercado de la plaza[15].   

Significativamente sólo una vez puestas en orden cuestiones materiales como el abastecimiento o la educación de los jóvenes de Hondarribia, los magistrados pasaban a ocuparse de otras de índole más sobrenatural. En efecto, las disposiciones sobre la observancia del precepto de acudir a misa, cerrando tabernas si fuera preciso, y la elección de cargos para controlar las iglesias, ermitas y cofradías religiosas de la entonces villa de Hondarribia, sólo tiene lugar tras acordar lo preciso para garantizar un mercado bien abastecido a buenos precios y cuando ya se ha establecido el contrato que garantizará un mínimo nivel de instrucción pública. Concretamente el día 5 de enero[16].

A partir de ese punto las cuestiones de una y otra índole, la material y la espiritual, irán alternándose en la agenda de los hombres que gobiernan Hondarribia en 1638.

Así el 13 de enero de ese año los magistrados decidían que se debía catar la sidra con la que se iba a abastecer el mercado local, asegurándose de que ésta era de la suficiente calidad. Es la misma sesión en la que también deciden visitar el monte de Jaizquibel para saber el estado en el que se encuentran los plantíos de árboles de la comunidad. Un valioso activo económico del que se ocuparán con extremo cuidado las sucesivas corporaciones que administran Hondarribia. Exactamente como ocurre en las de muchas otras comunidades de fuera y dentro del País Vasco[17].

Prácticamente a continuación de hacerse cargo de ese delicado asunto, vuelven a preocuparse de cosas a medio camino entre lo espiritual y lo material. Creo al menos que así deberíamos considerar el caso de la limosna recogida para redimir a los vecinos de Hondarribia que han tenido la mala suerte de tener que trabajar en expediciones marítimas de altura y acabaron cayendo en manos de los turcos o sus aliados. Una cantidad que asciende a tan sólo 24 ducados de vellón en el momento en el que se levanta esa acta[18].

Días después de oír lo que tenía que decirles Martín Sáenz de Alchacoa, que había sido mayordomo de la ermita de Guadalupe el año anterior, el día 22 de enero, los cargohabientes deberán  encargarse nuevamente el 10 de febrero de 1638 del abasto de bebidas alcohólicas que se iban a distribuir en la villa. Concretamente de varias pipas de vino gallego de Ribadavia -el habitual en las mesas de los hondarribiarras desde la Edad Media hasta prácticamente más allá del siglo XVIII, cuando el Rioja empieza a ser un vino de calidad- que había traído Joanes de Berrotaran Arzu y valían a 380 reales cada. Se decidirá que la azumbre de ese vino no podrá valer más de 22 cuartos. Si alguien se atrevía a vender por encima de esa cantidad debería pagar una multa de 100 reales[19].

El mismo cuidado se ponía para comercializar 6 cubas de sidra de la cosecha del año 1636 que habían irrumpido en el mercado de la villa ese mismo 10 de febrero de 1638. Los magistrados votaron para que se abriesen dos nuevas tabernas donde poder dar salida a esa preciada mercancía. Un delicado proceso que se realiza por medio de seis papeletas que se introducen en el cántaro -esa es la palabra que utilizan- que la villa tenía para realizar ese tipo de votaciones. En cada una de las seis papeletas va el nombre de cada uno de los seis dueños de establecimientos apropiados para realizar esa venta de sidra. La suerte se decantará, precisamente, a favor del escribano del ayuntamiento que en esos mismos momentos levantaba acta de estos actos de gobierno municipal[20].

Esa rutina se mantendrá prácticamente hasta el momento en el que el ejército francés ponga sitio a la plaza. Las sesiones de comienzos de mayo del año 1638 son elocuentes a ese respecto.

Así, en la del día 3 de ese mes, los cargohabientes tendrán que dedicar sus esfuerzos tanto a determinar el modo en el que se subastaría el abasto de carne y aceite para vender en las tiendas de la villa (operación que se debía hacer poniendo el negocio en manos de persona de confianza que mirase “al vien y util (sic, por “utilidad”)” de Hondarribia), como a nombrar a las mujeres encargadas de ejercer como seroras de la ermita de Guadalupe. Responsabilidad ésta última que recae en Mari Joan de Mugarrieta y en la viuda Sabadina de Çabaleta[21].     

