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MANU… AL FINAL DE LA BÚSQUEDA

Xabier Egaña | Abendua, 2011 | Inprimatu Inprimatu

Escribir sobre alguien al que conoces desde hace largos años siempre es costoso, comprometido y difícil. Querría escribir dentro de un paréntesis. Pero no es fácil olvidar las largas charlas sobre las mil cosas que envuelven nuestras vidas. Como tampoco se pueden obviar las raíces de su familia de artistas músicos (un saludo a Imanol Urbieta, su aita; así como a Arantxa, su cansada ama, luchadora en las mil peleas con esos eternos hijos).

Manu Urbieta ha buscado, recogido, amontonado, seleccionado, roto, unido y amasado de mil maneras, los mil retazos de realidad que acumula de sus largas andanzas. Los viejos troncos que gritan viejas historias de antiguas leyendas. Hasta llegar a leer las breves líneas con las que acompaña, desde un íntimo sentimiento, para que ayuden a decir mejor los viejos sueños, doloridos, por el eterno tiempo que siempre nos acompaña. Sin dejarnos ser libres más que como un hálito de una volátil ilusión.

Objetos. “Cosas”. Retazos de vida que se unen y se separan… Como los sentimientos que retuercen hierros y ensamblan maderas… para luego seguir sintiendo la necesidad de escribir sobre ello… Igual los temas no nos debieran importar (¿no disfrutamos con la preciosista caligrafía china o japonesa, sin saber lo que dice?): su caligrafía se convierte en parte de esos pequeños retazos de ensamblajes y amasijos de alambres, cartones, papeles viejos, astillas y cualquier cosa que despierte su mirada. Todo habla. Como cuando está contento y canta. O como cuando las mil caras dolorosas de la vida, llenan el corazón en un agarrotamiento amargo.

Todo este largo preámbulo querría situar, sin posibilidad de separarlas, la persona de las cosas que manipula para lograr los objetos que construye. Siempre con un punto de insatisfacción. Y, por eso, te llama para enseñarte, entre miedos, dudas y satisfacciones, los logros alcanzados. Ha finalizado una búsqueda. Ha encontrado algo de ese mundo misterioso que llamamos belleza. Y te lo muestra entre dudas y orgullo.

¡Qué difíciles resultan los logros válidos!

¡Cuánto cansancio en el largo camino de la búsqueda!

Pero los cuadernos, con breves o largos escritos, desahogos, poemas, en una preciosista lírica verbal, como cercanos “ahikus”, le sirven de descompresión espiritual, de desahogo mientras espera que sus hijos, por fin, lleguen a dormirse.

He visitado su última exposición en Donostia.

Me he encontrado con dos caminos muy marcados en sus diferencias: uno, más antiguo y experimentado, son los retazos de mil trozos de vida sumados, cosidos, unidos como telas de araña que apresan, catárticamente, sus anhelos. Telas de araña que se hacen de colores, o sencillas redes de alambres que se recorren junto a su preciosista caligrafía. Mensajes gritados para que el silencio no ahogue la vida del corazón. Trozos de cosas. Porque la basura viene a ser el gran encuentro de la vida con la muerte para hacer belleza. Brillando como pequeñas gotas de luz hay que saber encontrar allí donde nadie sabe que el rocío se ha depositado.

Ahora han aparecido piezas más acabadas. Grises, negras y abiertas por tensas ráfagas de blanco. Como si el silencio se hubiera, por fin, hecho realidad. Aunque dejándonos arrastrar a nuevas honduras, donde nos encontramos con sentimientos doloridos. Grises, blancos y negros que hieren el espacio equilibrándose con las tensiones de las composiciones, al abrigo de una fina lámina de frío llena de vacío. Como si hubiera robado a Oteiza trozos de sus vacíos metafísicos.

Aunque no estaban presentes, en mi recuerdo, bullían también los objetos-esculturas. Algunos, intentando tratar temas reconocibles; otros, simplemente, hablando de un clavo que atraviesa un viejo agujero en una antigua madera que ya ha finalizado su vida de antigua “langa” perdida, también, en un viejo campo.

Cuando hablamos su tono es, muchas veces, tenso, porque nunca se siente seguro o satisfecho. Sabe que el tiempo pule y limpia convirtiéndose en el gran maestro de la belleza; pero sin encontrar la paciencia y el sosiego suficiente como para que el trabajo no ahogue o desazone su espíritu. Es como la imagen de su taller donde se acumulan decenas de “cepos” con los que intenta capturar la fugaz belleza que hay entre dos manchas, un amasijo de formas ensambladas, o la mezcla de distintos papeles y cartones arañados.

Con estas líneas sólo quisiera darle ánimo para los tiempos donde se vive el cansancio. Donde parece que ya está todo hecho, o, por el contrario, hay tanto que hacer que sólo sentimos el cansancio del futuro que nos está esperando.

¿Belleza? ¡Pues sí! ¿Arte? ¡Qué más da la definición! ¿Estilo? El que sale del alma.

Al final, releyendo lo escrito, no sé si llego a hacerme entender. Pero me conformo, sencillamente, con acercarme a esa dura tarea en la que Manu se ve inmerso. Para darle un abrazo y agradecerle su sencilla búsqueda de la belleza con la que nos regala.

Gora