A UN YA, VIEJO AMIGO: JAVIER ALVAREZ DE EULATE (Y AL REGALO DE SU LUZ Y COLOR)
No voy a insistir en la historia que ha podido vincular mi persona con la de Javier Álvarez de Eulate. Han sido más de treinta años de relación, más o menos esporádica. Según los tiempos. Pero siempre amable e intensa.
Sobre todo quisiera decir algo sobre su hacer plástico.
Desde el principio tenemos que situar que su figura hay que enmarcarla en una larga y honda vivencia espiritual y religiosa.
Así como su larga e íntima amistad que mantuvo con Jorge Oteiza, siendo ya Javier franciscano, dejando de asistir a la facultad de Bellas Artes por frecuentar el taller de Oteiza en Ciudad Lineal, en Madrid. Más tarde, ambos volvieron a encontrarse trabajando juntos en la inmensa y polémica obra de realización de la Basílica de Arantzazu.
Tampoco quiero extenderme en valorar la importancia artística que esta arquitectura religiosa puede tener dentro del mundo cultural de Euskal Herria. Pero sí indicar y recalcar que es una arquitectura donde la luz, junto a la distribución de espacios, formas y preciosos equilibrios en el uso de las proporciones y materiales, configura una magnífica obra digna de ser visitada y vivida.
En esta obra de carácter religioso, Eulate dejó la impronta de su trabajo consiguiendo un tamizado de la luz a través de sus magníficas vidrieras. Tanto en el interior como en el exterior de la Basílica.
Vidrieras que “colorean” las inmensas paredes que envuelven el impresionante ábside de Lucio Muñoz, en una preciosa e íntima sensación de fluidez y flotación “acuosa”. Como siempre, para los que somos literatos, las palabras se quedan cortas. Sólo insistir que ahí está la obra e invitar a realizar una tranquila y vital visita para conocerla.
Junto a estas obras de las vidrieras, paralelamente, Álvarez de Eulate ha desarrollado una prolífica obra plástica de más de 700 cuadros catalogados, a lo largo de sus ya 92 años. Obra de denso y sutil color. Variada y repetitiva al mismo tiempo. Como pueden ser las decenas de obras que Monet plasmó, por ejemplo, sobre la fachada de la Catedral de Ruan o sobre los infinitos nenúfares que llegó a pintar. Donde lo que interesa no es la búsqueda de nuevos temas, sino la insistencia en la plasmación de nuevas expresiones y lenguajes sobre un mismo tema. Vive una insistencia y persistencia buscando llegar al núcleo, a la esencia de los temas que trabaja.
Hay otra serie de obra pública repartida por diversos lugares de nuestra geografía. Sobre todo son murales que se abren como inmensas “Teofanías”, como él mismo las denominaba, dejando que su intuición religiosa rompiera los muros para buscar esa “Nada-Todo” que con tanto cariño compartió con Jorge Oteiza. Obras de una preciosa potencia y sutileza para dejar que su propia búsqueda religiosa, muchas veces torturada, pudiera ser dicha.
Resumiría mis apreciaciones señalándole como un prolijo artista de preciosa y sensible paleta colorista. Apoyando un estilo que, con el tiempo evolucionó a cuotas casi de carácter minimal. Serán los “Postdiluvios”, los “Horizontes” (preciosos ejercicios cromáticos en degradaciones) que configuran largas aperturas horizontales como si fuera el final de la abstracción de viejos paisajes soñados.
Su pintura siempre ha quedado silenciada en sí mismo. Nunca ha buscado estar en el “candelero” artístico ni tras el reconocimiento social del triunfo. No ha buscado hacer exposiciones. Es verdad que su vida conventual en Olite ha favorecido esta faceta intimista.
Viejos amigos le “robaban” su obra para colocarla un poco más públicamente, colgaban sus cuadros de manera que pudieran ser disfrute de los que las contemplaban, y no dejarle amontonar cuadro sobre cuadro.
Parte de su obra catalogada (unos 50 cuadros) se exponen actualmente en el monasterio de Arantzazu. Más tarde, en setiembre, de la mano de Larraitz Larretxea, se ampliará la exposición (serán unas 100 obras) en la Sala de Exposiciones de la Kutxa, sita en el Boulevard de Donostia[1].
No quisiera terminar estas breves notas sin dejar de expresar mi mayor agradecimiento por todo lo que su persona ha podido suponer para mi propio recorrido artístico. Gracias, Javier.
Con un afectuoso saludo a esa persona que me brindó su saber y su amistad. Así como el reconocimiento expreso al regalo cultural que nos hace a todos con toda su obra.
[1] El artículo se escribió en mayo de 2011. Haga clic aquí para ver información de la citada exposición. Para obtener información del homenaje que se le hizo a Javier Álvarez de Eulate en Arantzazu el 8 de mayo del 2011, haga clic aquí. Para saber más acerca de Javier Álvarez de Eulate y su obra, haga clic aquí.