Después, el 8 de mayo, durante una de las últimas sesiones de las que queda constancia antes de que empiecen los largos días del Gran Asedio, el Libro de Actas recoge otra de las labores a las que debían dedicar sus días los hombres que gobiernan la sociedad hondarribiarra del año 1638: las obras públicas. En este caso las de desagüe que había que realizar para que el Camino Real que unía Hondarribia y Lezo -en esas fechas parte de la jurisdicción de la villa- quedase libre de las aguas que bajaban hasta él desde algunos manzanales en las laderas del Jaizquibel. Problema para el que se preveía una “grande acequia” que permitiese correr libremente a esas aguas…[22]

¿A qué más cosas, aparte de todas estas, podían dedicar su existencia los hombres situados en la parte alta del “barril” social de la Hondarribia de 1638?.

Como no podía ser menos en una plaza fronteriza como ésa, las responsabilidades sobre asuntos militares no ocupan un pequeño lugar en su agenda. Menos aún en un año como aquel en el que, como vamos a ver, los rumores de una invasión inminente son constantes.

Gracias a eso y a la obligación estructural de estos hombres de impartir y controlar la Justicia que se administra sobre esa sociedad, podemos hacernos con otra buena porción de detalles acerca de cómo transcurría la vida cotidiana de aquellos que, a diferencia de criados y trabajadores del mar, tenían suficientes “rentas y xuros”  para dedicarse a graves tareas de gobierno y a otras que, en general, no requerían esfuerzo físico.

El proceso AMH  E  I  9, 8, que tan útil nos ha resultado en el apartado anterior volverá a sernos de gran ayuda para completar ese fresco de la vida cotidiana de la parte media y alta de la pirámide social hondarribiarra.

Así pues, ¿qué nos cuentan esas páginas, que no sepamos ya, sobre estas personas y lo que podían hacer habitualmente entre el amanecer y el anochecer de un día cualquiera de enero a julio de 1638?.

Lo primero de lo que podemos enterarnos es que el 5 de abril les parece a los dos alcaldes de la entonces villa un momento tan bueno como cualquier otro para utilizar sus atribuciones como jueces. Un privilegio, o una carga en ocasiones -eso es algo que todavía está por valorar-, que comparten con todos los alcaldes de las demás poblaciones de Gipuzkoa o Bizkaia y con los de otras ciudades europeas. Algo más evidente en el caso de Amsterdam, por ejemplo, que en el de la Venecia de esa misma época[23].

¿Qué clase de documento legal mandan ambos alcaldes poner en marcha ese día 5 de abril de 1638?.

Se trata de una información con testigos, primer paso para plantear una denuncia ante otras instancias judiciales superiores. La del Corregidor de la provincia, o la del rey en su Chancillería de Valladolid, que era la que correspondía al distrito guipuzcoano como último tribunal de apelación.

Los convocados a declarar son miembros del estrato superior de la sociedad hondarribiarra de 1638. Bien otros magistrados que forman parte del gobierno de ese año o sacerdotes o personas con suficientes “rentas y xuros” como para estar a media mañana de ese día de abril de 1638 en la villa, sin tener que preocuparse de labrar tierras o salir al mar a mayor o menor altura. En cualquier caso una afortunada circunstancia que nos permitirá saber qué hacían estas personas un día cualquiera de 1638.

Empecemos por los hombres que componen el gobierno municipal. Las hojas de ese documento nos dicen que, en esos momentos, estaban dedicando su tiempo a  enfrentar una de las más graves responsabilidades políticas a las que los obliga su cargo de magistrados municipales de una villa que es también una plaza fuerte fronteriza dentro de una provincia privilegiada con el status de nobleza colectiva. Es decir, la militar. Una muy real, mucho más similar a la que deben ejercer los magistrados de ciudades-estado como Venecia que la apenas simbólica que ostentan guardias cívicas municipales como las de la Amsterdam de esa misma época[24].

Esa mañana, en efecto, se venían a confirmar para ellos los numerosos rumores de invasión y ataque por parte de un ejército francés que, naturalmente, iba a involucrar en sus evoluciones a Hondarribia[25].

El indicio más claro de que la cosa iba en serio esta vez es la llegada a la villa del mando supremo de las milicias provinciales, el coronel Diego de Isasi, funcionario electo dependiente de la Diputación que rige Gipuzkoa entre Junta General y Junta General. Los magistrados lo encuentran alojado en el castillo de Carlos V. Allí aguarda la visita del cabildo municipal que, naturalmente, no tarda en llegar, interrumpiendo incluso la misa a la que, según se dice, está asistiendo la magistratura en esos momentos en los que les llega la noticia de la entrada del coronel de la provincia en la entonces villa.   

La recepción que este oficial hace al cabildo municipal, reunido para la ocasión prácticamente en pleno, se desarrolla en el mirador que ese palacio tenía mirando hacia el mar. Tras las cortesías de rigor, y muestras de deferencia y respeto por ambas partes, permitiéndoles Isasi sentarse en su presencia y aceptar del municipio lo que el documento llama “besarle la mano”, el coronel y alguno de sus ayudantes, en especial un joven caballero de nombre Gómez de Figueroa, acaban por dar lugar a un desagradable incidente en el que los alcaldes y demás cargohabientes de Hondarribia muestran una parte importante de lo que constituyó su vida cotidiana antes del Gran Asedio[26].

El coronel les acusa de no haber tomado ninguna precaución para mantener en estado de defensa la plaza. Sobre todo por lo que respecta a encuadrar y formar a los hombres que debían formar parte de la milicia de Hondarribia, esencial para reforzar, en caso de un ataque, a la guarnición profesional acantonada allí.

Los cargohabientes sostendrán, y con razón, que eso no es cierto, que sí han tomado las medidas pertinentes. De hecho, en una de las sesiones de principios de febrero, después de recibir las primeras advertencias de una posible invasión desde el norte del Bidasoa han procurado poner orden entre los vecinos de Pasai Donibane que, sometidos a su señorío colectivo, se han resistido a integrarse en la milicia de la villa. No sólo eso, a mediados de ese mismo mes de febrero de 1638 ya habían realizado una lista de los vecinos disponibles para llenar las plazas de la milicia y prestar el servicio de armas. La suma total era de 232 hombres de entre 18 y 60 años -como ordenaba el Fuero provincial- que contaban con armas útiles y suficientes para reforzar a la guarnición profesional acantonada en Hondarribia[27].

Nada, sin embargo, que pueda contentar a don Diego, que sostiene, y no enmienda, sus órdenes a los magistrados para que nadie abandone la villa. Incluso a pesar de que así se priven del sustento para ellos y sus familias, como le hará notar la corporación hondarribiarra allí reunida. Observación que, por otra parte, sólo contribuye a enardecer aún más al coronel, que ordena que no se tengan tales contemplaciones, mandando, por el contrario, que  se expulsase fuera de la villa  a los hijos y las mujeres de aquellos que, por la razón que fuera, no estaban presentes para formar bajo la bandera de la corporación y defender sus murallas[28].

Las palabras del coronel subirán de tono aún más, hasta amenazar a los alcaldes con una práctica que había obtenido un gran predicamento en aquella Europa de la Guerra de los Treinta Años, es decir, la defenestración. O, en otras palabras, arrojar a alguien por la ventana que quedase más a mano como muestra de desacuerdo o, simplemente, como provocación. Fue así como el 23 de mayo de 1618 se había dado inicio a una nueva fase de ese enfrentamiento entre estados católicos y protestantes que ahora, veinte años después, en 1638, aún no ha concluido y que en pocos meses va a alcanzar uno de sus puntos álgidos ante los muros de Hondarribia[29].

Ante este grave conflicto que les plantea la insultante actitud del mando supremo de las milicias guipuzcoanas, los alcaldes y el resto de magistrados optarán por actuar con cortesía y retirarse después de informar al coronel y a su séquito que ellos no habían venido allí para semejantes “pesadumbres” sino para darle la bienvenida[30].

Después de eso los cargohabientes salieron del Palacio Real y, bajando la cuesta hacia el ayuntamiento, no tardaron en dar con el resto de esa “mayor y más sana parte” de los que formaban la cúspide de la pirámide social de Hondarribia en aquel año de 1638.

Se trataba de los clérigos y de lo que se describe como “muchos vezinos” de la villa que no tenían cosa mejor que hacer que pasearse por el puesto destinado a tal fin ante la parroquia. Al dar con ellos intercambiaron opiniones sobre lo que había sucedido y decidieron reunir ayuntamiento general para iniciar esa instrucción judicial y quejarse como más convenía  del exacerbado comportamiento del coronel Isasi[31].

Así, entre misas, paseos y reuniones para organizar la guerra había transcurrido aquel día para los hombres de Hondarribia que tenían suficientes “rentas y xuros” para no tener que arriesgar sus vidas o su libertad en el mar. Después de eso, pronto, muy pronto, llegaron 69 días de guerra abierta, de una de las mayores batallas de esa que llamamos “de los Treinta Años”, pero de esos, de esos ya hemos hablado, y todavía hablaremos, en otros momentos. Y dicho esto no queda ya mucho más que añadir sobre la vida cotidiana en aquellos días del siglo XVII que precedieron a esa campaña de la que ahora se han cumplido 370 años.

Así, según los documentos de los que disponemos, transcurrió el día a día de aquellas personas, de aquellos antepasados nuestros que vivieron el que Thomas Hobbes, uno de los mayores filósofos de esas fechas, no hubiera dudado en llamar el más alto de todos los tiempos de la que pronto sería la ciudad de Hondarribia.


[1] AMH  A  1, 35, folio 3 recto. Acerca de las lecturas en público véase Roger CHARTIER: Libros, lecturas y lectores en la Edad Moderna. Alianza. Madrid, 1993, pp. 93-199, donde da exacta cuenta de ese tipo de prácticas, realizadas tanto en el campo como en la ciudad.

[2] Sobre la red de educación municipal de Hondarribia véase ARAGÓN: “El patrimonio humano civil de Hondarribia en el Antiguo Régimen: una sociedad piadosamente violenta”, en VV. AA.: “Historia de Hondarribia”, pp. 389-393. Acerca de la de Venecia y Amsterdam, véase BURKE: Venecia y Amsterdam, pp. 127 y 130.

[3] Un hecho, ese control, más teórico que real, que ya destacaban como materia a investigar hace casi 20 años especialistas en la España de la Edad Moderna como el profesor Gómez-Centurión. Véase Carlos GÓMEZ-CENTURIÓN JIMÉNEZ: “La Iglesia y la religiosidad”, en José N. ALCALÁ-ZAMORA (dir.): La España de Velázquez. Temas de Hoy. Madrid, 1989, pp. 255-256.

[4] AMH  A  1  35, folio 2 recto. Véase también ARAGÓN: “El patrimonio humano civil de Hondarribia en el Antiguo Régimen: una sociedad piadosamente violenta”, en VV. AA.: Historia de Hondarribia, pp. 357-365, donde se da cuenta de todas las diversiones que se gastan en Hondarribia hasta el siglo XX, y que iban, naturalmente, más allá de las tabernas y casas de juego. Sobre la ajetreada vida de taberna puede resultar interesante comparar lo que ocurre en la Hondarribia de 1638 con el marco general de la corona española. Véase Carmen SANZ AYÁN: “Fiestas, diversiones, juegos y espectáculos”, en ALCALÁ-ZAMORA (dir.): La vida cotidiana en la España de Velázquez, pp. 214-215. Véase también, para el caso específico de la Sevilla de la época, Antonio DOMÍNGUEZ ORTIZ: Crisis y decadencia de la España de los Austrias. Ariel. Barcelona, 1984,  p. 31.

[5] AMH  A  1  35, folio 23 recto. Para una comparación con un marco más amplio de esa vida airada, como solían decir los documentos judiciales de la época, véase, para el caso de la sociedad barroca española, Carlos GÓMEZ-CENTURIÓN JIMENÉZ: “La familia, la mujer y el niño”, en ALCALÁ-ZAMORA (dir.): La vida cotidiana en la España de Velázquez, pp. 179-181.

[6] Sobre esa masiva presencia de caseríos en las inmediaciones de Hondarribia véase Fermín, OLASKOAGA-Luis Mari ELOSEGUI-José Ramón GEBARA-Koldo ORTEGA: Hondarribiko baserriak. Hondarribiko Udala. San Sebastián, 2003.

[7] AMH  E  7  II  6, 10, declaración de Esteuan de Çucuarregui, hojas sin foliar.

[8] Se trata concretamente de artesanos especializados, canteros y maestros carpinteros, que deben encargarse, por orden del ayuntamiento de Hondarribia de ese año de evaluar el estado de ruina de una de las casas de la calle Eguzki, o del sol, como se dice en el documento, que ha sido denunciado por algunos de los vecinos próximos a ella. Consúltese AMH  E  7  I  9, 5.

[9] Acerca del carácter de empresa comercial de los barcos corsarios, véase lo señalado en la nota 27de este mismo texto.

[10] Véase Xabier ALBERDI LONBIDE-Carlos RILOVA JERICÓ: Iraganaren ahotsak-Las voces del pasado. Luis de Uranzu Kultur Taldea. Irun, 1998, pp. 77-81. 

[11] Véase lo señalado en torno a la nota 5 de este mismo trabajo.

[12] Para la caracterización de este grupo véase  SORIA SESÉ: “Hondarribia en la Edad Moderna”, en VV. AA.: Historia de Hondarribia, pp. 189-190. Para comprender el contexto en el que se desarrolla ese grupo social resulta imprescindible el estudio básico sobre la nobleza española de la época. Un marco contra el que esta “mayor y más sana parte” adquiere sus verdaderas dimensiones. Véase José Antonio MARAVALL: Poder, honor y élites. Siglo XXI. Barcelona, 1989. Sobre las familias concretas, o al menos algunas de ellas, que componen esa “mejor y más sana parte” que controla, de un modo u otro, la vida de Hondarribia, véase Juan Carlos MORA AFÁN: Familia eta boterea Aro Modernoan Hondarribian-Familia y poder en Época Moderna en Hondarribia. Hondarribiko Udala. Hondarribia, 2007.  

[13] Sobre la necesidad, o la oportunidad, de aplicar estos métodos a la Historia y los resultados que se pueden esperar, véase, por ejemplo, la discusión sostenida en diferentes artículos de distintos historiadores acerca de la precaución con la que nuestra profesión debe acercarse a la Antropología, Charles M. RADDING: “Antropología e Historia o el traje nuevo del emperador”, Keith THOMAS: “Historia y Antropología” y E. P. THOMPSON: “Folklore, Antropología e Historia Social”. Respectivamente en Historia Social nº 3, 1989, pp. 103-113, 61-80 y 81-102.  Sobre Geertz y la llamada “descripción densa” de una sociedad, en este caso la balinesa, que consigue a través de todo lo asociado a una pelea de gallos estudiada a finales de la década de los 50 del siglo XX, véase Clifford GEERTZ: La interpretación de las culturas. Gedisa. Barcelona, 1992, pp. 339-372.

[14] Sobre esa mentalidad barroca, que ve en el mar un lugar de monstruos y prodigios véase, a nivel general, Françoise PERÓN: “Monstruos y maravillas del mar”, en Alain CORBIN-Hélène RICHARD: El mar terror y fascinación. Paidós. Barcelona, 2005, pp. 121-133. Para una visión más amplia dentro del Barroco español en el que podemos encuadrar a los habitantes de la Hondarribia de 1638, véase Fernando Jesús BOUZA ÁLVAREZ: “La cosmovisión del Siglo de Oro. Ideas y supersticiones”, en ALCALÁ-ZAMORA (dir.): La España de Velázquez, pp. 217-234.

Más recientemente François BELLEC: “La mer des Ténèbres dans les traditions chrétienne et islamique”, Christiane VILLAIN-GANDOSSI: “La perception des dangers de la mer au Moyen Âge à travers les textes littéraires et l´iconographie”, Karine SALOMÉ: “Figures menaçantes et tableaux inquiétants : les représentations des îles bretonnes (milieu XVIIIe siècle-fin XIXe siècle)” y Antonio Carlos DIEGUES: “The danger of the sea in Southern Brazil and the ex-votos in the Church of Good Lord in Iguape-Sáo Paulo”, en AUGERON-TRANCHANT (dirs.): La Violence et la Mer dans l´espace atlantique (XIIe-XIXe siècle), respectivamente, pp. 429-438, 439-455, 457-470 y 471-478.

[15] Sobre ese control del mercado y demás actividades económicas en Hondarribia que se irán mencionando a partir de este punto, véase SORIA SESÉ: “Hondarribia en la Edad Moderna”, en VV. AA.: Historia de Hondarribia, pp. 193-197.   

[16] AMH  A  1, 35, folio 3 vuelto. Sobre la organización eclesiástica de la Hondarribia de la época véase Manex GOYHENETXE-Antonio PRADA: “La vida eclesiástica de Hondarribia como arciprestazgo de la diócesis de Bayona”, en VV. AA.: Historia de Hondarribia, pp. 223-272.

[17] AMH  A  1, 35, folio 5 recto. Acerca de la importancia de los bosques en la época existe una inmensa bibliografía dedicada, entre otros lugares, al País Vasco. Véase, por ejemplo, H. J. GROOME: Historia de la política forestal en el estado español. Agencia de Medio Ambiente. Madrid, 1990. Para el caso del País Vasco no existe una obra general de referencia análoga a la de Groome. Sin embargo recientemente la tesis doctoral del profesor Alvaro Aragón Ruano, que trata sobre este tema en la Gipuzkoa de la época moderna,  nos proporciona un buen estado de la cuestión y una interesante bibliografía sobre este tema. Véase Alvaro ARAGÓN RUANO: El bosque guipuzcoano en la Edad Moderna: aprovechamiento, ordenamiento legal y conflictividad. Sociedad de Ciencias Aranzadi. Donostia-San Sebastián, 2001, pp. 21-25.

[18] AMH  A  1, 35, folio 7 recto.

[19] AMH  A  1, 35, folios 7 recto-7 vuelto y 13 recto.

[20] AMH  A  1, 35, folio 13 vuelto.

[21] AMH  A  1, 35, sesión de 3 de mayo de 1638, hojas sin foliar.

[22] AMH  A  1, 35, sesión de 8 de mayo de 1638, hojas sin foliar.

[23] Véase BURKE: Venecia y Amsterdam, p. 76.

[24] Véase BURKE: Venecia y Amsterdam, pp. 67-68 y 76-78. Sobre esto véase también MARAVALL: Poder, honor y élites, pp. 201-214, donde este autor señala que la nobleza del barroco español busca otras vías de justificar su dominio social ajenas a la función militar.

[25] Sobre las alusiones a alarmas de combate en las páginas del Libro de Actas consúltese AMH  A 1, 35, folios 9 vuelto-10 vuelto, 17 recto, 21 recto, 23 vuelto-24 recto y 27 recto-27 vuelto.

[26] AMH  E  7  I  9, 8, cabeza de información, hojas sin foliar. Sobre esa parte del palacio y otras características de ese edificio véase María Isabel ASTIAZARAN ACHABAL: “El patrimonio militar de Hondarribia: el castillo de Carlos V y las murallas”, en VV. AA.: Historia de Hondarribia, pp. 477-482.

[27]AMH  A  1, 35, folios 11 vuelto-12 recto y folios 21 vuelto-22 recto. Sobre ese tipo de resistencias a acudir a la llamada a las armas hechas por el ayuntamiento de la villa, comunes en toda la extensión de territorio que domina la villa de Hondarribia, véase Carlos RILOVA JERICÓ: “Dueño y señor de su estado”. Un ensayo sobre la persistencia del feudalismo. El señorío colectivo de la ciudad de Hondarribia (1499-1834). Luis de Uranzu Kultur Taldea. Irun, 2000.

[28] AMH  E  7   I  9, 8, cabeza de información, hojas sin foliar.

[29] AMH  E  7  I  9, 8, cabeza de información, hojas sin foliar. Las palabras que se oyeron decir al coronel fueron que tenía ganas de echar a alguno por la ventana abajo. Sobre la defenestración de Praga y su importancia dentro de la llamada Guerra de los Treinta Años véase Geoffrey PARKER: La Guerra de los Treinta Años. Crítica. Barcelona, 1988, p. 83.

[30] AMH   E  7  I  9, 8, declaración de Joan de Joamindegui, hojas sin foliar.

[31] AMH  E  7  I  9, 8, declaración de Martín Sáenz de Alchacoa, hojas sin foliar. Sobre el puesto para pasear puede resultar interesante consultar la aportación de Iñigo Hidalgo de Diego a la reciente “Historia de Hondarribia”. Véase Iñigo HIDALGO DE DIEGO: “El patrimonio eclesiástico de Hondarribia. La Iglesia de Santa María”, en VV. AA.: Historia de Hondarribia, pp. 428-430.

Gora